“El Banquete”, de Platón, es una de las obras cumbres de la literatura mundial. Trata de una reunión en la casa del poeta dramático Agatón festejando el éxito de su más reciente obra. En la reunión, los invitados deciden que cada uno debe hacer un elogio al dios Eros (dios del amor), por turnos. Los discursos son variados y todos generan aceptación y reflexiones en distinta medida, pero el discurso más admirable y el que supera a todos es el de Sócrates, el último orador.

En su discurso comienza diciendo que nunca podría superar los elogios que sus predecesores dedicaron a Eros, por lo tanto va a hablar de la verdad del Amor. Relata las enseñanzas sobre el Amor que Diotima le transmitió a él. El diálogo que mantuvo con Diotima es de estructura muy sofista. Por medio de deducciones, llega a conclusiones que no pueden ser refutadas de ninguna manera.

Una de esas conclusiones es que el hecho de que el amor busca la belleza y el bien quiere decir que no los tiene, por lo tanto no es bueno ni bello, pero tampoco es necesariamente malo ni feo. Es un intermedio entre los dioses y la tierra. Y la humanidad, a través del amor mismo, también pretende alcanzar la felicidad y la eternidad, generando belleza.

Cada uno de nosotros es un ser individual, con su identidad única en el mundo y en el tiempo, que consiste en las diferencias que tiene con el resto, y que se va alterando constantemente. El discurso de Sócrates plasmado en la literatura de Platón nos hace pensar que el amor es un medio de proyectar esa identidad hacia la eternidad. ¿Por qué uno querría que su identidad sea eterna? Porque la propia identidad lo es todo para el ser humano. Percibe al mundo e interactúa con él a través de ella. Lo único de lo que se tiene real constancia, como determinó Descartes con su famosa frase “cogito, ergo sum” (pienso, luego existo) es de su razón, sus pensamientos.

Las personas moldean su identidad desde el nacimiento a través del trato con los demás, porque son seres sociales. El amor cumple un rol muy grande en esta formación de caracteres. Por ejemplo, el niño que ama a sus padres y se siente amado, se identifica con ellos, que le transmiten sus valores, y así va formando la base de su forma de ser. Cuando uno odia a alguien, trata de diferenciarse de esa persona lo más que puede, aunque sea en atributos que no tienen nada que ver con la razón de ese odio. Mucho más profundo es el amor entre una pareja, ya que en la relación ellos se convierten en casi una unidad.

Sócrates diferencia dos métodos por los cuales las personas pretenden asegurar su inmortalidad. Uno de ellos es el corporal, ya que por medio de la procreación se cambia un ser viejo por uno nuevo, y el otro es el de la creación de obras inmortales (dentro de la literatura, la escultura, la pintura), o la enseñanza sabia de un maestro a un aprendiz. Por este último método está considerado que se logra una especie de inmortalidad, ya que los que lo hacen viven en sus obras y en los recuerdos de la gente a través de los siglos. Se podría considerar que estas dos clases de intento de inmortalidad se cruzan a veces, por ejemplo cuando los padres se dedican a transmitir su sabiduría a los hijos, y los incitan a llevar a cabo obras que ellos no llegaron a cumplir, instruyéndolos con todo su conocimiento acerca de determinado arte, o ciencia.

Se puede entender que el amor hacia una pareja está totalmente relacionado con la identidad. Al interactuar con otras personas, nos vamos moldeando, y nuestra identidad se manifiesta en la manera en que nos mostramos ante ellas. Las relaciones se van enriqueciendo a medida que cada uno de los participantes se entrega más. Uno encuentra a la persona amada inmensamente bella, en todo aspecto. Se la ve como al ser más hermoso del planeta, y no se puede tolerar mucho tiempo sin estar cerca de esa belleza. Esto también está expresado en la literatura antigua, cuando Aristófanes relata en El Banquete cómo en el pasado existían los seres andróginos y, al ser separados, comenzaron a buscar su otra mitad para sentirse completos. Cuando alguien encuentra a la persona amada se siente completo, y sus identidades se van formando juntas. En la actualidad, si ocurre una división muy grande entre sus formas de ser, probablemente ellos se separarán y buscarán a otra persona a la que sientan más como su mitad, su media naranja.

Además de ser inmensamente bella ante nuestros ojos, la persona amada es aquella que nos hace sentir mejor acerca de nosotros mismos. Que “saca lo mejor” de nosotros. Es decir, que vuelve nuestra identidad mucho más bella. En ese ámbito de belleza, se generan hijos, intentando reproducirla y llegar a la inmortalidad. Esos hijos son cuidados más que a la vida propia, y eso también existe en la especie animal. Quizás suceda porque el hecho de procrear se siente como una forma de inmortalizarse, cuando en realidad no es la inmortalización de un individuo sino la manifestación de la necesidad de subsistir de la especie.

El deseo de inmortalidad corporal se ve reflejado en los parámetros de lo atractivo en diferentes épocas. Por ejemplo, en una sociedad en la que el sustento y la seguridad son generados a través del trabajo físico, el ideal de belleza masculino es el hombre musculoso y fornido, ya que esto garantiza que sus niños estarán bien cuidados. Hoy en día, que para tener una buena posición evolutiva no se necesita el cuerpo, sino el cerebro, se siente mayor atracción por los hombres inteligentes o exitosos, sin darle tanta importancia a la capacidad física.

En la vida cotidiana, los padres se dedican a que sus hijos estén bien alimentados, cómodos, sean instruidos e insertados en la sociedad. Le brindan todo lo que está a su alcance para que ellos estén bien en la vida. De todas formas, si una persona tiene la oportunidad de trascender por medio de sus obras o acciones (ya sea en el cine, la literatura, la política, o las ciencias exactas), y llegar así a una real inmortalidad, hay una gran probabilidad de que sacrifique a su pareja, y tal vez hasta a sus propios hijos.

En el arte Griego, Eros aparece como un hermoso joven alado, a menudo con los ojos vendados, simbolizando la ceguera del amor. Una posible interpretación es que esta ceguera del amor es porque no miramos al otro, sino a lo que ese otro genera en nosotros, o mejor dicho a lo que se genera entre los dos. Se puede concluir, analizando esta obra de la literatura griega, que a través del amor -ya sea a otra persona, o a una obra o fin-, se crea algo que se espera que haga que nuestra identidad permanezca en el tiempo.