Salvador Garmendia y Wilfredo Machado: Hijos de la noche. Mitología.

La muerte tiende a elaborar…

La pérdida de la memoria, el retorno al punctum

Elemental, a la materia de los sueños. Machado.

La muerte y el sueño, dentro del universo mítico, actúan en función de un tiempo y un espacio cíclicos. La luna y el sol emergen y desaparecen como en alegre acto suicida y al mismo tiempo inmortal, como si en realidad supieran renacer de la vida rítmica, del camino a través de todo lo tangible y lo intangible, del retroceso que no es más que otra nacencia o la metáfora de la extinción. Nada queda aunque nuestra ilusión de existencia efímera así lo crea; la transformación sigue siendo esa sustancia primigenia, la memoria activa de todo. Se dice que los mitos son la construcción intelectual más compleja y elevada del pensamiento, aun cuando muchos de ellos preceden a la civilización. Los mitos son la respuesta a la naturaleza de las cosas, a las incógnitas del ser mismo. Se abre cualquier libro y, entre sus letras y garfios, se halla la repetición de la ancestralidad, gracias a que la memoria inconciente de la cosmogonía, teogonía y antropogonía se comporta arquetípicamente al mostrar en sueños, poemas, pinturas y obras de arte en general, las representaciones holográficas esenciales y comunes a todos los individuos transmitidas de generación en generación, heredadas a su vez del código genético universal que nos hace parte del cosmos infinito. Platón, precisó los arquetipos como patrón perenne de los objetos afines a los espacios y entidades pertenecientes a dimensiones sutiles y a otros espacios terrenales, perceptibles mediante los sentidos primarios. En los sueños, los arquetipos se presentan, según Carl Jung, como unidades de conocimiento intuitivo que existen en el inconciente personal. Estas unidades fueron comprendidas por Arthur Shopenhaüer y Friedrich Nietzche, como un eterno retorno o liberación del sometimiento de los fines. Habrá que afirmar, entonces, que una existencia sólo puede justificarse por sí misma, el ser humano es común entre sus similares, únicamente Dios es superior. No obstante, los sueños, fueron vistos por los sabios como una fuente de conocimiento divino y como una clave para resolver los misterios de vida y del más allá. Desde los sumerios al Antiguo Testamento, del Nuevo Testamento hasta los días que corren, desde los relatos orales de la antigüedad hasta la literatura postmoderna, desde tiempos inmemoriales y civilizaciones extintas como las míticas Lemuria y Atlántida, desde los primeros vestigios de civilización, los sueños, fueron contados y ritualizados; ellos resuelven el presente con lo pasado y pasado con lo presente y se proyectan al futuro en las páginas inconcientes del libro de la humanidad y en los folios concientes al alcance de los sentidos. Aunque parezca literatura fantástica, los sueños son los hijos de la noche que deambulan entre las espesas brumas de una dimensión más real que la palpable. En la mitología la situación no es disímil porque bien pudiera ser afín a lo fantástico.

La modernidad y la postmodernidad

Con frecuencia, se tiene la tendencia de negar la idea de que la postmodernidad no es otra sino la modernidad misma con otro nombre, como una especie de capricho de algún erudito con afanes de originalidad. Lo cierto es que la modernidad, para muchos, está relacionada con un cambio radical en el orden social, político, religioso, económico y cultural. Ese cambio se vislumbró en el siglo quince cuando el imperio de Dios y el de la razón divina, fue paulatinamente desplazado por el imperio del hombre y su razón humana. Con esta transformación profunda devino, la posibilidad al acceso de la cultura general, aspecto este que sólo estuvo al alcance de los poderosos: La Iglesia, los terratenientes o latinfundistas, los miembros de la realeza y todos aquellos influidos por su círculo de acción. Los costosos y escasos manuscritos se reprodujeron por miles a un bajo costo para que estuvieran al alcance de todos, gracias a la invención de Gütemberg: la imprenta. La imprenta significó la apertura a la alfabetización y a la adquisición de sabiduría con libertad plena. El influjo de la razón humana sobre la ciencia, hizo posible que se cuestionaran ideas como la de que la tierra es plana, como la existencia o no el Paraíso Terrenal, como la verificabilidad , simplemente, del Dios creador de todo cuanto es tangible e intangible. Al surgir tales diatribas, los navegantes, por ejemplo, tuvieron la certeza matemática y astronómica de hacia a dónde se dirigían, sin que privaran sobre ellos el mundo de las supersticiones nacidas del imaginario medieval, creado, quizá, por la Iglesia misma, quien tuvo datos bíblicos y de libros antiguos suficientes para encontrar un gran continente más allá del poniente; pero su osadía no fue suficiente para convertirla, secretamente, en dueña de la futura América debido a que sus falsedades, con el transcurrir de los siglos, se convirtieron en lo que el dicho reza: una mentira divulgada mil veces termina siendo verdad. De modo pues que su estrategia de ansia latifundista se volvió en su contra, irremediablemente. Como se ha visto, la modernidad, tal cual y como lo dicen los historiadores, nace durante la época renacentista. Es el Renacimiento es despertar hacia un mundo plural, no obstante, los doctos en la materia olvidaron que la modernidad no viene de la nada y que la obra del ser humano, del homo sapiens sapiens, durante miles de años, permitió que la civilización surgiera y que cada avance de la ciencia fuese una realidad. Por ejemplo, la imprenta y su forma más avanzada, el computador portátil, es un logro de modernidades anteriores, por ello, es un error afirmar que el Renacimiento es el hito inaugural de la era moderna. Si el hombre no conoce el fuego y todas sus aplicaciones, si no ingenia la manera para fundir metales, para crear la rueda, para inventar un código comunicacional, un alfabeto; obviamente, ni la imprenta china ni la alemana hubiesen sido posibles. De modo pues que, la modernidad renacentista es un escalafón de otras modernidades anteriores y, además, forma parte de otras actuales y futuras.

Toda esta introducción vale para contrastar las ideas modernidad y postmodernidad, porque se entenderá aquí este último concepto como el orden cultural que se fundamenta en el aporte histórico-cultural del pasado, adaptado a la actualidad y a la manera cómo interactúa singularmente el pensamiento y su materialidad palpable. Es así como los mitos de la postmodernidad nacen y se comportan de una manera diferente, en comparación con los mitos grecolatinos; claro está, los primeros, accionan en el hacer humano de la misma manera como lo hacen los segundos, los primigenios. Los mitos de la postmodernidad son tales a partir de cómo los medios de masas forman en el colectivo la necesidad de amarlos, fanatizarlos, fetichizarlos, consagrarlos, divinizarlos, ritualizarlos, en fin, hacerlos parte de su cotidianidad y sus creencias. Son los mitos postmodernos aquellos que pertenecen a los héroes populares sin importar si provienen de un entorno sacro o profano, si son guerrilleros o santos. Los mitos postmodernos trascienden su contexto originario para formar arquetipos conductuales en la sociedad y para fluctuar en las producciones fílmicas, televisivas y literarias. El mito moderno de Fausto es hoy un mito postmoderno que ya formó parte del siglo veinte y que ahora, en el veintiuno, se mantiene vigente. En el siglo diecinueve, Goethe, reversionó la Historia de Fausto (1587) de Joham Spierz y la de Marlowe, Trágica historia del Doctor Fausto (1588), demostrando cómo una figura como la Mefistófeles, puede convertirse en un leit motiv atractivo para las sociedades de todos los tiempos. A diferencia de los mitos grecolatinos y los modernos, los postmodernos se estructuran a partir de la nostalgia, de un dolor, de un martirio, de una querencia nacida de la muerte del héroe, del mártir o del icono popular. Ese eros que se despierta por la ausencia de un ser es la respuesta conductual que verifica la situación de permanente carencia del hombre. Eros es una palabra griega que significa nostalgia y, etimológicamente, nostalgia, proviene de nostos: dolor y de algos: regreso. Ese retorno al dolor es una propensión característica del individuo, así como le es inmanente el carácter indagatorio y quijotesco de su espíritu.

Salvador Garmendia. La aventura de narrar.

Salvador Garmendia en La aventura de narrar(1991), una crónica de su vida, aseguró que “cada vez que una página caía de los dedos, la noche de lo desconocido volvía a cubrirlo todo alrededor, y el sueño soltaba sus hilos nuevamente”. Las circunstancias de las primeras lecturas de Salmendia (Salvador Garmendia), seudónimo con el que el Grupo Literario Trovadores de la Esperanza lo bautizó en 1997, originaron una repetición de los elementos oníricos como estrategia narrativa para la producción particular de un estilo narrativo: “ leer cualquiera de aquellos libros ricamente ilustrados, con esa tonalidad ferrosa del grabado que se nos ha quedado pegado a la memoria como polvo de orín: Los miserables de Víctor Hugo…o La isla misteriosa de Verne…significaba trasladarse casi de cuerpo entero a una existencia que no tenía relación ni parentesco imaginables con lo que constituía la realidad visible, verdadera, al parecer, pero terriblemente fría, despoblada y monótona, como si fuera inventada diariamente para nosotros por el más estéril de los cerebros e impuesta obligatoriamente a cada uno, para ser repetida como los renglones desabridos de una cartilla que todos sabemos de memoria.” De alguna forma, los instantes buscan en algún recodo repetirse a sí mismos y en sí mismos, cambian de vestimenta, pero en esencia se arman tal cual y como eran en su estado original. Así, se establece una ruta de acceso para el estudio de lo simbólico y de la semántica de dos textos, Función nocturna (1986) y Dulces venenos (1994), de Salvador Gamendía y Wilfredo Machado, respectivamente, que sujetan al universo onírico, repitiendo los mitos de la antigüedad relacionados con Endimión y Sísifo.

Endimión y Sísifo en la mitología griega.

La mitología griega da cuenta de Sísifo como rey de Corintio, primogénito de Eolo, rey de Tesalia, dios del viento. Sísifo vio cómo una joven llamada Egina era raptada por Zeus. Zeus condenó, posteriormente, a Sísifo por contarle a su padre lo que había visto. La condena consistía, primero, en ser enviado a una región infernal cerrada con portales de hierro. Esta región, según Hesiodo y Virgilio, están tan debajo del Hades como la tierra del cielo y recibe el nombre de Tártaro. Allí tendría que llevar perennemente a la cúspide de una colina una piedra, que siempre caería rodando y, por tanto, su ardor debía recomenzar. El otro mito, según Karl Kerenyi, dice que “Hipnos se enamora de Endimión dándole la capacidad de dormir con los ojos abiertos. Endimión es el rey de Elide, el país de los juegos olímpicos. Endimión engendró en Selene cincuenta hijos. Su sueño perenne era un don de Zeus, quien le permitió escoger su propia manera de morir, de donde resultó que Endimión eligió el sueño perpetuo en lugar de la muerte. Según otros autores, este estado le fue infligido como castigo porque después de haber sido elevado al cielo por Zeus, sedujo a Hera o Selene, la diosa lunar.”

La ensoñación

Tanto en Función nocturna como en Los dulces venenos, el sueño fluctúa entre imágenes que son proyecciones de repeticiones incesantes. Función nocturna es un relato de una visión fantasmagórica de un hombre que decapita a su esposa y “ la cabeza rueda sobre la colcha, por milésima vez en millares de noches semejantes, envuelta en sus propios cabellos.” Gastón Bachelard, en La poética de la ensoñación (1960) hace una referencia a la diferencia entre la ensoñación y el sueño o drama nocturno, así, pudiera hallarse una respuesta al porqué Garmendia insiste en representar en su narrativa todas esas ensoñaciones. Bachelard, argumenta que “la recreación de imágenes que emergen en un estado de vigilia son los trastornos de la noche, mientras que el sueño, el dormir, es la más fatigante de las funciones. La ensoñación asimila las pesadillas de la noche, constituye el psicoanálisis natural de nuestros dramas nocturnos, de nuestros dramas inconcientes.” La necesidad de Salmendia como autor, estará en dar descanso a la pesadilla nocturna, realizando un ejercicio narrativo que funcionaría como un catalizador de las emociones, como un proceso de catarsis para la liberación de las angustias. Diría Bachelard: “ el descanso de la noche no nos pertenece, no es el bien de nuestro ser. El sueño abre en nosotros una posada para fantasmas. Por la mañana tenemos que barrer las sombras; a golpes de psicoanálisis hay que desalojar a los visitantes que se van quedando e, incluso, hacer salir de lo más profundo a los monstruos de otros tiempos, al dragón y a la serpiente alada.”

Las mismas circunstancias se reiteran en el cuento de Wilfredo Machado, Los dulces venenos (1994). Al igual que para Garmendia, para Machado, la muerte, es el pretexto literario que, unido a los elementos oníricos, compone una serie de regresos y circularidades. Sin drama nocturno la pesadilla queda imposibilitada de repetirse, no puede hacer daño con su dulce veneno: “la muerte tiende a elaborar…la pérdida de la memoria, el retorno al punctum elemental, a la materia de los sueños.” (Machado:1994)

Conclusión. Crítica de la razón pura y argumentativa.Mitología.

Todas las representaciones oníricas simbolizan un espejo. Cada personaje que ahí aparece es un multiplicación del ser. Los sueños indican las características conductuales de lo corregible. Tolstoi decía que despierto podía engañarse uno mismo, en cambio, el sueño le proporcionaba la justa medida del grado de perfección moral que había conseguido alcanzar. Jean Paul Sartre, reinterpretando a Hebbel, afirmó que todos los sueños no son, quizá, sino reminiscencia de nuestro más lejano pretérito. El personaje de Los dulces venenos se encontrará con el sueño en eterno retorno con su amigo muerto, es un fenómeno interior que su inconciente le reclama una resolución: “Esta noche Hassim ha regresado durante el sueño y cuyas vetas verdes dibujaban un mono, un pájaro y un dragón…” Mitología.

Corpus literario

Garmendia, Salvador. (1970). Difuntos extraños y volátiles. Caracas. Tiempo nuevo.

---------------------------. (1986). Hace mal tiempo afuera. Caracas. Fundarte.

---------------------------. (1991). Sobre la tierra calcinada y otros cuentos/Salvador Garmendia y su obra. Bogot{a. Norma. Colección Cara y Cruz.

Machado, Wilfredo.(1994) Libro de animales. Caracas. Monte Ávila.

Corpus complementario

Araujo, Orlando.(1988) Narrativa venezolana contemporánea. Caracas.Mitología. Monte Ávila.

Bachelard, Gastón.(1997) La poética de la ensoñación. México. Fondo de Cultura Económica.

Kerenyi, Karl. (1951) 1999. Los dioses de los griegos. Caracas. Monte Ávila.

Liscano, Juan. (1995) Panorama de la literatura venezolana. Caracas. Alfadil. Colección Trópicos. Mitología.Número 54.

Osuna, Yolanda. (1980) Tres ensayos de análisis literario. Mérida.

Rank, Otto. El sueño y la poesía. El sueño y el mito. En: Sigmund Freud. La interpretación de los sueños. Barcelona. Círculo de lectores. Mitología.1966.

Rodríguez Ortiz, Óscar. Coordenadas de Salvador Garmendia. En: Los pequeños seres. Memorias de Altagracia y otros relatos. Caracas. Biblioteca Ayacucho. Número 143. 1986.

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