“El futuro es el chip, mamucha (...). Hablá con los sentidos. Hablá con CTI”. La conclusión de la publicidad de la compañía citada de telefonía celular parece anticiparnos el porvenir. Es triste pensar que muchos puedan creer semejante slogan y que se embobezcan (valga la vulgaridad del término), ante “todas las oportunidades” que brinda un teléfono celular. Porque si el futuro es el chip, como “anuncia” la publicidad, y peor aún y evocando a Jauretche (bien podría resucitárselo para que escriba un Manual de zonceras para el siglo XXI), si creemos en esa zoncera, el futuro es más bien negro. Y la crítica nace de un fenómeno que veo repetirse con creces en la sociedad de hoy: la idolatría que se le rinde al “móvil” y su carácter de “esencial” para la vida de muchas personas. Es entendible, claro está, que un periodista, con la tiranía del reloj de hoy, necesite un celular para trabajar; que un médico, por razones obvias lo considere indispensable, etcétera; lo que absolutamente excede cualquier comprensión es que un adolescente de catorce (¡14!) años, pida un celular como regalo de cumpleaños, o que un diario dedique una página entera a una “nota” realizada a un niño de once años que ahorró “mensualidades” para adquirir su nuevo chiche.

De todas maneras, los cuestionamientos apuntan también a una globalización que a través de la inserción en la economía de empresas multinacionales (porque hoy Movicom no es sólo Movicom y Nextel no es sólo Nextel: hoy los mergings y los grandes holdings empresariales copan la escena), se enquista en la sociedad y reproduce incesantemente. Mientras se logra esto, al mismo tiempo se retroalimenta, se siguen creando ideas del orden del consumo para que los adeptos al “celu” (pronto irán surgiendo nuevas denominaciones), tengan cada vez “más oportunidades”. Bajando a lo concreto, podría citar un par de casos simples de mi experiencia personal pero que describen la ingenua idolatría hacia “la tecnología del momento”: en un grupo de diez personas que se reúnen para ir a bailar, todas poseen celular, porque de esa manera pueden saber “dónde están los otros (que también tienen celular), para ir viendo para donde rumbea la noche”. Ni que hablar del nuevo fetiche: el “Motorola que también saca fotos”. Otro ejemplo sucedió el miércoles pasado: a la espera del comienzo de una clase tres alumnos contemplaban entusiastamente la nueva adquisición de uno de ellos: el “mini-celu”. ¿Es acaso inevitable que el consumismo devore cada vez con más fiereza las (pocas) ideas de los fetichistas-tecnócratas? ¿Ha pasado el celular a formar parte de nuestras vidas, cosa que ya logró la televisión? En vano sería desarrollar teorías y presupuestos para explicar al nivel de idiotez que hemos llegado.

A pesar de las críticas, no hay que ser ingenuo y despotricar contra los avances en el campo científico-tecnológico: es importante en materias como medicina que haya un desarrollo permanente de nuevas tecnologías, para impulsar el beneficio de la investigación (y volver a discutir si es realmente positivo o no este avance; creo que la clonación humana es un ejemplo aberrante del avance ¿insospechado? De la tecnología). Es discutible lo positivo o negativo del alcance de Internet, que de todos modos carece de la democracia que pregona, pero es cierto que hoy la inserción del e-mail ha permitido ciertos avances impensados hace algunos años. Queda clara la matizante diferencia entre la utilidad de una tecnología y el “accesorialismo” del nuevo fetiche de la sociedad: los teléfonos celulares, que además muestran no sólo el triunfo del consumismo y por ende del capitalismo más voraz, sino la permanente ambición de los empresarios, que una y otra vez promueven nuevas “investigaciones” en aspectos tecnológicos para poder ofrecer a los “clientes” “nuevos servicios”. Con términos que merecen largamente las comillas, la telefonía celular ha logrado incorporarse a la sociedad, ya no como accesorio, sino como factor esencial para la vida. Como el aire, el oxígeno y el agua.