¿Por qué “ciencia”?

Cuando se reflexiona sobre el campo de las ya naturalizadas ciencias sociales, se tienden a repetir los mismos procedimientos. Sea en el marco de una clase, un debate, un seminario o una discusión entre estudiantes, la pregunta suele orientarse siempre a dilucidar qué es aquello de lo que deberían ocuparse las ciencias sociales (Ciencia Política, Ciencias de la Comunicación, Sociología, Relaciones del Trabajo, Trabajo Social). Por lo general, se discurre sobre si tal o cual contenido está correctamente incluido en el programa curricular, si determinado tema está poco abordado o mal presentado, o cuestiones vinculadas con el contenido específico de lo que se “tendría” que enseñar. Pero en esas operaciones lingüísticas existe una naturalización del término “ciencia”, que no debería ser inocente. Semejante expresión del lenguaje no podría estar asociada nunca ni con el pensamiento sobre, ni con la crítica, ni con el estudio histórico o político de los fenómenos sociales. Cierto es que lo que pretende inculcarse desde la esfera académica bien parece ser otra cosa, pero hablar de una “ciencia social” trae aparejado un peligro: el traslado directo de la terminología científica – y en consecuencia su método de investigación – a problemas que no tienen ni deberían tener soluciones únicas ni respuestas dogmáticas.

Históricamente, la ciencia siempre estuvo vinculada con la necesidad del hombre de explicar – retengamos el término – el mundo en el que vivía, de mostrar a través de fórmulas lógicas por qué las cosas pasaban como pasaban y hacer entender las causas de los acontecimientos a quienes no tenían la capacidad de comprenderlos. Desde Ptolomeo hasta Stephen Hawking, pasando por Copérnico, Galileo, Kepler, Newton, Lavoisier y Einstein (por tomar un ejemplo del campo de la física, extensible a cualquier otra ciencia natural), la mecánica de funcionamiento de las ideas “científicas” fue siempre igual: un hombre observa el mundo y a partir de su sabiduría y capacidad de desarrollar fórmulas matemáticas intenta explicar los fenómenos, aportando la manera exacta e indiscutible de calcular velocidades, causas, distancias y fuerzas. Cada eslabón en la cadena histórica de descubrimientos pudo significar algo a partir de supuestos errores de sus predecesores.

¿Podríamos concebir que el campo que hoy llamamos “ciencia social” funcione de la misma manera? Desde el esquema escolástico que sigue la Universidad casi a la perfección (con pocas y bienvenidas excepciones), parece que no queda otra opción. La presentación de los pensamientos se hace en un plano histórico o cronológico donde se explican formas de reflexionar de unos autores, que son sucedidos por otros que aportan ideas renovadoras, y que dejan espacio a nuevos pensadores que brindan otras reflexiones para mejorar y ampliar la visión de determinados fenómenos. Herbert Marcuse y Martin Heidegger estudiaron con tino los peligros que encierra la utilización de un lenguaje vinculado a la ciencia o a la técnica. La instalación de ese lenguaje en la Academia comienza desde el momento en que denominamos a lo social, a lo político, a lo histórico, como estudiable desde una “ciencia”. Los dictados axiomáticos de algunas teorías y la imposibilidad de discutir con determinadas concepciones parecen ser dos imperativos categóricos de los que el ámbito académico no pretende librarse.

La falta de historias

Cuando Penrose reflexionaba sobre el mundo (justo Penrose, un físico-matemático compañero de Hawking), y se daba cuenta de que no tiene valor explicar los átomos para darle sentido al mundo, en un punto intentaba desvincular el modelo “duro” de posibles aportes en torno a todo lo demás de lo que no se ocupa la física. Ese es un objetivo que deberíamos perseguir a la hora de pensar de qué hablamos cuando nos referimos a una ciencia social. En la Universidad nos encontramos ante esquemas de enseñanza cerrados que muy pocas veces dejan espacio para la discusión y que con seguridad desprecian incluir en su currícula o “programa”, textos no provenientes del ámbito académico. Es allí donde el dogma de la ciencia gana lugar. ¿No es acaso tan efectivo como una “teoría sobre la sociedad”, un “relato de ficción”? ¿No existen, acaso en la narración de historias, preguntas, cavilaciones, preocupaciones en torno a uno o más problemas? ¿Es más valorable que alguien conozca de cabo a rabo los salmos de Pierre Bourdieu y desconozca por completo las historias de Pier Paolo Pasolini? ¿No hay, acaso, en ambas partes, un desarrollo de una postura frente a una situación similar? Esa comparación es sólo un ejemplo de una jerarquización que cala hondo en la forma de aprendizaje que propone la Academia. Pareciera que los textos “literarios” o “de ficción” sólo pueden estudiarse en materias cuyo objetivo es aprender a escribir y donde no importa tanto qué es lo que se lee y qué reflexiones se esbozan en torno a los temas, sino cómo está escrito lo que se lee y cuáles son las mejores formas de reproducirlo.

Es alarmante que el dogma académico prepare el camino para instalar la creencia de que todo debe explicarse a través de “teorías”, que por supuesto deben ajustarse a severas restricciones lingüísticas y de forma. Volviendo a lo propuesto anteriormente, ¿por qué pensar que Teorema tiene menos valor para explicar la condición de la condición de clase burguesa que cualquier otro texto que se precie de “científico” (y por ello indiscutible)? Dice Pasolini: “Una fábrica ocupa todo el horizonte (…) con sus muros de un verde tierno como el celeste del cielo. Al anuncio del mediodía, los obreros empiezan a salir de la fábrica, y las hileras de los automóviles estacionados, que son centenares y centenares, empiezan a animarse… Por la puerta principal de la fábrica – entre los saludos casi militares de los guardianes – sale lentamente un Mercedes. Dentro, un hombre de cara dulce y abstraída, un poco agotada: la cara de quien, durante toda su vida, no se ha ocupado más que de negocios y, quizá por motivos de salud, de deporte. Es el propietario, o al menos el principal accionista de esa fábrica” . ¿Es menos valorable el cuadro que pinta Pasolini al describir a través de una historia las condiciones de una familia típicamente burguesa? ¿Tiene menor jerarquía la narración cruda de una vida monótona y vacía, a través de un texto literario, que la explicación lógica de una teoría social? Podríamos citar innumerables pasajes de Teorema para mostrar que las historias “ficcionales” también tienen cosas para decirnos.

Los inicios de lo que hoy se denomina ciencia social suelen marcarse con la aparición de El Suicidio, de Emile Durkheim, publicado por primera vez en 1897. En el vasto estudio al cual le dedica más de 500 páginas, Durkheim se ocupa de explicar, uno por uno, los factores que tienen incidencia en la propensión al suicidio y los que no. A través de numerosas tablas y desarrollos estadísticos, despliega un estudio cuantitativo para dar cuenta de un fenómeno social. Como más o menos cualquier definición aproximada de ciencia daría, “se elabora un modelo para explicar con precisión y exactitud un fenómeno” . Así continuaron los modelos de la ciencia más positivista y funcionalista: encuestas, estadísticas, análisis de datos numéricos funcionaron como apoyo empírico para explicar el funcionamiento de las sociedades.

La pregunta que vale hacerse es: ¿en dónde estamos parados? ¿Advertimos grandes diferencias entre aquella “ciencia cuantitativa” y la ciencia social actual que nos proponen, que reniega constantemente de los modelos cuantitativos en pro de los cualitativos pero cae una y otra vez en dogmatismos que dejan cerrada cualquier posibilidad de crítica? ¿No es contradictorio pensar en modelos de explicación únicos al tiempo que se defienden métodos cualitativos? El programa académico desarrollado desde la Universidad (y también extensible a la escuela primaria y al colegio secundario), lleva irremisiblemente a un aprendizaje en el cual lo que se transmiten son “modelos”, “teorías”, “explicaciones” sobre lo que acontece en el mundo. En ese tipo de aprendizaje, lo que falta y lo que hasta ahora nunca se ha subsanado, es la anemia de historias. La ausencia de relatos, esas vigas que hacen girar al mundo y que tan bien percibió Penrose.

Evaluación y Academia

Otra cuestión de relevancia es el régimen meritocrático que gobierna el sistema escolástico, en todos los órdenes, desde el jardín de infantes hasta el nivel más alto de la educación superior. El sistema de evaluación impone la tiranía de los números como forma de comparación con los demás. El conflicto central es que las evaluaciones se rigen por un procedimiento que lejos de poder “medir” o valorar el nivel de conocimiento alcanzado, simplemente corroboran que quien rinde el examen sea capaz de repetir a pie juntillas lo que se ha “aprendido”. ¿Qué sentido tiene, para un estudiante, tal proceso? ¿Qué valor, desde el punto de vista educativo, puede ofrecer a quien se supone debe obtener una experiencia positiva, tener mayor o menor “nota” en un examen? ¿No es por lo menos paradójico que una disciplina que se precia de ser laxa y valerse de modelos cualitativos para analizar y estudiar los fenómenos caiga de bruces en un modelo en el que se le asignan números a expresiones escritas según concuerden o no con aquello mismo que se ha aprendido y se pretende sea expresado?

Por supuesto que son necesarios modelos teóricos, “académicos”, para adquirir determinados conocimientos. Lo que no debería ocurrir es que un escalafón jerárquico como el que ya está impuesto los ubique en un pedestal, dejando en un segundo plano cualquier otro tipo de expresión. Mientras se sigan ofreciendo los mismos modelos explicativos para los mismos acontecimientos, lejos quedarán las miradas de quienes, fuera de la Academia, también han pensado mundos, problemas y soluciones. En la penitenciaría, de Kafka, es una cruda reflexión sobre la pena de muerte; 1984, de Orwell, es una muestra de las preocupaciones políticas del autor y quizás uno de los textos anticipatorios más crueles, al igual que Un mundo feliz, de Huxley. Y la lista podría seguir varias páginas más: los viajes y fantasías de Verne, el ya mencionado Teorema de Pasolini, el desamparo tan perfectamente expresado en El desierto de los tártaros de Buzzati, las satíricas narraciones de Lem en torno al género de la ciencia ficción, como en sus Diarios de las estrellas. Ninguno de estos hombres fue científico ni escribió “teóricamente”. Por lo tanto, lo que puedan decir, para la Academia, sólo será complementario de otra cosa.

Proponer la aparición de historias implica modificar el sistema de enseñanza. El término explicar, que retuvimos en el inicio del artículo, es también una expresión lingüística que atenta contra un modelo pedagógico más deseable. Para nutrir el conocimiento y despegarse de los modelos exactos de las ciencias duras necesitamos un nuevo tipo de textos en nuestros esquemas de aprendizaje. Tal vez sea el momento de que no todo consista en explicar y aboguemos por un espacio para el contar. Es necesario despegarnos del dogma para propiciar un pensamiento propio. Y que sea la lectura atenta, más que cualquier otra cosa, lo que permita poner en funcionamiento el complejísimo andamiaje del pensamiento.