En Artes > historia del arte
“Todo hombre es como una luna:
con una cara oscura que a nadie enseña”
- Mark Twain -
Complejas, intrincadas e igualmente maravillosas son las redes que envuelven el acceso al conocimiento de lo humano, de lo psíquico que compone a cada individuo, de la esencia, de las razones del movimiento interno y actuar externo de los hombres; por ello, he decidido por medio de este escrito que intenta antes que ser un ensayo parecerse a una forma de confesión más íntima, hablar de los pensamientos e impresiones que causaron en mi interior la exploración de la vida y obra de dos autores, uno de la literatura, otro de la historia del arte: Gerard de Nerval y Edward Munch.
A lo largo de mi existencia y sin negar las profundas influencias que ha tenido en mi vida la formación en psicología y especialmente el psicoanálisis, me he visto inclinada a admirar y reflexionar de forma constante y profunda acerca de los movimientos inconscientes, referidos a los estratos más internos y verdaderos del yo de cada individuo (incluyéndome por supuesto) y que salen a flote por diversos mecanismos incluyendo la creación artística en la historia del arte, que suele convertirse en una manera de hacerle frente a las vicisitudes de la existencia y poder elaborarlas en un marco de expresión suficientemente íntimo como para que incluya la vivencia particular de su autor, pero también suficientemente colectivo, como para encontrar resonancia en las experiencias de otros individuos, que a manera de espectadores se internan en las obras y encuentran identificaciones con su propio transcurrir por el mundo.
Así nos lo muestran estos dos autores, Nerval con su obra escrita “Aurelia” que mediante un lenguaje onírico muestra la interrelación entre el mundo real y el de la fantasía, representado por los delirios y sueños donde el amor y la salvación se presentan como temas centrales; y Munch, ícono de la historia del arte moderna, con su famoso cuadro “El grito”, que con una composición de perspectiva exagerada con colores fuertes, muestra a la mente en estado de angustia y ansiedad, donde el puente se hunde en un paisaje dominado por líneas sinuosas en el cielo, el mar y la tierra y una figura de rostro amarillo grita y se lleva las manos a los oídos con gesto aterrorizado y la boca muy abierta para evitar escuchar su propio grito que se funde también con el de la naturaleza. Ambas obras ligadas inevitablemente a la vida de cada uno de sus autores y mostrando de una forma fehaciente los movimientos que emprenden los hombres en la búsqueda de sí mismo, en el afán de encontrarse en medio de la confusión, como diría Joyce McDougal, siendo testigos de su propia división, buscando sentido en el sinsentido, dudando de todo lo que son, y en definitiva, autocuestionándose y mostrándose también reales, verdaderos, sensibles, vulnerables, como el propio Munch diría: “no podemos pintar eternamente mujeres que cosen y hombres que leen: yo quiero representar seres que respiran, sienten, sufren y aman. El espectador debe tomar conciencia de lo que hay de sagrado en ellos hasta el punto que llegue a descubrirse en su presencia”, hito importante marcado por los surrealistas en la historia del arte.
Es preciso entonces detenerme en estas relaciones entre la vida y la obra, inmersas ambas en la historia del arte y la literatura… brevemente Nerval nació en París en 1808 tuvo una infancia difícil, teñida por el recuerdo o mejor las cartas de una madre que nunca conoció, hecho que marcaría profundamente su adultez y que se vendría a mezclar con su amor obsesivo e idealizado por Jenny Colon de quien se dice tenía un parecido con su madre, tema inmerso en las letras de Aurelia donde la salvación se logra mediante el perdón de las mujeres que amó y que nunca tuvo, condensadas todas en el cuerpo de Aurelia; finalmente luego de diversas crisis de esquizofrenia, se ahorca en 1855 dejando detrás de sí una extensa obra de carácter melancólico y dramático, Gautier entrañable amigo de toda su vida escribe: “Parecía rodearlo con una atmósfera especial. En aquellos días no hallaba reposo, vivía siempre parcialmente en un sueño. A veces uno lo veía con el sombrero en la mano, en una esquina, perdido en una especie de éxtasis, sus ojos estrellados de luces azules, su magnífico pelo, ya un poco delgado, creando una especie de humo dorado alrededor de su cabeza de porcelana, la taza más perfecta que ha contenido un cerebro humano, ascendido las escaleras en espiral de algún Babel interior. Cuando lo veíamos así, nos colocábamos en su línea de visión hasta darle tiempo de ascender de las profundidades de su sueño” y Beguin hablando del relato que Nadar toma antes de su muerte, afirma: “Es sin duda el retrato más revelador de un hombre que el cuarto oscuro jamás haya aprisionado en su noche… su mirada inteligente, algo inquieta, sobre todo buena y humilde… ofreciéndose a la vista de quien quiera verla… ¿La muerte? Sí, está allí, desde hace mucho tiempo, compañera de su vida desde los años lejanos en los que se entretenía en la superficie de lo real. Ella no se ha ido, ha venido a amarlo. Pronto él responderá a su llamado” (Cueto, 2005).
Y Munch, paralelo en algunos aspectos a Nerval, pero del lado de la historia del arte, nace en 1863 en Loten (Noruega) y muere en 1944 completamente solo, su madre fallece cuando aún era muy niño y queda a cargo de un padre con un temperamento difícil y distante, escribe acerca de su infancia: “Enfermedad, locura y muerte fueron los ángeles que velaron mi cuna y desde entonces me han seguido toda la vida. Pronto aprendí acerca de las miserias y peligros de la vida, y acerca de lo que sigue a la muerte, del castigo eterno que espera a los niños pecadores en el infierno. Desde niño sentí que se me trataba de un modo injusto, sin madre, enfermo y con la amenaza del castigo en el infierno planeando siempre sobre mi cabeza”, hechos que influirían de forma determinante en toda su vida (padeció de ansiedad) y obra caracterizada por la presencia de la tristeza y angustia que hallaba resonancia en sus sueños y vida personal, interesado firmemente en las profundidades de la conciencia humana, viraje propuesto por diversos artistas a lo largo de la historia del arte del siglo anterior. Refiriéndose a sus cuadros, escribió: “En la realización de cada cuadro seguía las impresiones captadas por mi vista en momentos de intensidad. Pintaba sólo los recuerdos, nada añadía, ni un detalle que no hubiera visto. De ahí la simplicidad de las pinturas, su aparente vacío. Al pintar colores, líneas y formas vistas de un modo vertiginoso, lo que trataba de obtener es que ese talante vibrara como lo hace un fonógrafo. Este fue el origen las pinturas del Friso de la vida” (Hodin, 1994).
Centrándonos ahora en las obras que nos compete, es evidente que Aurelia trata de la experiencia de vivir en la locura, que como el propio Nerval la llama, se constituye como “el derramamiento del sueño en la realidad”, el descenso a los infiernos donde el sueño se constituye como “una segunda vida” incluso mucho más aceptable que la realidad, donde el amor no puede existir fuera de la locura o como diría el sabio Nietzsche: “siempre hay un poco de locura en el amor. Pero siempre hay también un poco de razón en la locura”, porque efectivamente como mencioné previamente en estas manifestaciones es que se encuentra la verdadera esencia del yo, donde la máxima creación artística tiene cabida, donde los límites del tiempo y el espacio se desdibujan, dando paso a nuevas temporalidades donde todo es posible demostrando que también existe orden en el caos, donde la razón encuentra una extensión más allá de lo que llamamos real, entretejiéndose además con el amor, como experiencia mística de exaltación del yo humano que integra la totalidad del ser y su más íntima verdad. En palabras de Cueto (2005), el encuentro con Aurelia es posible si se reconoce su misterio central “el de un alma y un destino que sustentan, a la vez, la memoria de lo real y de lo imaginario, una vida repleta de sueño y un sueño repleto de vida. Esa abolición de fronteras es la esencia de sentido de todo lo que surge en el momento mismo de esa abolición”.
A su vez, Munch con El grito, cuadro emblemático dentro de la historia del arte, se sumerge en la angustia y el terror del psiquismo humano en una atmósfera delirante donde trata de encontrarse a sí mismo y cuyo origen menciona el autor: “una tarde estaba paseando por un camino; a un lado estaba la ciudad y, por debajo de mí, el fiordo. Me sentía cansado y enfermo. Me detuve a observar el fiordo: el sol se estaba poniendo y la nubes se teñían de color rojo sangre. Sentí que un grito atravesaba la naturaleza; me pareció que oía ese grito. Pinté este cuadro, pinté las nubes con sangre de verdad. Los colores gritaban. Se convirtió en El grito del Friso de la vida”, ésta última conformada por una sucesión de obras destinadas a mostrar los diversos estadios en la vida del hombre, donde todo está basado en la expresión y sobre los cuales afirma: "al igual que Leonardo da Vinci estudió la anatomía humana y disecó cuerpos, yo intento disecar almas", donde se repite nuevamente la constante búsqueda que emprende cada hombre en el camino de la vida.
Nerval y Munch por estas razones e inmersos en la historia del arte, tocan las fibras más profundas de nuestro ser, entrelazando realidades subjetivas que marcaron sus vida y que permitieron el surgimiento de sus obras, constituyéndose el primero en precursor del movimiento dentro de la historia del arte, llamado surrealismo y el segundo en representante del expresionismo, moviéndose en el mito de la vida donde “el valor simbólico adquirido por los sucesos importa más que su encadenamiento en el tiempo. Si los desprende así de su coherencia exterior, es que tiene necesidad de este pasado nuevo que se construye” (Beguin, 1987), poniéndolos en contacto con esa parte de sí mismo atemporal que se conecta con los conflictos y las soluciones, con el amor y la salvación que no encuentran resonancia en una realidad que fatiga y oprime, en lugar de liberar.
Queda aún mucho que decir pues es inagotable el tema sobre lo humano y el arte… pero finalmente, puedo unirme a Nerval diciendo: “la tierra, sus habitantes y su historia no eran sino el teatro en el que venían a realizarse las acciones físicas preparadas por la existencia y la situación de los seres inmortales vinculados a su destino”, un teatro donde cada uno elige su papel y se aventura a representarlo sin conocimiento alguno de lo porvenir, y donde quizás parafraseando a René Char, lo que cada uno debería buscar es desarrollar su legítima rareza…
Referencias
Beguin, A. (1987). Gerard de Nerval. México: Fondo de Cultura Económica.
Cueto, A. (2005). Nerval bajo el sol negro de la melancolía. En: Confabulario. Extraído de la web el 2 de marzo de 2006, de: http://www.eluniversal.com.mx/graficos/confabulario/15-enero-05.htm
Hodin, J. (1994). Edvard Munch. Barcelona: Destino.
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