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Es posible elaborar una filosofía, en algunos imperfectos bocetos- y por lo tanto tan nobles como veraces- acerca del mundo, y de la esencia de su desamparo. Se puede aventurar una clave de comprensión del Todo, al modo de un relato policiaco. No nos servirá más que para encontrar un sentido, rumbo a ningún lado, en el cuarto oscuro de nuestro metafísico abandono. Es como un hilo que tal vez nos lleve a la salida, de nuestro particular laberinto de espejismos de escape. Un cordel que tenga su mayor relevancia en el extremo insuficiente de su mutilada extensión, cuando ya nos ha conducido al centro del infierno mismo, al lugar donde habitan miríadas de torcidos esqueletos con risibles alas de cera y plumas adheridas por el polvo añoso. Algo ha sucedido en algún instante sin tiempo, algo fundamental y devastador; gestador de realidades y catalizador de ausencias. No se ha dejado de comentar acerca de ello desde el primer instante de la realidad. No ha cesado su rememoración tortuosa. Y en ese mismo comentar(se) la realidad entera ha encontrado un vehículo para su manifestación incesante. Se ha cometido un crimen, en cierto lugar sin sitio y sin motivo alguno. Pero este crimen en particular, no tiene leyes que lo clasifiquen ni mucho menos que lo juzguen: el mundo entero y sus cosas las sobrepasan en grado sumo. Incluso lo más probable, lo más posible, es más, lo necesario que deviene luego en cada cosa, depende de que no exista culpable bajo ninguna circunstancia. Pero la concatenación de los acontecimientos que nos da lugar, en el entorno que construimos en cada pensamiento y sensación, nos orilla a pensar que un algo prohibido se ha llevado a cabo, y que es menester el esclarecimiento de tal oscuridad. Nuestra breve filosofía, dice que la historia entera de la humanidad y su civilización podrían ser no más que atribuladas explicaciones y prejuicios acerca de esta acción misteriosa e inolvidable. No es preciso más que justificaciones para construir un universo entero, todo lo demás parece ser accesorio. Pero más allá de todo esto es preciso deslindar responsabilidades, elucubrar hipótesis y elaborar una severa filosofía acerca del misterio del Ser y de su ser inextricable. Porqué el quid de eso no podría consistir sino en que no hay ni quien juzgue, ni quien sea juzgado. No hay ni criminal ni detective. Habitamos la biblioteca vacía de una vieja casona en donde alguna vez sucedió un acontecimiento indebido que nadie recuerda y a quien nadie se puede culpar directamente. Y sin embargo en cada palabra que se escribe y que se habla se repite este mismo suceso, se trasgrede algo sagrado, se da un doloroso desgarramiento. Porque sin tener conciencia de nada, nada repetimos hasta el infinito en cada mancillar del silencio y de la hoja en blanco; Todo en toda la infausta irrupción de nuestra propia irrupción. Somos a la vez los sospechosos descartados, los secuaces del delito, el detective desentrañador: toda la pesadilla de la razón, y la razón de la pesadilla del Mundo como todo: la escurridiza presencia que provoca cada palabra, cada cosa, cada pensamiento; la muda traición del silencio ensordecedor del ente. La ventaja de esta filosofía en contra de las demás, es que su pluralidad es suicida, su apertura es una invitación indeclinable al desastre. Porque de antemano sabemos que nunca podremos dar con el culpable, jamás podremos hacerle pagar su nefanda acción. Puesto que si se logra detener el indignado clamor que ha producido con su comportamiento, el mundo entero se desquebrajaría, ninguna filosofía soportaría el peso de tanta vacuidad, de tanto expresar gratuito en lo que nos damos. Acaso sólo el arte pueda paliar tanto expendio desenfrenado, tanto inquirir por nada, tanto investigar sin vestigio alguno que la pena merezca. Puesto que en su inocente brote- cuando lo inocente y lo que brota se mienten sinceramente- el arte es honesto y consiente de la gratuidad de su ser sin ser. No hay más que un relato en lo que nos circunvala, una narración que nadie dice y que nada expresa. Pero en el percatarnos de que tampoco nadie la escucha, posiblemente está la ocasión de su gran valía. Acaso el mundo sólo pueda comprenderse a plenitud sin ambicionar la muda “h” de su comprehensión. Porque el arte es una tentativa por reformular en una vuelta infinita sobre lo mismo, en cada ocasión del tiempo y sus virtuales circunvalaciones, para insinuar en su escasez, el misterio irresoluble de la realidad. Todos somos culpables pues, en un ámbito criminal en el que el ilícito se brinda en cada oportunidad de su repaso: como una serpiente que se muerde la cola pensando en su siguiente mordida.
El arte, el escepticismo, los sueños, la poesía, la lucidez, la niñez, el insomnio, la pasión y la locura, en cada posibilidad y medios de brindarse, nos común-ican esto finalmente: que quizá vale la pena expresar este re-cono-cimiento en un abrazo apasionado y fértil entre lo moral y lo metafísico. El silencio está allí y nadie puede silenciar su abrumadora persistencia. Pero en el revivir cada etapa del percatarnos de su ominoso estar, que bien podría ser el crimen y el castigo del estar donde estamos, se brinda una suerte de libertad cautiva, que no requiere de nada, salvo de su mera contingencia elocuente en lo causal sin memoria. He aquí nuestra breve filosofía del ser y de sus entes, del silencio y de sus voces, del corazón desgarrado del mundo y su vacío compartimiento de vacíos necesarios. Sigamos pues inquiriendo sobre pistas puestas en dédalos astutos; de coartadas sin menester que nos son vitales; de jardines en senderos que se bifurcan entrelazando principios con finales en infinitos compartimientos de arquitecturas demenciales. El culpable siempre nos aguarda en algún recoveco de este ámbito de onirismos en los que nadie se ocupa, ni reposa ; allí espera sonriente, confiando en su suerte pertinaz, en su afortunada fugacidad; y en ciertos momentos de debilidad sentimental, es posible advertir en el espejo incipiente de sus lágrimas fatigadas, la id-entificación absoluta de su persecutor y juez implacable : un rostro pálido que se torna en ondas, sobre la superficie nerviosa de un charco de lágrimas, perturbado por quien solloza eternamente sin poder derramar lágrima alguna. Hablemos pues sobre ello, de nuevo: es posible.
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