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El oro como objeto simbólico en la literatura mundial de Adelbert von Chamisso y en Karl May.
Para comenzar, en relación con la literatura mundial, y teniendo en cuenta la inserción de los relatos de Adelbert von Chamisso y Karl May al género de novela de aventura, podemos considerar como elemento característico de esta literatura mundial del viaje en relación con la ruptura de lo cotidiano y con rasgos propios, tales como una secuencia de abandono del ámbito de origen, la superación de obstáculos vinculados a hazañas del personaje-héroe, y un regreso a dicho ámbito original. Asimismo, existe la noción de iniciación (del héroe) relacionada con la búsqueda de un lugar dentro de la sociedad y ligada a este recorrido característico consistente en la ida o lejanía del lugar de origen que trae una enseñanza en su retorno; pero también ese proceso de iniciación del héroe supone para él un encuentro con la propia identidad, que particularmente en el personaje de la novela de Karl May –Old Shatterhand-, puede advertirse respecto de la mediación que él hace entre dos mundos (civilizado y salvaje), superando ambas culturas y hallando así su propia identidad (se trata de un personaje alemán en un ámbito exótico –Norteamérica- que tiene la capacidad de mimetizarse sin perder la conciencia propia, entendiendo la salida del hogar como el comienza de este proceso de iniciación).
En la novela de von Chamisso –en cuanto a la literatura mundial- se observa a Peter Schlemihl inserto en un viaje de clases sociales, en el cual él desea escalar posiciones, y por el que debe atravesar hechos que dejan una huella en su ser, puesto que –al encontrase casualmente con un personaje que le ofrece un “atajo” para el ascenso de clase mediante riqueza-, Peter Schlemihl debe dar a cambio su sombra, la cual no recuperará jamás, pero por cuya pérdida logra –entonces- una enseñanza en ese particular viaje en el que se ve inmerso, puesto que al reencontrarse con ese personaje, vuelve el mismo a ofrecerle un pacto diabólico, al procurarle la sombra a cambio –ahora- del alma. En relación con la sombra y lo siniestro, lo extraño, lo desconocido y ajeno que inspira, en esta literatura mundial, Peter Schlemihl, de Chamisso describe un inquietante encuentro con una sombra o demonio: “Nadie parecía considerar el incidente extraordinario en absoluto. Para mí todo eso se volvía cada vez más siniestro, por cierto bastante terrorífico”. Esa riqueza –entonces- percibida azarosamente aunque con voluntad hace –sin embargo- distanciar al personaje de la vida en comunidad, pues es percibido como un monstruo al carecer de la sombra que ha intercambiado. Así pues, el mensaje que se muestra gira en torno al capitalismo y el consecuente exilio, puesto que es posible acceder a riquezas inconmensurables, pero a cambio, el precio que se paga por ello es el de abandonar la sociedad (y encerrarse, en este caso) por verse aislado y excluido de ella. El dinero entonces es visto como el mal y la enfermedad, también en esta literatura mundial y concebida de ese particular modo.
Pero además del objeto simbólico de la sombra, aparece el oro, en términos de contraste. Así pues, la sombra forma parte de la pertenencia a la comunidad social, donde –tradicionalmente- no se poseían grandes riquezas, aunque sí cobraba valor la posesión de esta sombra concebida como elemento. En la sociedad burguesa moderna –en cambio- los poderosos son poseedores de esas grandes riquezas, careciendo de ese elemento naturalmente importante, que es la sombra, y por la cual se es perteneciente a una comunidad social específica. Pero existe un grado más de concepción primera de la sombra sobre el oro (en la literatura mundial), explicitado por Chamisso en un comentario a la edición francesa de su obra, contrastando estos dos elementos: existiendo las ciencias de las finanzas y la de la sombra, “la ciencia de la finanza nos instruye sobre la importancia del dinero; la de la sombra es menos universalmente reconocida. Mi imprudente amigo ha aceptado el dinero, cuyo precio conocía, y no ha pensado en lo sólido. Quiere que esa lección, que le costó caro, nos beneficie, y su experiencia nos grita: piensen en lo sólido.” En cuanto a esa solidez, se refiere al elemento ‘sombra’, que –aunque parezca paradójico y contradictorio- es lo que permanece, lo que no se esfuma, lo que tiene mayor peso, más que el dinero u oro, manifestando los términos de apariencia y realidad como paradójicos, puesto que el oro es visto como lo no material y por ende sin peso, lo no sólido, que sí en cambio lo es la sombra, que caracteriza a una sociedad y que hace pertenecer a un individuo a dicha comunidad, para no caer en el pacto con el dinero, visto y concebido como el mal que atenta contra la comunidad, separándola y volviéndola individualista, teniendo en cuenta la literatura mundial.
El individuo “enfermo” o alejado de la comunidad por haber contraído el mal en términos de posesión de dinero a cambio de carencia del elemento sombra como característica de esa comunidad social, (en la literatura mundial en general y en estos relatos en particular ) tiene en sus manos entonces las posibilidades de encerrase o viajar. Si el individuo no pacta con ese mal sigue inserto en la comunidad. Se ve en el sirviente Bendel el ideal de personaje feliz, inserto en la comunidad, sin haberse contaminado con el mal y trabajando armónicamente para ella.
También, en la literatura mundial aparecen –no obstante- imágenes ligadas a la melancolía de una sociedad en contacto con la naturaleza, lejos del capitalismo entendido como plaga, como mal que ataca la armonía previa, vinculado al modelo de la edad de Saturno, sociedad feliz, matriarcal (previa a la instauración patriarcal del estado), que se relaciona con la imagen de los valores utópicos, melancólicos, previos a la violencia humana traída por el capitalismo; es la fantasía de una sociedad sin propiedad privada ni estamentos jerárquicos, enfatizando (en Chamisso) la utopía de un mundo preburgués, conformándose ello con un sentimiento de melancolía debido a la realidad no deseada del mundo moderno capitalista, y necesitando huir por medio del encierro o el viaje, teniendo como última manera de sobrevivencia una vida alternativa en la naturaleza, convertida en objeto de conocimiento científico . Y elegir el oro es elegir la tristeza y soledad (entendida como individualismo, por haber dejado de pertenecer a la comunidad), en lugar de la felicidad y dicha que procura el elemento sombra, como base moral. El final de la novela así lo indica: “[...] Y tú, amigo mío, si quieres vivir entre los hombres, aprende a honrar primero a la sombra y luego al dinero. Si quieres vivir contigo y con lo mejor de ti mismo, no necesitas consejo alguno”. (La maravillosa historia de Peter Schlemihl, cit. pág. 162).
En Karl May –para terminar, y en relación también con la literatura mundial- también aparece una función negativa del oro y el dinero, vistos como medio de corrupción e individualismo, con una condena del mismo por tratarse de un elemento nocivo para la comunidad social, relacionado con el mal y vinculado a la motivación de crímenes, enfatizando así un mayor contraste entre héroes y villanos (como es el caso de Sanders, quien tiene un desarrollado afán enfermizo por el oro). Así pues, el oro, considerado ‘deadly dust’ está ligado entonces a la muerte y al mal. De este modo, los distintos personajes se hallan en busca del oro por diferentes vías, entendiéndose igualmente sus resultados nefastos en la sociedad toda. Asimismo, los indios –sin conocer demasiado sus efectos- lo consideran como algo que debe mantenerse escondido y que no deben revelar aún conociéndolo. En May prevalece la estrategia de pensar en términos morales la relación entre el hombre y el dinero, hallando una alternativa cuasi religiosa para escapar de la maldición de éste. Así pues, los personajes que eligen y sienten fascinación por el dinero (Sanders) terminan condenados, al tiempo que los personajes idealizados (Old Shatterhand, Winnetou), se definen por la negación y desprecio hacia el oro, desarrollándose como figuras e individualidades plenas y no como seres individualistas.
Lo inaudito o lo maravilloso en El imitador de voces, de Thomas Bernhard y en “El terremoto en Chile”, de Heinrich von Kleist.
Para comenzar, podemos considerar los elementos dominantes en la discursividad de la obra de Thomas Bernhard, tales como la ironía, la sátira y el grotesco, que se insertan de manera constante e intrínseca en los textos presentados como microhistorias o cuentos breves, precisos y concluyentes, con un giro sorpresivo e inusual hacia el final. Asimismo, el lenguaje con el que se trabajan es conciso, redundante, de estilo telegráfico, así como plagado de oraciones subordinadas, que acrecienta el distanciamiento respecto del lector. Así, el tipo de texto utilizado en tales microrrelatos es el propio del discurso periodístico, y –sin embargo- el hecho inaudito (o aproximación al mismo) recae en la observación de la prevalencia de acción por sobre la descripción, mientras que –tradicionalmente- se esperaría lo contrario. Al mismo tiempo, en dicha literatura mundial, se observa la existencia de situaciones imprevistas, las cuales se desarrollan drásticamente mediante el conector adversativo que las introduce, cambiando de manera brusca el sentido que se cuenta. De esta manera, se observa un predominio de la dramaturgia como estructura narrativa que domina la prosa de dichas historias breves que se relacionan con el acontecimiento inaudito. Así pues, y por medio de los recursos de la ironía antes expuestos, se ve en dichos relatos un señalamiento individual, una lectura que significa otra cosa, una segunda interpretación en términos de entender lo que se debería señalar, y lo que se señala efectivamente. Y entonces se percibe la comunicación del acontecimiento sucedido en términos humorísticos, ocupando así –la prensa popular- el lugar de la comunicación por medio del hecho inaudito. El distanciamiento es el recurso que se da en tal obra, pudiendo el narrador evocar, imitar, establecer relaciones lógicas sin imitarse él mismo, existiendo –así también- un exterior de él que se observa, puesto que cuando habla de sí mismo lo hace en relación con otros o apelando a la narración de otros (en una situación de narración en primera persona del plural, ‘nosotros’), pero no de sí mismo, y por ende se confunde su lugar de enunciación, provocando también el transcurso de lo inaudito. Así pues, el elemento constitutivo es la formación discursiva efímera, ligada a la comunicación e información que se presenta acerca de crímenes, catástrofes, homicidios, suicidios y hechos relevantes que mantienen la atención sostenida dramáticamente con una condición inaudita por su tratamiento menor, trivializado, o relativizado. Y así entonces, lo inaudito está presente en el hecho sorprendente que invade y sobreviene a las crónicas (el lenguaje señala y refiere un segundo plano como función y referencia indirecta del lenguaje que habilita el sentido con ironía, produciendo el efecto de distanciamiento).
En la novela corta de Heinrich von Kleist –inscripta también en la literatura mundial- , se observa la irrupción del destino como un hecho dramático e inaudito. Ya desde el título mismo se hace hincapié en el acontecimiento natural, y su localización espacial, viéndose una orientación que pone de manifiesto lo inaudito del suceso general, descentralizando la incidencia de los personajes, otorgándoles importancia sólo en cuanto a su motivación en los acontecimientos. Y la referencia histórica y real del terremoto acaecido en 1647 sitúa la perspectiva del narrador ante lo inaudito en un marco verosímil, que –además- unifica a toda la sociedad. Se trata –pues- de una novela corta de horror que excede lo fantástico porque las leyes de la naturaleza se imponen (con una ruptura sin vacilación) sobre las leyes del estado y lo desmoronan. Y entonces la irrupción violenta del hecho sobrenatural, que es el terremoto, es sobre la realidad empírica. Así pues, el tema del horror y lo siniestro aparece como un antes y un después que es insalvable. Si tenemos en cuenta lo siniestro podemos observar dicha categoría como el efecto de proyectar alrededor y a otras personas los deseos y miedos inconscientes. Puede advertirse que el acontecimiento natural del terremoto aparece como desorden contra las instituciones, preservando –de forma inaudita- a los individuos que poseían una naturaleza humana. De este modo, existen dos cuadros de horror, tales como el ‘terremoto’ y el ‘linchamiento’. Son visibles las consecuencias devastadoras del terremoto, relacionadas con el horror y lo siniestro: “Apenas hubo salido al exterior, cuando toda la calle, ya muy agrietada, se acabó de hundir ante un segundo temblor de tierra. Sin conciencia de cómo escapar de aquel estrago, con la muerte acosándole por doquier, corrió entre vigas y escombros (...)” (El terremoto en Chile, cit. pág. 34). Sin embargo –y para terminar-, el deseo aniquilador del linchamiento –por parte del personaje del zapatero y luego las masas- contrasta con la aniquilación de la naturaleza, observándose un choque entre la cultura entendida como la verdad (la generosidad en la formación de una incipiente comunidad en medio del desastre natural) y la razón (que emana de las instituciones, encarnada en los personajes que promulgan el linchamiento). Así pues, en esta literatura mundial y esta novela corta, lo inaudito reside en que el acto del linchamiento se configura como más horroroso incluso que el horror natural del terremoto, donde no existe premeditación, voluntad o responsabilidad y lo siniestro reaparece en esta indeterminación de lo que no tiene vida, lo no humano, y que actúa de manera vital (el terremoto).
Y al mismo tiempo –siguiendo a otro autor relacionado con tales temas, Bennet, también con respecto a esta literatura mundial-, puede advertirse la idea de que de la síntesis sobreviene un conflicto posterior, entendido como violencia de la antítesis conflictiva, que está latente, y el factor constitutivo que se relaciona con el punto de giro (ironía) es visto como función segunda del lenguaje que plantea la aparición de lo grotesco como recurso, y que se vincula a lo inaudito, lo sorprendente, tanto en el relato de Bernhard, como en la novela corta de Kleist.
La identidad personal como problema en Los elíxires del diablo, de Ernest Thomas Hoffman:
Para comenzar, y teniendo en cuenta la novela de E. Th. A. Hoffmann dentro de la literatura mundial, podemos observar la constante presencia de un narrador oscilante, ligada a una paulatina y posterior destrucción de su personalidad, puesto que es visible una inestabilidad del yo que narra y la consecuente fluctuación en la información que se deja ver, con marcas de desvíos, demoras y agregados que permiten pensar en la identidad del personaje Medardo como problema. Así pues, la problemática de la identidad se presenta con un efecto de duplicación y una escisión de la personalidad que crea confusión y desorientación respecto del seguimiento del protagonista, considerando –además- sus posibles dobles existentes como versiones que están en el mismo nivel horizontal que el protagonista, sin pensar en alter egos con una potenciación o depreciación respecto del yo.
Medardo, -en la literatura mundial- como integrante de una especie de secta o logia religiosa –los ‘capuchinos’, como un suborden dentro de los Franciscanos-, conforma su personalidad ascética y retirada de la vida social como una monstruosidad, tanto por su aspecto físico y vestimenta como en relación con su personalidad controvertida, la cual demuestra el problema de un alma individual, un sujeto aislado, que es apoderado y torturado por la locura como una transmisión hereditaria y como una enfermedad genética imparable, así como con un destino fijado y común respecto de sus antepasados. De este modo, la identidad no idéntica convive y confluye en una misma personalidad, como así también un doble o desdoblamiento del yo como fantasma de la locura. De esta manera, desde su nacimiento, Medardo se encuentra asediado por fuerzas malignas de las que ni aun la fe puede sustraerlo, conformándose entonces una lucha interna, puesto que el desdoblamiento de ese yo se ve perturbado por su destino de locura, alienación y descubrimiento de fuerzas oscuras ocultas dentro de sí mismo y por su herencia biológica: su destino lo conduce a él y también a su deseo sexual. El idilio de la infancia del monasterio está atravesado por el terror y la ambivalencia, lo que provoca que la tranquilidad final sólo pueda conseguirse al precio de la muerte. En la novela de Hoffmann se trata de la descripción de una personalidad fragmentaria y de una forma de identidad profundamente escindida. Dicha locura se plasma también como doble en su discurso lingüístico, por conformarse falta de algo y –a la vez- exceso de sí. De esta manera, se percibe al protagonista como un sujeto que no es un yo integrado y único, que al mismo tiempo debe luchar contra su destino como un factor que atenta contra su propio yo, el cual se le presenta como una manifestación fatídica que compromete su subjetividad y que tiene orígenes no teológicos o religiosos, sino de transmisión genética (expuesto antes), percibida como maldición biológica. De este modo, la identidad de Medardo se ve afectada por esos factores relacionados con ese destino fatídico, pero –simultáneamente- con las repercusiones de los estados inconscientes de su ser, tales como el sueño, la alienación y la locura, que de manera súbita lo invaden y condicionan. Sin embargo, la locura y alienación no se presentan en forma constante, sino que sorprenden a ese yo al cual fragmentan, desgarran y quiebran: “-Lo arrojé al abismo- replicó algo en mí con voz hueca, puesto que no fui yo quien dijo esas palabras, que se escaparon de mis labios, sin intervenir mi voluntad” (Los elíxires del diablo, cit. pág. 57). En otro momento, Medardo cavila: “Sin reflexionar, repitiendo ciegamente lo que una voz extraña pareció susurrarme en mi interior, dije (...)”. [ídem, cit. pág. 62]. Estos súbitos estados de alienación y locura reinciden a lo largo de su vida, en diferentes circunstancias, presentándoseles como visiones, alucinaciones, acciones involuntarias, que hacen confrontar ese destino hereditariamente fatídico con la maldición religiosa que conduce a la superstición, en forma de lucha más o menos consciente de su doble e identidad. Así pues, la confusión respecto de su identidad oscila entre un destino satánico a causa del pecado por abuso de una reliquia y un destino trágico-biológico relacionado con este mal hereditario, que conducen a Medardo a los distintos niveles de locura: bajo la influencia del elíxir, al cual el monje no se puede resistir, su vida se conforma como una rápida secuencia de movimientos enigmáticos, luchas mortales con dobles misteriosos, violencia, asesinato frente a los altares de la iglesia y erotismo incestuoso. Y en la tensión entre el veneno y la medicina, Hoffmann desarrolla el elíxir como medio que crea la identidad que, sin embargo, no puede superar la problemática subyacente de garantizar la identidad.Así pues, y por tales motivos, es que los diferentes dobles del personaje estarían al mismo nivel, por lo que podrían considerarse duplicaciones problemáticas de su identidad, más que dobles que actuaran en forma mejorativa o peyorativa respecto del protagonista, como se expuso precedentemente, acercándose así a ese yo como problema de identidad personal, puesto que la inestabilidad de Medardo funciona en términos de alienación, y no –en cambio- en existencia de otro individuo.
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