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Probablemente como bien lo vio Aristóteles, los seres humanos principiaron a filosofar motivados por la admiración que les despertaba el mundo, y quizá aún hoy, aunque en primera instancia no lo parezca, tal vez en el fondo esa intuición primera- que es la de los niños en su curiosidad, la de los poetas en su fascinación, y la de los místicos en su transparente venerar,- sea la que sigue proporcionándole vitalidad, vigencia y relevancia a todos los discursos de la filosofía.
Cuestiones tan capitales al ser humano como los del origen del mundo, el por qué de los acontecimientos de la naturaleza, la razón última que justifica toda organización humana y cada una de sus leyes; el conjunto de estas interrogantes tuvieron en eras pretéritas, en el mito y la magia y el pensar religioso, una fundamentación generalizada; pero en las culturas cimentadoras de lo que conocemos como Occidente, la irrupción de la filosofía, el advenimiento del logos sobre el mito, se expresa más que nada en la transformación de unas estrategias discurso-narrativas, acerca de seres divinos, héroes, monstruos y semidioses, hacia un sistema de argumentaciones y razonamientos justificativos. La filosofía propone, en lugar de relatos sagrados que cimenten realidades, modos racionales de comprender el mundo en todas sus manifestaciones. La deducción, la argumentación, la duda y la lógica, tienen en este sentido una importancia determinante.
En los albores de la filosofía encontramos sui manantial directo en la región ática durante el siglo VI o V antes de Cristo, pero no en Atenas de inicio, puesto que surgió más bien en las regiones colonizadas por los griegos de entonces, ciudades del Asia menor como Mileto, Crotona o Elea.
Tal vez esta circunstancia haya tenido lugar por mor de las inesperadas necesidades o las problemáticas novedosas que los colonizadores habían de encontrar en territorios desconocidos. La filosofía naciente sería entonces consecuencia de situaciones estimulantes intelectual y pragmáticamente entendidas. Además, la singular situación geográfica de tales comunidades, como lugares cosmopolitas de paso y reunión de viajeros de procedencia variopinta, favorecería el cultivo de comunicaciones, diálogos, discusiones, relatos, explicaciones y otras formas de expresión y de entendimiento humano potencializadoras del advenimiento del discurso filosófico posterior, entendido como tal.
Así, de acuerdo a lo anteriormente expuesto, podemos especificar tres objetivos básicos a los que se abocó principalmente, la fundamental y perenne filosofía de los griegos antiguos, los padres de Occidente: la reflexión y el estudio de los fenómenos físicos; la valoración de la conducta humana; y la estructura lógica del entendimiento. De la misma manera, es tradicional, dentro del historiar de la filosofía y sus escuelas, adscribir a cada uno de estos tres objetivos, los tres instantes de mayor relevancia de la filosofía griega. De tal suerte que los presocráticos se abocarían de manera acentuada al puntual esclarecimiento de la física; posteriormente Sócrates, los Sofistas, el inmenso Platón, y los Socráticos menores, se preocuparían más bien por la ética; para que después Aristóteles y los pensadores concurrentes al Liceo se enfrentaran abiertamente a desarrollar el estudio de la lógica.
La transformación a partir del modo mítico de plantearse el mundo, hasta la comprensión razonada del mismo, fue ciertamente lenta y progresiva. Incluso gracias a la perspectiva brindada por los siglos- la nobleza innegable de la Historia- pueden observarse como irrumpen, en este proceso tan trascendente gestador de la filosofía futura, evidentes alternativas de transición de un paradigma al siguiente: tal es el caso por ejemplo, de la tradición de los mitos órficos, en donde sus cultivadores manejan aún figuras mitológicas, pero ya con una creciente tendencia metafórica, con visos de abstracción.
Pero la semilla de la filosofía ya se encuentra allí, en ese ambiente de exotismo y maravilla, y así, un grupo de pensadores de la ciudad de Mileto, durante el siglo VI antes de Cristo, se encaminarán indefectiblemente hacia el sendero intelectual que culminará paulatinamente en nuestra actualidad cultural e histórica.
Siguiente entrega: Tales de Mileto
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