En Artes > mitología
Los símbolos has sido representados figurativamente en la mayoría de las manifestaciones humanísticas y artísticas, no obstante, su plurisignificación, su naturaleza ancestral, incorpórea, su “dimensión cósmica, onírica y poética” (Gilbert Durand, 1968), seguirá suspendida en el universo, emanando y vibrando a ritmos insospechados para el entendimiento inmerso en estados físico terrenales, aún así, muchas veces suscitarán reacciones psicológicas concientes e inconcientes en cualquier individuo, provenga de donde provenga; he aquí el poder del símbolo y su ilímite imaginario, he aquí su secreto interior, elevado, superior, heredado de cultura remotas extraviadas dentro de la temporalidad y especialidad de una memoria intelectual semidespierta, que sólo valiéndose de lo que Karl Jung llamó como el inconciente colectivo y personal, alcanzará a derribar sus bronceadas murallas –como las del Templo de Eolo- que disimulan su transparencia. La mitología da constancia de un pensamiento protorazonador porque se funda en la magia y en el rito.
Poéticamente, los misterios siempre revelan otro misterio luego de la resolución de uno primigenio, es una cadena indestructible de círculos que se entrelazan con otros círculos adheridos en formas cíclicas eternamente interminables. De tal suerte, que hablar de mitología y de imaginación simbólica es hablar de laberintos, es entablar diálogos con esas fuerzas centrífugas y centrípetas que alejan y atraen a conveniencia de un centro revelador. Decir imaginación simbólica es reconocer su manifestación camaleónica provista de un contenido evocador de otros contenidos. Nombrar al símbolo es mencionar un algo viviente capaz de destruir y renovar la misma existencia. Poetizar al símbolo es saberse dispuesto a renunciar a los retornos, es saberse único e indivisible entre las luces, es conocer lo inconocido dentro de su reino, es transmutarse a cada instante en la flama de la eternidad y, si se quiere, de la infrahumanidad.
Por deducción, nada que sea símbolo será evidente así provenga de lo abstracto. Nada que sea símbolo será alegórico, universal, ortodoxo, invariable, accesible y sensible. Ningún símbolo expresará lo archiconocido porque no se mueve en esa realidad, en todo caso, irá más allá del plano físico, de la tercera dimensión, se sumergirá en las aguas de lo inconocido, lo incomprensible; no conocerá lo unidireccional, será sacro y profano al mismo tiempo y, finalmente, responderá a lo imaginario con lo imaginario.
La mitología egipcia, griega, romana, olmeca, maya, inca, azteca, hindú, vikinga, tibetana, entre otras, coinciden en la interpretación simbólica de sus formas pensantes e imaginarias representadas en sus diferentes culturas, razón por la cual no será correcto otorgarle al símbolo carácter universal, sin tomar en cuenta su aspecto heterodoxo en el contexto, la forma de vida, el compendio de creencia prerreligiosas y religiosas, que indudablemente determinan una variación de los elementos comunes en estas sociedades milenarias y centenarias, algunas extintas.
BIBLIOGRAFÍA
Duran, Gilbert. La imaginación simbólica. Fondo de Cultura Económica. 1968.
Popes, Gustav. La mitología y el símbolo. Ares. 1998.
Ziertisz, Fricktlan. La mitología simbólica. Brus. 2007.
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