En Artes > teatro
Los años pasan y si no es porque se agolpa en el seso el alma filantrópica de donar y el alma turca de trocar o vender libros, la biblioteca que se arrastra con cada mudanza mía me dejaría más deudas y lumbagos que días felices y buenas fachas. Ya sabré de mí mismo y de mi disposición gitana de cambiar el aposento, porque las minucias de mi historia personal siempre se las he reservado a mis amantes, aunque algunas no hayan merecido la gracia de mis verdades porque son de esas que gustan de encarcelarte si le revelas tus secretos. En mi caso, de cuando en cuando, reviso mi edificio memorioso de hojas empastadas para constatar si los libros que tengo son los que verdaderamente necesito. Cuando me salen al pie del cañón aquellos que leí pero que no reverencio, así como también, los inútiles, los chamuscados por desprolijos , los que en fin no levantan el fuego de mi asombro; los ingreso sin más remedio al patíbulo de la quinta avenida de mi ciudad, donde una buena librera de ferias sabatinas me los compra o trueca. Así, tengo unos dineritos que siempre hacen falta pa´ la pinta, la comida, las mujeres amistosas o incluso, unos cuantos ejemplares nuevos, aunque usados, que hasta se han ganado el privilegio de mantenerse vivitos y coleando en la cabecera de mi camastro. Que conste en acta municipal firmada por el Alcalde futbolero, que hoy he venido a hablar de teatro y de algunos buenos amigos que han escrito sobre sus bondades y hasta sobre sus escollos. Don Óscar Sambrano Urdaneta, joven hábil y probo, algunos dicen que licencioso, pero como yo no creo en vainas, ni en urticarias, prefiero decir ,por ejemplo, que ni por adeco que haya sido Rómulo Gallegos, ni por borracho que fuera Ernest Heminway, jamás dejaré de leerlos, así pues y esperando me disculpen la digresión, les diré que el Sambranero escribió sobre teatro a tres años antes de la muerte de Kennedy y a dos de distancia luego del derrocamiento del dictador que nunca tomó miche con Elena, en un libro al que llamó muy parcamente: Apreciación Literaria. No está demás decir que la obra mentada es una suerte de resumen de las artes literarias. Ya en el primer capítulo el profesor expone sus disquisiciones sobre la problemática de una definición genérica de los cuentos literarios y las diferencias y semejanzas entre la novelística y la cuentística. En el segundo capítulo habla de la novela, ingresa al cuarto, saltándose el tercero, quién sabe porqué carajo, haciendo exposiciones sobre el teatro, se pasea por el quinto reafirmando el origen del arte dramático, pisa la mampostería del séptimo cuestionando a la crítica literaria, arregla los gabinetes del octavo mientras dilucida sobre lo periódico y lo periodístico y cuando al noveno y décimo capítulo se aproxima, lo toma por sorpresa el salcocho y no cuenta con mayores artilugios que tomarse la sopa en la mesa previo entremés discursivo relativo al castellano como evolución del latín hablado en la península ibérica y el desarrollo, hegemonía y expansión de este dialecto institucionalizado por Alfonso X “El Sabio” quien, como para que siguiera la jodedera y la cordura en cada de esquina de barrio, tomó tales decisiones. De todo hay en la viña del Señor, a su salud amigo lector. Ya culminado este brevísimo simposio, hablaré del teatro, sus definiciones y sus rollos, aunque el cochino diablo me tiente a hablar de la política y sus cogollos. Lo que es del César del César ha de ser o mejor dicho, pajita que es para ti, no hay burrito que se la coma. A lo hecho pecho, no se diga más:
Para este hijo de Dios llamado Oscarcito nacido en una Sambranera, el arte teatral, el teatro como muchos lo mientan, recibe por antonomasia el nombre de arte dramático, por aquello de que la etimología griega de la palabra drama cuenta que el término, sea oriundo de la breja o de la ita, siempre significará para los curiosos y para los distraídos: acción, por más que huela a traición. Por eso esta juerga del teatro es delicada, porque si no se arma el brollo no hay función y todo el mundo se va pal´coño. Pongámoslo en palabras doctas que no sean ni brotas ni erías y digámoslo cual erudito erguido como mástil sin bandereta en el púlpito de los mártires donde los arzobispos se creen que tienen a Dios agarrado por las greñas: “Sin conflicto no hay acción y sin ésta no hay teatro”. Tamaña condición para hacernos entender de qué es que se trata la vaina. Dicho todo esto y con la consabida anuencia de mi excelentísimo Doctor Mazurquita de los Testículos del Pajonal, debo contar la historia que me susurró el lazarillo Caopetate cuando se metió en una escaramuza en el pueblo del Torbes, propiedad del hacendado de auyamas, mejor conocido como Castrillito, el mico tuerto y nigromante, de la que salió vivo de chiripa por andar disque pegando oreja en las tapias para coger lecciones secretas de los discípulos de Chocrón, Cabrujas, Santana y Chalbault, los compadres de la pistoleta, que andaban por aquella época tratando de escribir historietas para representarlas en una tabla con todo y marionetas. El cuento es bien largo de modo que haré tragaderos y ñudos secos para calmar mi vulgar elocuencia y poder enterarles de lo que dijo esta cofradía de dramaturgos y estetas sobre el teatro, claro está, atienda bien y no se asuste que no ando con escopeta.
El caso es que entre diatribas y maromas el teatro es una joda, porque ha sido siempre el espejo de los desmanes sociales y porqué no, también, de los pendejos que roban a otros pendejos y que creen que nunca irán a la cárcel. El loco Castagnino, autor de una Historia del Teatro, ante un público numeroso dijo un día muy ceremonioso , como si se fuese a casar con la Virgen de la Candelaria –aquí entre nos, alguna vaina se habrá tomado, quizá guarapita e´miche con díctamo real y trinitaria-: “la necesidad de público hace del teatro un arte eminentemente social. El fenómeno de contagio, de arrastre, de sugestión, que implica una sala repleta, no se opera en individuos aislados sin en el ser conjunto que es el público”. No detallo que el silencio fue de tumba porque hay quienes juran que los muertos hablan, digo, en todo caso, que el mismo silencio salió espitao´ que ni del pelero se vio rastro, así como ni hablar de la gente a la que no se le vio por esos lares sino hasta el día de los inocentes del próximo año. Pero como los locos siempre dicen la verdad tanto como los niños, hay que quitarse la gorra y hacerle reverencia al italianino por habernos echado la cobija ante la ignorancia helada que casi nos mata. Ya habrá tiempo de hacerle una plaza y una estatua para agradecerle semejante osadía de hablarnos con una sabiduría de la que se precia sin ufanarse y de decirnos: Hey aquí está la obra, el teatro, los actores y el público que no ha llegado tarde, para hace gala de su libertad sin demostrar alarde. Quizá sea yo muy entrometido y mi verbo no sea el más locuaz, de modo que prefiero traerles al mijito del Oscarcito no más pa´que les lance su intelecto, una diatriba o un cuento, sobre el teatro que nos viene educando y divirtiendo desde mucho antes de Pericles sin ánimo de invento, ahí les va, pónganle mucha atención que se presenta con coro y resonador: “Cuando el teatro ha satirizado costumbres, personajes históricos, modas estrambóticas; cuando por inspirarse en la vida real ensalza las cualidades del hombre o destaca sus defectos, miserias y debilidades, el teatro cumple con una innegable labor de orientación social que no le es privativa ni necesaria a su esencia misma, pero que él ejecuta con mayor facilidad que otras artes debido a su inmediata comunicación con el público. Una tendencia trata de liberar al espectador de la total entrega que lo incapacita para conservar una actitud crítica frente a la obra que ve representada. Con esta liberación se persigue lograr que el teatro se constituya, aún más, en un estimulante para el libre juicio de un espectador en libertad”.
La zancudera me tiene vocingleando del gobierno y sus olvidos sanitarios, por eso mejor me voy pa´ otro escenario donde pueda hablar luego del trasnocho sobre el teatro y sus corolarios. Hasta que el cuerpo aguante y el canto del gallo me levante. Siyuleiror.
Don Ricardo de la Fachenda, desde la Patria Chica de Macanillo de la Joda.
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