Las imposibilidades prácticas de la improvisación

Desde que la música es música, hasta nuestros días, la improvisación ha cumplido un papel preponderante en la historia. No sólo por su relevancia en ritmos como el jazz y el blues, sino también por sus características: lo impensado, lo no planeado, lo nuevo que irrumpe como una sorpresa, sobre un tema que se esperara fuera otra cosa. ¿pero qué es, realmente, improvisar? ¿adónde nos lleva o nos quiere llevar ese concepto, tan complejo como raro? ¿Qué significa, qué nos está proponiendo, en una filosofía de la música, la idea de la improvisación?

Desde ya, adelantaremos nuestra conclusión: es imposible improvisar, por lo menos en la práctica. En todas las actividades de nuestra vida está vedada la posibilidad de improvisación. Por poner sólo algunos ejemplos: ¿qué pasaría si un día, en lugar de levantarnos a nuestro horario de siempre, durmiéramos más de la cuenta? ¿Seríamos capaces de un “improvisar” un comportamiento? Si ante una situación conflictiva decidimos improvisar: estaríamos realmente haciendo algo fuera de lo calculable, fuera de lo pensable? Creo que es imposible concebir siquiera la idea de que haya acciones que resulten inesperadas. Todo lo que hacemos está enmarcado dentro de un repertorio limitado de acciones posibles, y elegimos –inconscientemente, por supuesto-, dentro de un rango de ese repertorio. Levantarnos, lavarnos la cara, cepillarnos los dientes, bañarnos, vestirnos, desayunar, almorzar, merendar, cenar, irnos a dormir, forma parte de una serie de actividades que preformatean nuestra vida diaria. Si un día decidiéramos no bañarnos a la mañana porque hace mucho frío, ¿estaríamos improvisando? Si un día nos olvidamos de lavarnos la cara, y entonces lo hacemos apenas llegamos a nuestro trabajo, ¿podríamos llamar a eso improvisación?

Desde luego que, para pensar en términos musicales, la cuestión se complejiza un tanto más. Pero siempre sobre la base de lo mismo. Supongamos que un grupo de concertistas se reúne para practicar sobre una pieza determinada de jazz. Tenemos un bajista, un pianista y un percusionista. En medio del ensayo todo va sobre los carriles normales, hasta que el pianista toca un acorde fuera de la partitura. El bajista, atento, reacciona, y le sigue la corriente, modificando él también lo que debía tocar. El percusionista, por la misma razón, modifica su estructura de música y comienza a tocar según lo impuesto por las otras “improvisaciones”. ¿pero fueron realmente notas inesperadas las que tocaron los músicos? ¿o fueron acordes tocados sobre una base común, sobre un repertorio limitado de acordes posibles sobre los cuales el músico puede elegir y, ahí sí, intentar ya no improvisar sino tocar algo diferente a lo que está anotado en la partitura? Claramente, los músicos no hacen improvisación, sino que se encargan de, dentro de una lista posible de acordes “permitidos” según la armonía de las canciones, intentar sonidos diferentes a lo esperado en la partitura. Pero ningún músico diría que lo que escucha frente a una situación por el estilo es algo “inesperado”. En todo caso, puede ser inesperado el acorde específico o la forma particular en que ese músico tocó, pero en definitiva sí es esperado que sobre un acorde menor se intente “improvisar” con acordes menores. Los más grandes músicos de jazz han sabido cultivar este ingenio: Bill Evans, Thelonius Monk, John Lewis, Duke Ellington, Oscar Peterson, el actual Brad Mehldau, entre tantos otros, han buscado en esas posibilidades de romper con lo esquemático la potencialidad de sonidos nuevos, diferentes a lo esperable. Pero de ninguna manera improvisados.

Por lo tanto, podemos decir que el concepto de “improvisación” está en realidad vaciado de contenido, y en todo caso debería reformularse, puesto que nadie, en ningún aspecto de la música podriá decir que está improvisando, por lo dicho anteriormente.

Y esto no quiere decir que haya una conciencia, por parte del músico, de que está o no improvisando. El músico, cuando toca, no piensa “ahora voy a improvisar”, sino que simplemente toca su instrumento, se deja llevar y atrapar por el fluir de la música, de los acordes; el mismo sonido del jazz, del blues, del bossa nova es el que va tejiendo la red de la música que orienta a quien toca un instrumento o canta a hacer tal o cual cosa. No hablamos aquí de una intencionalidad del artista por romper los esquemas, o de una premeditación constante en la cual se está pensando qué acordes tocar para parecer más o menos ortodoxos o renovadores. Lo que es propio de la música es justamente este vaivén, este fluir natural que hace que a veces, frente a un piano, toquemos las notas tal cual están anotadas, y a veces intentemos modificarlas, sutilmente, para imprimirle a la partitura otro movimiento, otra sonoridad. El músico Adrián Iaies, un jazzero argentino que ha tenido mucho éxito en el exterior y que aquí dirige el sello Sjazz, siempre remarcó que la improvisación debe hacerse siempre sobre una base, que si no no estaríamos hablando estrictamente de música sino de algún experimento raro. Es como las Jam Sessions que muchas veces organizaban músicos de jazz, sesiones de una o dos horas donde se juntaban a “zapar”, a “improvisar”. ¿pero debemos creer que tocaban extravagancias? Claro que no, aprovechaban sus conocimientos y, como grandes músicos que eran, se juntaban entre todos y muchas veces de esos encuentros salía algún disco –como el de Thelonius Monk con Gerry Mulligan en saxo, un disco extraordinario-. Así avanzó siempre la música, y esperamos que siga haciéndolo, entre tonos, semitonos, acordes, y sin improvisaciones. Tal vez podamos proponer dejar de hablar de “improvisación” y comenzar a referirnos a ella como “modificación”, “cambios de sonoridad”, “redefinición de partitura”. En fin, es una propuesta que tal vez pueda sonar alocada, y abro el debate, porque es cierto que puede haber quien realmente piense que es posible “improvisar”, por lo menos en lo que al concepto como está hoy pensado refiere. Recordemos: las prácticas humanas siempre están regidas por algún patrón de conducta. No hay nada que escape a ese patrón. ¿por qué la música estaría exenta de ello?