¿Qué leemos cuando leemos libros? ¿Qué es aquello que tenemos ante nosotros cuando nos sometemos a la lectura? El objeto que está frente a nuestros ojos, que abrimos y subrayamos, que recorremos una y otra vez para comprender una frase que no entendemos, es el punto final de un proceso muy complejo. Por obvio que parezca, antes de llegar al libro hay primero un escritor de literatura que puso su cuerpo, que reflexionó sobre algún tema, que se apropió del lenguaje y lo desplegó de determinada forma para conformar, finalmente, un todo coherente y organizado. Podríamos pensar en Borges decidiendo cada adjetivo, leyendo, antes de escribir, algunos de todos los libros de su vasta biblioteca personal. No sería descabellado imaginar a Poe escribiendo las líneas de “El entierro prematuro” entre bebidas alcohólicas y drogas. O a Antonio Gramsci, en la cárcel fascista, reformulando el marxismo. En la reflexión de Borges, en el tormento de Poe, también en el encierro de Antonio Gramsci es donde podemos encontrar elementos cruciales para estudiar sus obras, sin dejarnos caer en los ciegos pregones de la semiótica que nos insta a abandonar el autor en pos de la materialidad objetiva del texto. Detrás de la obra de literatura hay un autor, y esa es una situación ineludible. Es precisamente un cuerpo el que produce la obra, alguien que le dio sentido para alguien .

Christian Metz, un semiólogo estudioso del cine, propuso un modelo para analizar la forma en que se “contaban” las películas. En sus conclusiones, Metz nos advierte: no debemos confundir lo que él llama “enunciación impersonal” con la figura del autor, o narrador. El concepto del que se vale el semiólogo francés le permite afirmar que la película “acontece”, sucede, “como si se contara a sí misma”. Toda dimensión subjetiva aparece borrada: no interesa quién la concibió, quién la filmó, ni quién la dirigió. Lo que importa es lo que hay, lo objetivo que está ante nuestros ojos. A partir del concepto de “enunciación impersonal”, Metz pudo sentar la base de muchos de los análisis que retomó la semiótica sobre obras tanto cinematográficas como literarias o inclusive pictóricas: no se puede hablar de “el autor”, ni siquiera de un “narrador”. Partiendo directamente del objeto, la semiótica encauza un análisis de la literatura donde la subjetividad se borra adrede. No hay un sujeto que concibió una obra. Hay una obra que nos llega a nosotros, a partir de la cual se despliegan aparatos conceptuales, “modelos de análisis”, que permiten dar cuenta de su “configuración textual”. El texto “está estructurado” de cierta manera, “se pueden observar” determinados juegos de cámara, “aparecen” tales figuras retóricas o cuales “combinaciones de colores”. Todo es impersonal, lo que se estudia es un objeto muerto, en el cual los elementos están.

¿Podríamos concebir la obra de Borges sin referirnos a su vida dedicada plenamente a la literatura; sin dar cuenta de su encierro y su relación con su biblioteca personal? ¿Sería posible pensar en los Apuntes de un filólogo de Victor Klemperer, que vivió más de diez años encerrado en una habitación bajo el régimen nazi, sin biblioteca, ni libros, solamente con un cuaderno que llenaba clandestinamente ? ¿Es del todo productivo referirse a la obra de Gramsci como si fueran distintos “libros”, cuando sabemos que casi prácticamente todo lo que se ha editado de él proviene de sus notas en la cárcel, que por otra parte fueron escritas en un código especial para no ser destruidas por los oficiales fascistas? ¿Podemos concebir, justamente, la construcción conceptual de la teoría gramsciana abstrayéndonos de esa circunstancia? Hoy disponemos de 416 páginas de los diarios de Klemperer, editadas por Minúscula, de Barcelona; diversos libros se han elaborado recopilando las notas legadas por Gramsci. Pero de ninguna manera podemos decir que ambos pensaban en el “libro” como forma de coronar su tarea. Ambos, encerrados, escribieron para enfrentar su situación desesperante. Como afirma Klemperer, “en aquellos años, mis diarios me servían una y otra vez de balancín, sin el cual habría caído cientos de veces. En las horas de asco y desesperanza, en la infinita monotonía de un trabajo absolutamente mecánico en la fábrica, siempre me ayudaba esta exigencia que me planteaba a mí mismo: observa, analiza, guarda en la memoria lo que ocurre” . Queda claro que un análisis de la construcción textual “objetiva” de su obra no puede quedarse en la “superficie” que llega a nosotros, en lo que podemos estudiar a partir de ese objeto inanimado que es el libro. Lo que hay detrás de cada frase, de cada sentencia, es una experiencia que forma parte de la vida del escritor, de las marcas de su cuerpo, de los avatares sufridos por su persona a lo largo de su contacto con la literatura.

Desestimar la figura del autor en literatura, el sujeto que ha concebido una obra implicaría dejar afuera su experiencia como cuerpo que ha intervenido en una práctica a través de la palabra. Las corrientes fenomenológicas han comprendido muy bien este punto, sobre todo Merleau-Ponty en La fenomenología de la percepción. Hay un sujeto que piensa, que reflexiona, que crea y que trae al mundo algo que antes no existía. Por esta razón, pensar el libro simplemente como un “objeto-libro” es destruir toda la vida que puede haber en él. Si consideramos la palabra como un gesto, como algo comparable a un movimiento del cuerpo, por ejemplo el de la mano al escribir, no podemos rendirnos ante la presencia del libro como cosa que hace desaparecer al autor. Porque antes de la obra hay alguien que a través de su cuerpo ha vivido determinadas experiencias. Cuando Sartre afirma que para él los autores que leía no estaban muertos, “o por lo menos no del todo”, sino que “se habían metamorfoseado en libros” , expone el proceso en el cual deberíamos pensar a la hora de reflexionar en torno de una obra. El libro, el film, la pintura, son “objetos”, indudablemente, y también si queremos “materialidad objetiva”. Pero no por ello dejan de ser esas vidas metamorfoseadas, esos autores que imprimieron con sus palabras parte de sus vivencias. Ya sea como proceso posterior o anterior a la lectura, resulta inevitable referirse a esa vida oculta, disfrazada en un objeto de difusión masiva, adornado con solapas y tipografías.

No podemos despojar al libro de su esencia, que son las palabras enhebradas por hombres y mujeres de carne y hueso. Hay una experiencia del Ser que precede la producción artística, existe un espíritu, si podemos llamarlo así, que envuelve la obra, y ese es el espíritu de quien la ha pergeñado. El libro, el film, la pintura, cobran vida cuando al momento de reflexionar sobre ellas incorporamos la experiencia del autor, que no es ni por asomo la “figura textual” promovida por la semiótica. Es la condición de ser de la obra, el cuerpo que la ha hecho posible.