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El grado de especificidad de una ciencia lo determina el objeto de su estudio, esa única perspectiva con la que se visualiza un problema, con la que se seleccina un método, en fin; con la que se hallan justas resoluciones. De tal manera que la especificidad literaria va más allá de su objeto primordial: las bellas letras. Esto quiere decir que no son sólo las letras el único centro de estudio de la ciencia de la literatura. No debe olvidarse del entusiasmo de los estudiosos por el génesis, el desarrollo, las influencias, las corrientes, los períodos, la figura y el entorno del escritor o poeta; todo un objeto segmentado compuesto, en esencia, por elementos fonografemáticos susceptibles de ser evaluados dentro de un contexto mucho más amplio sobre el que podrán definirse con certeza qué caracteres son o no literarios.
Para responder a esta última premisa, deben confrontarse los diferentes registros de habla que pueden estar presentes en una obra de producción intelectual hecha con letra molde. Sobre los niveles del habla, se ha comentado, que partiendo de sus características más representativas, la determinación del uso, bien sea literario, cotidiano o científico, de una lengua, se hace directo en vista de que su naturaleza lingüística es directa. En la antigüedad este tipo de confrontaciones parecerían contraproducentes, sobre todo si se recuerda que tanto la naturaleza como la función de la literatura coexistían con la filosofía y la teología sin distingo alguno, cosa absurda para tres ciencias con propósitos disímiles y con un sistema analítico, aunque muchas veces similar, fundamentado bajo una visión y cosmovisión muy particular. Sin embargo, Platón ya habló de una disputa entre poetas y filósofos, mientras que Horacio, por su parte, propuso la idea de lo dulce y de lo útil, de aquello equivalente, cuando se está frente a una obra literaria, a "no tedioso", a lo que se recompensa por sí mismo; al igual que lo útil traducía el "no malgastar el instante", es decir que esa seriedad placentera y estética implicó la aprehensión de conocimientos. De tal suerte que si la obra funcionaba bien, estas dos ideas se fundían en una sola, de ahí que suele decirse que la naturaleza de la literatura emana de su utilidad y que su primera función,valga la reiteración, es ser fiel a su naturaleza.
Siempre existirán excepciones a la regla. Si lo literario es subjetivo, semánticamente autónomo, con suficiente poder para organizar y estructurar mundos expresivos enteros, entonces será un discurso contextualmente cerrado que posee verdad propia, los hechos y verdades no son comprobables, pero, he aquí la excepcionalidad, los estudios literarios están catalogados como nada pragmáticos, mucho más teóricos y objetivizados. Por lo tanto, lo verosímil y lo maravilloso juegan entre sí para reproducir e idealizar cosas pretéritas, presentes o futuras, con alto grado de sensibilidad. La no correspondencia entre el signo y el significado lo reafirma como connotativo. Los símbolos son multidimensionales y plurisignificativos, lo que los convierten en ambivalente al lenguaje, por supuesto, y a la literatura por estar hecha de palabras cifradas según el código de un idioma.
El valor sugestivo de la literatura
El valor sugestivo de la literatura es como un magneto gigante que atrae el interés de las multitudes. Características, todas, opuestas, al uso que hace de la lengua los científicos, quienes transmiten un conocimiento en el que ya se presuponen los participantes, la cosas y un contexto sumergido en un tiempo y espacio real, absolutamenteme verificables. En este lenguaje, el significante, es decir, la realidad física y sonora del signo lingüístico carece de importancia, puesto que sólo se vale del significado. Su tendencia a la utilización de códigos ultraespecíficos lo hacen denotativo, lógico y por consiguiente, universal.
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