Amo la literatura: cuando tenía cinco años, escribí mi primer cuento y a los nueve, mi primera poesía. Para mí, escribir es algo así como un refugio, o si se quiere, también puedo decir que se trata de mi "puerta trasera" la puerta a través de la que me escapo de la realidad para soñar, crear, sentir y, en definitiva, vivir con una serie de personajes que lloran, ríen, aman, viven y mueren. No nos equivoquemos: me encanta vivir la vida, soy una persona feliz, querida por los míos... pero eso no quita que, de vez en cuando, tenga la necesidad de "salir por la puerta trasera" y vivir aventuras y experiencias a través de las teclas del ordenador. Sí, las teclas del ordenador, que hace mucho tiempo sustituyeron a las teclas de la famosa máquina de escribir, aquellas que, cuando tecleábamos, nos dolían los dedos y hacían que nos salieran callos. De hecho, yo tengo todos los dedos encallados... pero merece la pena. El esfuerzo que realizo cuando escribo, siempre merece la pena... y no necesariamente porque pueda ganar dinero, tal vez, o publicar, sino, y esto es lo más importante, porque cuando escribo cualquier obra, -por sencilla que sea- lo disfruto y hace que me sienta bien. El don de las artes no siempre se refiere a la pintura o a la música. También tienen un don aquellas personas que consiguen dibujar maravillas con las palabras, construyendo sueños y esperanzas.

He escrito muchas cosas desde que empecé, pero eso no quiere decir que siempre haya sido divertido. También ha sido, a veces, frustrante: recuerdo que, cuando era pequeña, -no recuerdo exactamente los años que tenía- me presenté a un concurso literario del colegio. En realidad, nos presentamos tres compañeras de clase. La verdad, es que a veces la soberbia te gasta malas pasadas, porque en aquella época, yo creía que era "buena", sin pensar que, tal vez, hubiese gente mejor que yo. Perdí. Y fue frustrante enfrentarme a mi rival y reconocerle su mérito... recuerdo que lloré durante días enteros porque sentí que se había cometido una injusticia, pero tal vez, la injusta había sido yo. Mi compañera del colegio había puesto tanto empeño en su obra como yo en la mía y esto lo descubrí con el tiempo, muchos años más tarde, cuando gané un premio en el instituto. En el arte de hacer literatura no existe la justicia o la injusticia, ganar o perder depende de como valoran los demás tu obra y, sobretodo, de cuánto tiempo tú la has trabajado para que salga algo brillante. Y ahora podríamos preguntarnos ¿y dónde quedan las musas? ¿Cómo encaja en todo esto la inspiración? Yo estoy convencida de que las musas existen, por supuesto que existen, incluso yo le he puesto nombre a la mía: Calíope. (Señores, aquí Calíope, Calíope, querida musa, te presento a los lectores), pero Calíope, a veces se va de vacaciones, a la playa, con maleta y todo. Es entonces cuando tengo que pensar más que nunca para que la brillantez, a falta de inspiración, al menos tenga técnica, fuerza, talento... todo lo que acompaña a una buena obra, o al menos, a lo más parecido posible a ella.

El amor a la literatura es lo más hermoso que tengo: es lo que siempre me ha dado ilusión, lo que siempre me ha mantenido con esperanzas... tal vez algún día, consiga escribir una buena obra. ¡Quién sabe! Yo, continuaré intentándolo...