No es caprichoso decir que hay tantas definiciones sobre el tango como personas que lo definan en relación con el ámbito al cual se circunscribe su concepto. Hay dos definiciones importantes, la primera, de la autoría de Enrique Santos Discépolo, apoda cariñosamente, Discepolín, quien apuntó que el tango “es un sentimiento triste que se baila”. Por otra parte, el escritor Jorge Luis Borges dijo que “el tango es hijo de la milonga y nieto de habanera”. Ambas definiciones se ocupan del tango desde perspectivas disímiles; la de Discépolo se construye a partir de un lenguaje indirecto, es decir, de una lenguaje poético connotativo que obliga al lector a interpretar e imaginar lo que el autor quiere decir, no obstante, la definición se enmarca en una categoría conductual que ubica al tango en una esfera irreal, porque al ser un sentimiento triste que se baila queda claro no hay forma de categorizarlo como algo tangible sino perceptible. Para Jorge Luis Borges, el tango es el resultado de una confluencia musical, razón por lo cual esta definición es de carácter musicológico porque estudia su linaje originario.

En Venezuela, Domingo Alberto Rangel, hombre de izquierda, prolífico ensayista, le ha dedicado al tango y Carlos Gardel numerosas páginas. Posee una publicación titulada “Entre el Che Guevara y Carlos Gardel” y el ensayo “Carlos Gardel: prócer de la América Latina”, en ambos desarrolla la idea del tango. Este ideario entorno al tango se expondrá a continuación de manera segmentada, recuérdese que está fundamentado en el desarrollo ensayístico de Domingo Alberto Rangel:

EL TANGO: CANCIONERO QUIJOTESCO

Para Rangel, el tango resuelve la utopía Latinoamericana porque se arraiga en lo popular y desde ese ámbito logra desvanecer las frustraciones en una suerte de catarsis para la tristeza. Las frustraciones de Latinoamérica no son otras sino aquellas que surgen del seno del barrio pobre que se esfuerza por modificar su mísera condición pero que al fin no se puede escapar de su vida predestinada. Rangel asegura que “los que identifican la prematura muerte de Carlos Gardel con el culto que lo viene entronizando en el alma de nuestros pueblos, quizás acierten, sin embargo, en un aspecto que debemos tocar tanto como podamos. Es el cantante más popular del continente más quijotesco que haya parido la humanidad. Aquí vivimos embistiendo contra molinos de viento. Soñamos con la utopía y cuando la alcanzamos nos parece llena de defectos o no nos satisface nunca del todo. El tango es la traducción al cancionero popular de ese quijotismo. Soñadores de lo imposible, caballeros que perdonamos los agravios; eso somos los latinoamericanos y en el tango hablamos y convertimos en espejo ese mundo de frustraciones”

Es tango es para Domingo Alberto Rangel, el recolector del sufrimiento individual y colectivo, mucho más modesto es su accionar que el que le toca a la historia misma cuando habla sobre sus héroes y sus vidas breves, sufridas, que los elevaron a la figura del mito. Dice Rangel que “ el tango recoge la vida sentimental de la gente. El tango es la sistematización de los tropiezos, de las feas sorpresas, del viacrucis que muchos Gólgotas que han sido nuestra histora”.

EL TANGO COMO CRÓNICA SOCIAL

Para Domingo Alberto Rangel el tango “es una crónica social, especie de novela cantada que narra penas colectivas, cuenta dramas, agresiones y calamidades. El arrabal es su epicentro, la prostituta su heroína, el bacán su protagonista.” Justamente, el tango es el reflejo de los desmanes del barrio por ello reproduce la queja y quienes la escuchan la sienten como suya, como si estuvieran contando su historia particular. Ningún género musical canta la tragedia del barrio como lo hace el tango. El tango eleva la desgracia de cada personaje y además le recrea toda una historia de la miseria. Rangel afirma que “ el tango es el espejo de los humildes” y vaya que sí es así porque al leer sus letras sin necesidad de escuchar el acompañamiento musical, el lector logra sufrir la pena del personaje aún cuando en su vida no existan experiencias semejantes y, por supuesto, si ese espejo de la realidad que es el tango se hermana con el espejo de quien analiza y percibe al tango, entonces la energía depresiva se profundiza más en el receptor y en su marginalidad. El tango es la música de la gente que vive al margen del centro. De esa marginalidad el tango rescata los registros de habla del malandrín, de la pebeta, del bacán, del tabernero, de la barra agradecida, del che garufa, del cafetín, de la callecita, del botiquín, del cabaret, del prostíbulo, del alcohol, de la honda pena, en fin, el modo de hablar de los bajos fondos, muchas veces traducido en un lunfardismo sólo entendible por quienes campean o campearon por los barrios de Buenos Aires. El tango es para el barrio lo criollo como para el argentino la costumbre el beber el mate.