Vivimos en un mundo mediatizado que nos permite vivir “sobre-problematizados”: esto agrega a nuestra ansia natural de saber (ciencia), la noticia de los sucesos más disparatados, más llamativos, más... atroces.

El domingo 8 de Agosto de 1999, el diario Clarín publicó en su suplemento Zona, una nota que muestra de un modo violento algo que ya es común en nuestras sociedades: la violación del propio cuerpo.

El objetivo del presente ensayo es discurrir acerca de las cuestiones éticas y filosóficas que conducen a esto y las consecuencias que se siguen.

Sería interesante nombrar algunas otras formas de invasión/violación de nuestro cuerpo, especialmente para salvarlos de la trivialización y de la superfluidad con la que se los considera hoy por hoy: un ejemplo podría ser el aborto. Desde ya no es objetivo del trabajo afrontarlos desde un punto de vista científico sino ver cuáles son los fines que se persiguen cuando se hacen esas intromisiones en la naturaleza.

Tememos una enfermedad que resquebraje nuestro cuerpo, pero, sin embargo, muchas otras veces nos gloriamos de auto-amputarnos, o incluso, como en la nota citada, de convertirlo en un adefesio recurriendo a la ciencia, si se trata de una libre elección personal. ¿Es que ya no hay nada, ni siquiera el temor al sufrimiento, que nos haga aceptar que NO somos absolutamente autónomos?

1. De la metafísica a la poiesis.

Ya lo decía Shakespeare “to be or not to be; that is the question”, ya lo decía Parménides “pero sobre estos puntos se discierne con sólo es o no es” (1.).

Estas afirmaciones, parecen hacer referencia, en un nivel lógico, al principio de tercero excluido formulado por Aristóteles, que leería, más o menos, así: “una cosa es o no es y no hay otra posibilidad”.

Metafísicamente hablando, lo que se hace patente es que “se es o no se es”, “hay realidad o no”, y si se opta por lo primero, es decir, si se acepta la realidad, esto implica una presencia, algo que está ahí independientemente de mí. De este modo, me encuentro determinado por la res tanto en el conocimiento como en mi mismo ser. De algún modo las cosas me constituyen: no en vano creemos que un hombre cuánto más sabio, más hombre. Al conocer me actualizo porque incorporo formas. Dice Pieper citando a Ferrariensis en su obra “Contra Gentiles” (I, 44):

“Cualquier ente es lo que es por su forma y naturaleza (...) el que conoce una piedra es piedra porque todo lo que tiene en sí la forma de la piedra es piedra. Pero al mismo tiempo, no se puede decir que el entendimiento que conoce una piedra sea piedra sin más, porque la forma de la piedra no tiene en el entendimiento un ser natural, sino un ser intelectual” (2.).

Así el hombre tiene una forma que lo hace hombre y tiene formas ajenas cuando conoce (3.). Pero al hombre moderno esto le resulta demasiado ‘obsoleto’ porque ahora no quiere tener, sino que quiere ser. ¿Qué queremos decir con esto? El hombre quiere imponerse y para esto debe considerarse dador de formas. Aquí no hay novedad: el “seréis como dioses” siempre nos sentó bien, “el superhombre”, de la filosofía de Nietzsche se constituyó en nuestro primer objetivo. Ninguno de nosotros se atrevería a negar este deseo humano de imponerse a la realidad: a lo sumo el que se opusiera diría “¡es que no hay realidad. Cómo voy a imponerme!”.

Ahora bien este no querer recibir formas a cambio de ser yo el que “in - forme” las cosas lleva al auto-vaciamiento. Sería algo así: como afuera no hay nada necesitamos crear el mundo. ¿Cómo? Sacándolo de nosotros mismos. Así se produce la exteriorización de lo propio del hombre, quien al volcarse en el mundo se encierra en sí mismo: cuando vaya al mundo sólo encontrará lo mismo que encuentra cuando vuelve sobre sí. Es una exteriorización que implica una total interioridad, en el sentido de que lo único que recibe el hombre es lo mismo que él brinda, es decir, resulta una total inmanencia.

Se produciría el mismo efecto que cuando se enfrentan dos espejos: reflejan esa nada indefinidamente.

Otra consecuencia será que, contrariamente a la que propone Edith Stein, el hombre vivirá en la periferia y nunca en su centro. Al descentralizarse habita como en su casa en cualquier lado (4.) o más bien no habita en ningún lado.

Todas estas ambigüedades son consecuencia del esquema moderno (aunque de remontarnos en la historia en busca de la última de las causas llegaríamos, creo yo, a la caída original o a aquel primer acto de soberbia del hombre, para evitar las resonancias religiosas). Con la modernidad se pretende la autonomía en todos los aspectos: de la tradición, de la religión, de la naturaleza, de los prejuicios, del cuerpo (por parte del alma, como en Descartes por ejemplo)... Lo que pretende el hombre con su autonomía es el dominio del mundo. Dice W. Benjamin que “entre los grandes creadores siempre hubieron implacables que lo primero que hicieron fue arrasar con todo” (5.), y eso deben haber pretendido aquellos hombres del siglo XVIII: arrasar con todo para recomenzar la construcción a imagen y semejanza del hombre (por medio del desarrollo de la ciencia). Poco a poco se irán despersonalizando porque es un hecho empírico que al quitar los cimientos de un edificio éste cae. El hombre también se desmorona al quitarle la referencia. No sólo no llegará nada al hombre desde el exterior sino que aquello que llegue no podrá ser recibido en la interioridad, en el corazón del hombre donde, antes, cobraba sentido. Es corriente escuchar la expresión “hombre mundano” y eso somos: hombres volcados y convertidos consecuentemente en mundo. Lo cual nos hace verdaderamente in-mundos (todo lo contrario a ordenados).

“Pobreza de experiencia, no hay que entenderla como si los hombres aspirasen a una nueva experiencia. No, sueñan liberarse de las experiencias, desean un mundo en el que puedan hacer que su pobreza, la externa y, finalmente, también la interna, cobre vigencia tan evidente, tan limpiamente que brote de ella algo decoroso” (6.).

De repente nos dimos cuenta de que se trataba de una utopía: no pudimos dominar al mundo. Pero obtuvimos un beneficio de ello: la técnica (7.) que fue avanzando y haciéndose parte cada vez más de nuestras vidas. Todos los grandes proyectos modernos se fueron apagando y así ingresamos en la posmodernidad que se caracteriza por esa desilusión y por esa constante pregunta de “¿por cuál motivo vivir ahora?”. Nos hemos vuelto pobres, dice Benjamin, la humanidad se prepara para sobrevivir. Ya se sobrevivía Sartre en su Náusea al enfrentarse con el absurdo de la existencia, al enfrentarse con las cosas debilitadas, con su propia nada. Así el paisaje ha ido cambiando: el hombre moderno se enfrenta con un mundo que ya no es el mismo y el mismo hombre ya no es el que era. Esto es lo que Lyotard llama “nuevo decorado” y que describe así:

“A grandes rasgos: el cosmos es la consecuencia de una explosión; los desechos se esparcen todavía por efecto del impulso inaugural; los astros, al arder transmutan los elementos; su vida está contada; la del sol también; la probabilidad de que la síntesis de las primeras algas haya tenido lugar en el agua, sobre la Tierra, era ínfima; el Humano es aún menos probable; su corteza cerebral es la organización material más compleja que se conoce; las máquinas que el humano engendra son una extensión de sí mismo; la red que formarán será una especie de segunda corteza, más compleja; tendrá que resolver los problemas de la evacuación de la humanidad a otros planetas, antes de la muerte del sol; la selección entre aquellos que podrán partir y los que están condenados...

Último golpe del narcisismo de la humanidad: la humanidad está al servicio de la complexificación”.(8.)

Nuestra propia empresa se nos fue de las manos y al mejor estilo Pinocho ha cobrado vida, se ha independizado de nosotros y nos declaró la guerra. ¿Por qué el hombre no se rinde? Por amor propio, una vez más, y porque sabe que en el fondo no cobró vida esa técnica, sino que él prefiere pensar así para evadir su responsabilidad. No es que, finalmente, bajemos la cabeza ante algo sino que, simulamos tal derrota para seguir adelante con la manipulación y el “avance” de la ciencia. La poiesis ha de seguir a toda costa.

2. De la tejné a la micro-tejné hacia la auto-tejné.

En un primer momento del saber poiético lo que se buscaba era modificar el mundo exterior a fin de hacer mejor la vida. El movimiento era más bien de expansión, de “grandes rasgos”: se estudiaba la naturaleza, su comportamiento, se exploraban los espacios cósmicos. Pero actualmente se da otro movimiento de intimidación. La técnica/tecnociencia busca esclarecer esas realidades ínfimas, íntimas. Es un movimiento “detallista” que se refiere a lo microrgánico. Una vez que avanzamos en esos terrenos creemos poder modificar todo, arreglar todo, producir todo, haciendo oídos sordos a aquellas palabras de Aristóteles:

“Todo arte tiene por objeto traer algo a la existencia, es decir, que procura por medios técnicos y consideraciones teóricas que venga a ser algunas de las cosas que admiten tanto ser como no ser, y cuyo principio está en el que produce y no en lo producido. No hay arte de las cosas que son o vienen a ser por necesidad, ni de las que son o llegan a ser por naturaleza, puesto que todas ellas tienen en sí mismas su principio” (9.).

La pregunta sería si corresponde al arte (ciencia) traer a la existencia aquello que deberían ser o llegar a ser por naturaleza pero que por algún motivo no llegaron a ser de ese modo. Y a esto responde la tecnociencia actual afirmativamente, involucrándose así en todo tipo de terreno y produciendo las más diversas polémicas. Dentro de este planteo filosófico encontramos, por ejemplo, las discusiones acerca de la moralidad de la fecundación in vitro o inseminación artificial, y la técnica aún más cercana a nosotros: la clonación, entre otras. El tema de fondo es saber cuál debería ser el alcance de la técnica/ciencia, o más precisamente, cuál debería ser el alcance del poder del hombre. La técnica debe ser el medio para alcanzar los dos fines que el hombre puede descubrir en y para su existencia: el dominio del mundo y la autorealización. Y en cuanto medio y en cuanto realizada por el hombre la técnica/ciencia es digna de reconocimiento. El problema es cuando, una vez más, confundimos los términos y la convertimos en fin. Entonces la supuesta omnipotencia de la tecnociencia hace insoportables nuestras frustraciones, hace incomprensible el mal. Y esto es así porque si la técnica/ciencia ocupa ahora el lugar del Bien del hombre, transformándose en fin, entonces será la que dé sentido a la existencia y será donde éste tenga puesta su mirada. Y además porque en el mundo de la técnica/ciencia no hay lugar para el mal, ya que ésta fue diseñada para superarlo; mientras que en el mundo del bien sí había lugar para el mal como aquello donde, precisamente, el bien estaba ausente.

Resumiendo, el hombre hoy ve como fin en si mismo a la tecnociencia, por lo cual se ha olvidado de la perfección última a alcanzar a través de una vida íntegra y moralmente buena, una vida que nos constituya cada vez más en nosotros mismos, en lo propio, liberándonos poco a poco de toda posible enajenación. Y así, en vistas a la tecnociencia, todo defecto se nos hace insostenible y buscamos recurrir a la técnica para que nos lo extirpe. Se acabaron los tiempos de la aceptación de sí mismo, de la interioridad significativa, hoy todo es re-estructurable, producible, inventable y lo que aún no lo es pronto llegará a serlo y esa esperanza nos hace vivir. Por eso hoy podemos comprar óvulos de mujeres bellas por Internet para asegurarnos hijos bellos y no luchar contra el mal de la fealdad, hoy nos ponemos prótesis como zapatos para no tener que aceptar ese mal que nos aqueja, hoy tenemos un hijo in vitro para no tener que practicar la adopción o la paternidad espiritual, y así otras tantas cosas más. Pero he de aquí que, a pesar de todas estas facilidades, el hombre se llama posmoderno, el hombre vive una vida sin sentido... sentido que aún espera descubrir pero siempre por el mismo camino.

“Mientras que desde la noche de los tiempos el desarrollo de la técnica se dirigía al horizonte terrestre y la superficie de los continentes, con la invención de los sistemas hidráulicos, los canales y los sistemas viales (...), se realizan ahora los aprestos para equipar el espesor de lo viviente con micromáquinas susceptibles de estimular eficazmente nuestras facultades, lo que convertirá repentinamente al inválido equipado para superar su discapacidad en el modelo de la persona sana superequipada con prótesis de todas clases...” (10.).

Así fue como el hombre pasó desde la solución de los problemas del mundo exterior a su mundo inmediato, a su realidad corporal. Y Paul Virilio, en esta obra, nos proporciona una buena cantidad de ejemplos interesantes en los que se ve cómo lo que antes no era cuestionable para nosotros, hoy se transforma en problema. La depresión, el aburrimiento, el tedio se suma a todos los males físicos que podemos inventarnos. Y para todos ellos existen hoy soluciones técnicas que nos ha proporcionado la ciencia: desde las pastillas al marcapasos, desde la cirugía a los trasplantes. Aún la misma satisfacción se nos presenta como un peligro: el que dure demasiado poco; entonces queremos extenderla... Los sobrexcitantes modernos nos lo proporcionan. Hoy vivimos rodeados de ese tipo de soluciones, de ese tipo de instrumentos que nos sirven tanto para situaciones verdaderamente graves (como una enfermedad) cuanto para situaciones cotidiana, dando como resultado el ahorro de tiempo y de esfuerzo. El sedentarismo del hombre actual requiere ese sobrexceso del que hablábamos antes [“cuanto menos ocupada está la fuerza humana, más tiende al exceso”, cita Virilio a Honoré de Balzac en la pág. 112 de la citada obra] y hace que siempre estemos en falta (de tiempo, de conformidad, de belleza, etc.). Cuanto más hace la máquina, menos hacemos nosotros y más queremos que lo otro haga por nosotros. Y a su vez el avance de la ciencia nos permite ir auto-recreándonos a nuestro gusto y antojo/necesidad.

Nos damos cuenta de que todo se re-dispone de acuerdo al nuevo fin que hemos determinado. Y, como siempre, ante un nuevo fin se requieren nuevos medios.

3. Mutantes de fin de siglo.

[Diario Clarín, suplemento Zona, domingo 8 de Agosto de 1999]

A nosotros nos toca el reverso del proceso que comenzó el hombre moderno: mientras aquél buscaba modificar el mundo para su beneficio ahora nos toca modificarnos a nosotros mismos porque así lo exige el avance de aquella ciencia. El artista australiano Sterlark sostiene que el cuerpo es obsoleto ya que la tecnología ha superado el poder de aquél. Además mientras nos dirigimos al espacio extraterrestre nuestro cuerpo, en cambio, sólo pertenece a esta biosfera, por lo cual sólo modificando la arquitectura del cuerpo podremos reajustar nuestra conciencia del mundo. Se pretende llegar al hombre-planeta, al hombre post-evolucionista (se acaba la evolución al sobrevenir la transformación), a un cuerpo humano que pueda vivir en otro tipo de atmósfera. Dice Sterlark: “¡Podemos vaciar el cuerpo humano y reemplazar mañana los órganos inútiles mediante nuevas tecnologías! ¿Qué ocurriría, por ejemplo, si uno pudiera dotarse de una nueva piel capaz de efectuar la fotosíntesis (...)? Provistos de una piel semejante, ya no necesitaríamos una boca para masticar, un esófago para tragar, un estómago para digerir o pulmones para respirar...” (11.). Nosotros hemos creado la técnica para dominar un mundo en el que no reconocíamos un sentido y, a través de esa técnica, podemos, ahora sí, establecer sentidos, fines y así podemos reemplazar a la naturaleza sin culpa ya que aquella sólo nos significa un boceto a perfeccionar por nosotros [“Cada vez es más difícil distinguir entre lo que es producido y lo que es ‘nacido’”].

Lo mismo acaece con nuestro cuerpo: es un boceto adaptado a aquel boceto que era el mundo pre-tecnológico. Pero ahora hay que sintetizarlo. Eso es lo que leemos en el artículo: “Desde entonces Orlan ha decidido convertirse en una criatura en síntesis”. Es decir la modificación a la que somete su cuerpo no encuentra límite alguno en éste: la síntesis consiste en ir reemplazando las propiedades del cuerpo por medio del agregado de ciertos elementos.

“En su ‘teatro de operaciones’, Orlan desacraliza el cuerpo mostrándolo tan manipulable como cualquier otro elemento a nuestro alcance”.

Desacralizar el cuerpo implica entre otras cosas anular todo tipo de cánones, es decir, nosotros al contemplar la realidad humana hablábamos de hombre y mujer, normal o anormal, pero si no hay nada dado sino que aún el cuerpo se va haciendo/sintetizando ya no hay más cánones. La razón técnica es la que nos permite ir modificando nuestro cuerpo porque es ella la madre del medio que utilizaremos para tal fin. ¿Acaso la razón técnica nos es dada o habrá más bien que negar esto último también? Este planteo probablemente es pasado por alto. Lo importante es lo que dice Paul Virilio: “las tecnociencias se precipitan sobre el cuerpo de este hombre-planeta ingrávido y al que ya nada protege verdaderamente, ni la ética ni la moral biopolítica. Por no poder escapar de nuestra biosfera natural, se va a colonizar, como tantas veces ya, un planeta infinitamente más accesible, el de un cuerpo-sin-alma, cuerpo profano, para una ciencia sin conciencia que no ha dejado de profanar el espacio del cuerpo del animal...” (12.). Ya no hay ética que sirva de defensa porque ya no hay naturaleza que defender. Todas las éticas que se independizan de la realidad tarde o temprano son abandonadas por el cómodo hombre que las diseñó.

“Esta estética de la mutación gira alrededor del presupuesto de que la frontera entre el hombre y la máquina, entre lo orgánico y lo inorgánico, puede ser abolida”.

Todo pudo ser abolido menos el deseo del hombre de ordenar. El hombre no ha podido descubrir el misterio en ningún lado, ni fuera ni dentro de sí mismo. En cambio, en todos lados ha creído encontrar la necesidad de su accionar. Precisamente hace uso de la máquina por él creada para abolir la diferencia entre ésta y su cuerpo ahora también por él creado. “(...) La mutación permanente del cuerpo nos habla en el fondo de la posibilidad de crear identidades nómadas, fluctuantes, inestables, reversibles”. Lo que se busca es algo acomodaticio a las realidades venideras, no algo permanente, invariable, a lo que haya que subordinarse, a lo que haya que respetar. Precisamente por esto “el cuerpo es para ellos [Orlan y Sterlark] una estructura ineficiente, no resistente, sujeto a la enfermedad, débil y de muerte segura”. Y aquí surge un aspecto importante: la muerte, aquella ante la cual y al menos por el momento todos nos subordinamos. Más adelante dice el texto: “(...) abolir el cuerpo, sustituirlo por una máquina de mayor perfección. En el fondo, abolir lo que es en realidad el fundamento de la finitud del cuerpo, la muerte”. No sería la primera vez que creyéramos que el avance científico podría librarnos de ese límite último, que podría hacerla desaparecer. Aunque claro está: todavía conservamos dudas de cómo y hasta qué punto ocurriría eso. Este es uno de los posibles modos: modificar el cuerpo hasta hacerlo susceptible de no morir, de no corromperse. ¡Y pensar que esto no significa para todos nosotros ciencia ficción!

De todos modos podríamos dar por aceptada tal creencia y, a pesar de eso, preguntar, desde el pesimismo, qué será del hombre lanzado a una existencia sin fin y abandonado a la tarea de producir y producir cada día algo nuevo. ¿Será eso suficiente para que pueda ser feliz? Contestémonos desde la experiencia actual, donde a pesar de todas las novedades que ya nos rodean se necesitan las drogas y los excesos para evitar algunos suicidios más de los que de por sí se llevan a cabo diariamente en el mundo. Porque mientras se ansía la inmortalidad física futura, ya padecemos la muerte espiritual.

Pero a pesar de esta pretensión, Virilio afirma que por el contrario hoy se experimenta un sordo cansancio vital. Debido a que los defectos se corrigen con prótesis (ciencia), no existe en la especie un esfuerzo para superar esos defectos y así evolucionar naturalmente (siguiendo la teoría de Darwin). Este relajamiento trae como consecuencia la acumulación de defectos genéticos lo que traerá una relativa degeneración de la especie humana (13.). Esto podrá ser contrarrestado por una super-equipación de la especie y así, una vez más, la técnica vendrá en defensa de la imperfecta naturaleza. Pero así como con el advenir de las maquinarias se produjo una gran desocupación obrera, así con el advenimiento de las piezas técnicas suplentes de los órganos humanos habrá de suceder una desocupación de éstos quienes serán, ahora, inútiles e insuficientes. Y continúa Virilio en su obra con algo que es digno de nuestra atención: ¿reemplazará la técnica/ciencia a Dios, es decir, ocupará su lugar? De ser así habría un nuevo fundamentalismo, y así como alguna vez se creyese que la religión buscaba imponer a Dios por todas partes, así ahora la tecnociencia buscaría imponerse hasta en los ámbitos más recónditos.

“Del superhombre evolucionista del siglo pasado al hombre sobreexcitado y posevolucionista del siglo que viene, no había más que dar un paso, un paso más hacia las tinieblas de un oscurantismo poscientífico” (14.).

Verdaderamente esta ciencia oscurece la realidad humana retirándose ella misma de su esencia, de su sentido primero que es asegurar el bien vivir del hombre. Pero ahora nos encontramos con herramientas que nos exigen pasividad, sedentarismo: ya no sólo no es necesario que realicemos grandes esfuerzos sino que además no nos es permitido realizar nuestras actividades más propias. Ya no usamos nuestra razón para contar, lo hace la calculadora, ni para otras tareas semejantes, lo, hace la computadora, ya no pensamos nuestro proyecto de vida, lo hace la publicidad, la masa, y así sucesivamente. No sólo como consecuencia, quizás también como causa se produce la tecnificación del cuerpo a la par. Y por qué digo como causa: porque más allá de nuestros proyectos persiste la unión sustancial, lo que equivale a decir que si modificamos el cuerpo sacándolo de lo propio también las actividades espirituales se verán afectadas, enajenadas.

El efecto que se produce es como un abstraerse del mundo y de uno mismo. Si el obrar sigue al ser, según el principio metafísico, y nuestro obrar se ve reducido a la nada y a la vez reemplazado por un actuar electrónico... ¿acaso a qué será reducido nuestro ser? Ya estamos dentro de este proceso y de ahí que a veces nos sintamos robots.

Y este proceso no se inició ahora en los umbrales del siglo XXI, el “hombre máquina” se viene dibujando (y desdibujando el hombre) desde un par siglos atrás. Todo colabora: cada una de las novedades que recibimos apunta a nuestra desaparición. ¡Se extingue la raza humana!, el profeta Nietzsche ya lo había advertido. “El ritmo era algo físico, muscular. Pero la música electrónica toca los nervios y ya no los músculos. ¡La electricidad es difícil de contar!” (15.).

Recuerdo una de las críticas que se hace en filosofía al racionalismo moderno: que éste justificaba la pretensión humana de sacar todo de su razón para no tener que enfrentarse con los límites que le imponía una realidad misteriosa. De la razón salen entes abstractos, de razón. Y pareciera que hoy día seguimos en la búsqueda de lo mismo. Hasta la materia corpórea nos molesta ¿querremos también a ella abolirla? Sin duda ella, la materia corpórea, nos trae recuerdos de antaño cuando el hombre mítico de la edad media creía encontrar en la naturaleza huellas de un ser creador.

Nos hacemos contingentes, nada nos ata a nuestra especie (16.); somos hombres de raíces amputadas que preparamos nuestra identificación con el motor (17.). Las dimensiones de esta realidad son amplísimas porque: cómo habríamos de tener raíces sino hay un fundamento donde anclarlas (recordemos que ya habíamos quitado la realidad). Y, si no echamos raíces, seremos contingentes. Pero no en el sentido creacionista del término, según el cual todas las creaturas son contingentes respecto al creador, sino en el sentido de que pasaremos, de que no tendremos determinación propia por la absoluta enajenación que se produce al hacernos máquinas.

Lo que sucede es que quizás el hombre tal cual fue todos estos años ya no es más necesario o, lo que es más, es necesario que el hombre pase a ser otra cosa. En relación a esto, cita Paul Virilio a Eric Gullichsen: “En el CIBERESPACIO, no hay ninguna necesidad de cargar con un cuerpo como el que poseemos en el universo físico. Este condicionamiento con respecto a un cuerpo único e inmutable desaparecerá y dejará su lugar a la noción de cuerpo intercambiable” (18.).

Ahora bien, para terminar y haciendo referencia a la conclusión del autor del artículo de Clarín mencionado, podemos decir que es cierto que cuando uno toma la parte por el todo y así mal-ubica a ésta, convirtiéndola en la totalidad (como actualmente se hace con la razón técnica humana) y justificando todo en nombre de ella, se cae en una contradicción ya que lo mismo podría hacerse (con la misma equivocidad) con cualquiera de las otras partes. Se toma una facultad del hombre como si fuera todo el hombre, dejando de lado a las demás facultades y propiedades y, por ende, al hombre mismo.

La lógica indica que un error en las premisas lleva a un error en la conclusión lo cual nos deja la puerta abierta a una posible solución si de-construimos la falacia y proponemos premisas verdaderas.

4. Retornemos a lo propio

Podemos empezar citando a Nietzsche: “¡Y repudiar, sobre todo, al cuerpo, esa deplorable idea fija de los sentidos! ¡Plagado de todas las faltas de la lógica, refutado; más aún: imposible, aunque tenga la osadía de pretender ser una cosa real!...” (19.) No se está refiriendo a lo mismo que nosotros sino a aquellos filósofos que critican a los sentidos porque no les permiten alcanzar el conocimiento del ser. Pero bien podríamos aplicarla a nuestros científicos (y filósofos contemporáneos nuestros) que repudian el cuerpo porque no les permite alcanzar el nuevo mundo que ellos han diseñado. ¿Cuál es el error de base? Sin querer pasar por ingenuos (en el mal sentido de la palabra) sino por realistas, podríamos afirmar que la realidad ya está hecha. Por lo tanto, todo esfuerzo del hombre por re-inventarla será vano. Lo único que podremos conseguir por ese camino es una gran ficción.

Pero es muy difícil quitar en el hombre esa gran ilusión, por esto es que aún seguimos embarcados en tareas como la re-estructuración del ser humano. Modificamos nuestra inteligencia, en primer lugar, porque ya no contempla la realidad sino sus propias ideas y las aplica de forma autónoma al mundo. Así modificamos a este último. Y, finalmente, nos automodificamos en relación a aquél, no con la intención de aceptar algo fuera de nosotros mismos o con la intención de subordinarnos a algo externo sino con el solo fin de poder seguir actuando.

El problema reside en que, desde el primer momento y más aún en el último, el hombre trastoca toda su realidad. Buscando la felicidad en sus productos no se da cuenta que está impidiendo alcanzarla. Cuando el hombre quiere dejar de ser hombre abandona paulatina e irremediablemente el camino que lo conducía a su fin y así inicia la búsqueda de su perdición.

Al no haber realidad no hay bien a descubrir en ella y él mismo no es una realidad con sentido. El hombre sería un hecho: está, y eso es todo. Al no haber bien fuera del hombre éste no puede perfeccionarse con su adquisición. Tampoco descubre el bien en su ser ni en el de los demás. Empobrecimiento del que hablábamos antes, enajenación, frustración. El fin último se desdibuja, se anula en cuanto bien. Ya no se vive según la razón sino según la razón práctica/técnica. Así la facultad primordial del hombre pierde su esencia y también se empobrece. Ya no buscará el bien en el obrar ni el bien vivir. La razón ya no gobernará políticamente a las demás partes del hombre sino que cada una estará liberada a su antojo. El hombre es reducido a su aspecto técnico y cada vez se irá aproximando más a lo que llegará a ser su propio proyecto: su identificación con la máquina.

La salida y recuperación del hombre de este proceso en el que se halla actualmente, es tan evidente como el punto de partida: la realidad ante mí. Quiero reconocerla, entonces podré alcanzar la eudaimonía; quiero negarla, podré transformarme en lo que más me plazca menos en un verdadero ser humano.

De todos modos una vez que hayamos asentido a la existencia de algo fuera de mí que no depende de mí, el camino a seguir no es fácil: “lo bueno y lo justo, de cuya consideración se ocupa la ciencia política, ofrecen tanta diversidad y tanta incertidumbre que ha llegado a pensarse que sólo existen por convención y no por naturaleza” (20.). En vez de preocuparnos por ir tanto hacia afuera, sería conveniente que estemos atentos a la aplicación concreta de los primeros principios prácticos para lo cual se requiere una apertura amorosa a la realidad. Y ahí se acabarán los abusos de los que hoy somos víctimas. Descubriremos la importancia de ser hombres, así como somos, con órganos que imperceptiblemente y misteriosamente llevan a cabo sus funciones. Abandonaremos el recurrente deseo de transformar toda imperfección en su contrario a través de las artimañas técnicas para intentar con ellas superar la imperfección que, como seres temporales, tenemos en nuestra existencia, es decir los males físicos servirán de medio para humanizarnos más (con esto no critico la medicina que al igual que la técnica bien entendida brindan al hombre un mejor nivel de vida sin impedirle alcanzar su fin último en cuanto hombre, y en esto reside la diferencia elemental con la tecnociencia omniabarcante). Se acabará el disponer de nuestro cuerpo sin parámetros porque seremos concientes de que tenemos una naturaleza y ésta sus reglas. Y así, ajustándonos a estas reglas de la naturaleza podremos evitar equivocaciones: el aborto, que defiende mi derecho por sobre cualquier otro (como el del hijo por nacer); las muestras artísticas basadas en la amputación de nuestro cuerpo (como el mencionado caso de Orlan) que no tienen en cuenta el valor de éste como constitutivo sustancialmente unido al alma; las nuevas técnicas de reproducción humanas, que pueden ser consideradas como consecuencias de la no aceptación del mal y de ciertas frustraciones y como causa de graves situaciones morales (como exterminio de óvulos fecundados, selección discriminada de cualidades, etc.); y así otros tantos ejemplos.

Quizás se trate de hacernos estas preguntas: todo lo que es posible hacer técnicamente ¿es también lícito moralmente? y ¿cada progreso técnico es necesariamente un paso adelante en humanidad? Todos los avances tecnocientíficos deben permanecer bajo nuestra conciencia para que no nos signifiquen nuevas enajenaciones. Debemos procurar una conciencia recta y para esto se requiere HUMILDAD, es decir, el primer paso es abandonar el narcisismo que nos caracteriza.

Para concluir, la forma de hablar al mundo de hoy de modo que logren escucharnos es recurrir a aquello que todo hombre desea por naturaleza: ser feliz. Porque, sin lugar a dudas, el hombre de hoy, aunque lo niegue, en su interior reconoce la infelicidad en que vivimos y que es alimentada por aquello que (simuladamente) creemos la va a hacer desaparecer.

Toda acción humana es en vistas a un fin. Ahora bien, según Aristóteles los fines pueden ser fines finales (fin en sí mismo) o fines en razón de los primeros (medios). El bien supremo (o eudaimonía, aquello que todos deseamos) es un fin final en relación al cual se establecen otros muchos fines intermedios. Por lo tanto los fines que vayamos disponiendo en nuestra vida deben guardar relación con el último.

En qué consiste esta felicidad podríamos explicarlo así: es la perfección mayor a la que el hombre puede llegar. No podríamos hacer consistir la felicidad en los bienes materiales porque no bastan para satisfacer todas nuestras potencias, sobre todo las superiores. Recordemos que lo espiritual es superior a lo corporal y esto NO en desmedro del cuerpo, el cual conforma al hombre en unión sustancial con el alma espiritual. Así, para llegar a la felicidad debemos actuar según lo más perfecto de nuestro ser: la razón. El acto más propio del hombre es “la actividad del alma según la razón o al menos no sin ella” (21.);”la actividad y obras del alma en consorcio con el principio racional” (22.). Según esto:

“el bien humano resulta ser una actividad del alma según su perfección; y si hay varias perfecciones, según la mejor y más perfecta, y todo esto, además, en una vida completa” (23.).

Y Aristóteles, si bien presenta arduas palabras para nuestra época tan alejada de la interioridad, no olvida dar su aprobación necesaria a todo aquello que beneficie la vida en general: “Con todo, es manifiesto que la felicidad reclama además los bienes exteriores, según antes dijimos. Es imposible, en efecto, o por lo menos difícil, que haga bellas acciones el que esté desprovisto de recursos” (24.). Bienvenida la técnica si la encaminamos a nuestro fin y no encaminamos a nuestro fin según la técnica desfigurándolo.

Una vez que tengamos en claro el fin al que aspiramos actuaremos en consecuencia e iremos constituyendo disposiciones estables en relación a ese fin. A éstas últimas se las llaman virtudes y permiten al hombre mantenerse fiel a su esencia a pesar de las vicisitudes de la vida. Entonces en vez de desesperar ante nuestras frustraciones (actitud exacerbada por la técnica actual, como ya antes mencionamos) debemos alimentar nuestra virtud porque “aún en estas circunstancias se difunde el resplandor de la hermosura moral cuando un hombre lleva con serenidad muchos y grandes infortunios, no por insensibilidad al dolor, sino porque es bien nacido y magnánimo” (25.). En esto reside el hacer cosas grandes: no buscar lo sorprendente sino lo propio. Esto es lo más grande y lo más difícil por eso necesitamos un magnus animus para llevarlo a cabo. La técnica por la técnica misma no lleva a la felicidad y esto cualquiera que sea sincero consigo mismo puede atestiguarlo. No sigamos pervirtiéndonos, concediendo y cediendo aún más a nuestro descabellado plan de omnipotencia. A Otro corresponde ser omnipotente, cuidémonos de llegar a ser lo que a nosotros corresponde, no sea que por aspirar demasiado alto nos quedemos... sin el pan y sin la torta.

Notas

1. Juan David García Bacca, Los Presocráticos , F.C.E., México, 1993, pág. 42, frag. I.9.

2. J. Pieper, El descubrimiento de la realidad, Rialp, Madrid, 1974, pág. 38.

3. J. Pieper, Op. cit., pág. 41.

4. Dice E. Stein en Ser finito y ser eterno: “Cuando el yo vive en esa interioridad sobre el fundamento de su ser, allí en donde el está totalmente como en su casa y habita, adivina entonces en parte el sentido de su ser”. Pág. 451, F.C.E., México.

5. W. Benjamin, Para una crítica de la violencia, La nave de los locos, México, pág. 136.

6. W. Benjamin, op. cit., pág. 138.

7. “Esta declinación del ‘proyecto moderno’ no es sin embargo una decadencia. Está acompañada por el desarrollo casi exponencial de la tecnociencia”, F. Lyotard, La posmodernidad, Gedisa, Barcelona, 1986, pág. 98.

8. F. Lyotard, op. cit., pág. 100.

9. Aristóteles, Ética a Nicómaco, Porrúa, México, 1994, L. VI, cap. IV, pág. 76.

10. Paul Virilio, El arte del motor, Manantial, Bs. As., pág. 111

11. Ibidem, pág. 122.

12. Ibidem, pág. 123.

13. Ibidem, pág. 126.

14. Ibidem, pág. 131.

15. Ibidem, pág. 134.

16. Ibidem, pág. 137.

17. Ibidem, pág. 139.

18. Ibidem, pág. 158.

19. F. Nietzsche, Cómo se filosofa a martillazos, La razón de la filosofía, Biblioteca Edaf, Madrid, 1997, pág. 131.

20. Aristóteles, op. cit., pág. 4.

21. Aristóteles, op. cit., pág. 9.

22. Ibidem.

23. Ibidem.

24. Ibidem, pág. 11.

25. Ibidem, pág. 13.