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Gran producción para pocos resultados, pococine y mucho pochoclo
Wallace y su fiel amigo Gromit, trabajan para eliminar las alimañas de la ciudad en la que viven. Todos los días emprenden su misión para cazar a los destructores de vegetales, en su mayoría conejos. El distrito en donde residen está organizando una competencia para determinar quién es el que posee el vegetal más sano y enorme. Wallece y Gromit son los encargados de cuidar los cultivos de todo el vecindario. De repente, aparece una terrible bestia que destruye todo a su paso. Los habitantes comienzan a dudar de la capacidad de este par de amigos.
Esta película, como la mayoría de las dedicadas a los niños, intenta jugar con la fantasía y la imaginación. La puesta en escena es maravillosa y la realización lograda.
Estos dos muñequitos de plastilina que junto a los arreglos digitales, permiten crear una visión encantadora de sus aventuras, no terminan de atraer a su público más preciado: los niños. El film es colorido, pero se torna aburrido en su transcurso. Los avances que anteceden a Wallace y Gromit, además de los cortos normales, tienen un adelanto de quince minutos en donde los pingüinos de Madagascar muestran sus habilidades. Dicho sea de paso el avance es increíble, gracioso, concreto y consiso.
La película se vuelve densa y larga en la mitad de su rodaje. Los niños no quieren permanecer en la sala y los más chicos empiezan a lloriquear. Lo que sucede no es que la puesta en escena es mala, todo lo contrario. Pero las escenas se alargan y se convierten pesadas, elemento que no tuvieron en cuenta ni el guionista, ni el director.
Señor padre, si quiere llevar a su hijo: vaya. Tenga en cuenta, eso si, comprar pochoclo, para que se entretenga e ir preparado porque quizá su criatura, no le permita que termine de ver la película, que no sabemos si llamarla de cine o no.
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