En el libro Aguafuertes Porteñas, que publicó Editorial Losada, uno de los textos se destaca por sobre el resto. Es una aguafuerte que sorprende, en principio por el tema que trata, pero también por la forma en que Roberto Arlt lo aborda. El texto es "Taller de composturas de muñecas", y en él Arlt reflexiona sobre el significado de que exista semejante oficio en aquél momento (década de 1920). Dice Arlt: "hay oficios vagos, remotos, incomprensibles. trabajos que no se conciben y que, sin embargo, existen y dan honra y provecho a quienes los ejercen. Una de estas menestralías es la de componedor de muñecas". Este trabajo, practicado hace más de cincuenta años como un verdadero modo de obtener ingresos, fue un oficio que en su momento revistió inusitada relevancia. Hoy nos puede parecer ridículo y hasta impensable imaginarse una persona dedicada a tener un comercio que se encargue de confeccionar y arreglar muñecas rotas. Tampoco era pensable para Arlt en aquel momento: "Yo no sabía que las muñecas se compusieran. Creía que una vez rotas se tiraban o se regalaban, pero jamás me imaginé que hubiera cristianos que se dedicaran a tan levantada tarea".

Arlt no lo comprendía, pero nosotros sí podemos hacerlo, si echamos una mirada a la historia de lo que fueron las muñecas antiguas. REmontándonos varios siglos atrás, podremos encontrar en las cortes de los siglos XVII y XVIII muñecas de grandes tamaños utilizadas como juguetes, en su mayoría con formas muy humanoides, vestidas con trajes de época y decoradas, no tanto para jugar sino también como adornos decorativos de importancia. Los reyes solían tenerlas en las Cortes como atractivo, y más adelante dejaron las Cortes para popularizarse entre el grueso de la población. Ese fue quizás el comienzo más extendido de las muñecas antiguas como entretenimiento, como divertimento.

Pero la tradición de las muñecas perduró en el tiempo. Por eso ARlt recuerda esa mañana en la que, pasando por la calle Talcahuano, "tras del polvoriento vidrio de una ventan, lúgubre y color de sebo", vio colgada de un alambre una muñeca. "Tenía pelo de barba de choclo, y ojos bizcos. Tan siniestra era la catadura de la tal muñeca que me detuve un instante a contemplarla". Arlt renegaba contra el oficio de componedor de muñecas, no tanto por el componedor sino por quien llevaba a refaccionarlas, proponiendo que quien acudía a tal lugar era un "tacaño". Nosotros podemos decir que, en épocas de miseria como fueron los primeros años del siglo XX, en los cuales la inmigración ya era muy fuerte, muchas familias tenían como juguetes muñecas antiguas, y probablemente preferían, ante alguna rotura, llevarlas a arreglar, intentar una refacción, que muy probablemente le saldría más barata que adquirir una muñeca nueva. Parece más factible esta opción: las primeras décadas del siglo XX fueron prósperas para muy pocos habitantes del territorio nacional.

Por supuesto, hoy es un oficio que no existe, porque ya nadie tiene muñecas antiguas, y quien aún pueda conservar alguna la tendrá bien atesorada, lejos de los golpes y posibles daños que pueda recibir. Las muñecas antiguas, como parte de un universo inmenso como es el universo de los juguetes, han jugado un papel preponderante en la historia, y su estudio (descriptivo, en el cual se puedan caracterizar, analizar períodos históricos de apogeo, etc.), puede llevarnos a comprender más cabalmente las circunstancias de determinadas épocas. Que hoy haya desaparecido, hace ya mucho tiempo, el oficio de componedor de muñecas, es una señal de los cambios de los que somos testigos permanentemente. Lo mismo sucede con los zapateros, que si bien quedan, son cada vez menos.

Componedor de muñecas, oficio desaparecido. Rastro de una historia, huella de un juguete obsoleto.