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El secreto del tiempo, un cuento en tiempo de crisis
- ¿Quién hizo esto?, dijo el uniformado. Miraba el cuadro con resentimiento, o bronca, o humillación.
- Ustedes, contestó el pintor.
O por lo menos eso dice el mito que contestó Pablo Picasso a un hombre de la Guardia Civil, que preguntaba por el autor de tan atrevida obra pictórica como el Guernica. Sería inútil preguntarse por la veracidad de tal diálogo; bien podría ser la invención de algún historiador con pasado de poeta, o de algún escritor, pretendiendo introducirse en una historia atroz. Quizás sea éste el caso.
Antes había existido historia. Siempre hay algo que precede el caos. Todo lo que sucede ocurre por una causa y a la inversa: todo acontecimiento provoca otro; así será, hasta el fin del mundo.
- ¿Cómo te ubicó ella?
- Ella no me ubicó. Mi teléfono no está en ningún lado. Yo la llamé. Le dije que había sacado muchas fotos pero que no se las iba a mostrar por respeto y para cuidar su integridad. Pensé que podrían provocarle un shock emocional: eran series completas del hombre en el piso, de sus últimos veinte minutos de vida.
- ¿Y por qué se las mostraste?
- Porque vi a la hija. Y supe que si no lo hacía no me perdonaría jamás; ni yo, ni ella.
Todo pasó en muy poco tiempo. Si bien no podría decirse que del 2000 para atrás el país era una maravilla, una de las peores crisis empezó ahí. O un año después, cerca de Navidad.
- No llegó. No pudo festejar Navidad.
- ¿Y cómo supiste que había muerto?
- Estaba viendo televisión, sabía que él tenía que ir cerca. Era pasando la plaza, creo. Me había dicho, si queda tiempo me quedo un rato. Yo lo vi en el piso, pero no le vi la cara. Vi su riñonera. Me fijé qué remera tenía. Era una negra, que le encantaba. Yo sabía que estaba sin planchar. Entonces fui a la pila de ropa para planchar. Y no estaba. No estaba, él no estaba.
Trabajaba de mensajero. Pasaba por la zona.
- Algunos miraban sonrientes. Algunos disfrutaban. No digo todos porque sería injusto para los que se salen de la norma.
- ¿Fotografiaste todo?
- Absolutamente. Los rollos que me quedaron no son ni la mitad, porque se encargaron de estropearme los que pudieron. Y me arruinaron la lente y ahora estoy sin trabajo. Yo era chofer de colectivo (de la línea 98), y me echaron cuando se enteraron de que empezaba a tener líos. Sin la lente no puedo trabajar de lo que me gusta: la fotografía – soy un fotógrafo “freelance”, hago todo tipo de producciones –. Parece que es el precio que hay que pagar por ser justo.
El porqué es algo que quedará siempre oculto. O habrá que buscar la razón en cierta enfermedad por ejercer la violencia legítima; cierta obsesión por el poder (un poder tan efímero que deben aprovechar al máximo) de la cual nadie está exento. Pero será imposible establecer una razón válida para que en el mismo día y en menos de tres horas hayan asesinado a dos personas, y herido a más de sesenta.
- Cuando me mostraron el cuerpo perdí todas mis inútiles esperanzas. Me dijeron ¿quiere verlo?, yo dije sí, y abrieron el cierre y lloré y lo cerraron, ¿listo?, de nada. Entonces me paré frente al cuerpo y le dije despacito, te juro que hasta que no encuentre al hijo de puta que te mató no paro. Lo juré. Y dije hijo de puta y podría haber dicho tantas otras cosas... Yo sé que me escuchó.
- ¿Y después?
- Después... Empecé a vivir de otra manera. Obsesionada por encontrar al culpable. Porque además las pericias demostraron que habían sido cartuchos rojos, “de propósitos generales”. Balas de plomo. Fue duro. Intenté encontrar al fotógrafo. Lo busqué desesperadamente, de alguna manera era mi única esperanza, por lo menos para empezar. Su nombre apareció en una revista. Las fotos eran terribles.
- ¿A partir de ahí pudiste conectarte con él?
- Ojalá hubiera sido tan fácil. Lo busqué en la guía y su teléfono no apareció. Llamé a la revista y me dijeron que no tenían manera de contactarlo porque era un fotógrafo “freelance” y ellos no tenían el número – todavía sigo pensando que mintieron, que mienten –.
- ¿O sea que seguiste adelante vos sola?
- Sí, pero tampoco podía hacer mucho. Más bien me dediqué a cuidar a mi hija – nuestra hija – a rezar por Diego, y a creer en milagros. Buscar fotos en revistas, encontrar la muerte en alguna parte.
Miserable aquel que no crea en milagros (y no hablamos aquí de misticismo religioso). Es cierto que no se dan a menudo, ni siquiera esporádicamente, pero allí están, esperando. Ahí estaba ella. Mientras, leía los diarios, desayunaba noticias de muerte, de hambre, de balas, de presidentes en helicópteros, de saqueos que eran y que habían sido (¿todo eso en el mismo año, en la misma semana?¿cuál es el secreto del tiempo?), y en Navidad no hay diario y la edición especial “el horror” o algo así y después pasó todo – ahí estaba el secreto del tiempo – . Pronto cambió el mundo. Porque año nuevo vida nueva; Estados Unidos en el ojo de la tormenta, por algo o por nada, y todo un año, el terrorismo, Saddam, Bush. Diego. Diego y el grito en el cielo, las lágrimas irrefrenables.
- ¿Y cómo fue?
- De la nada. Un día sonó el teléfono, preguntaron por mí. Tengo cosas que te pueden interesar, pero no te las voy a mostrar por respeto. Y yo no podía creer que me lo decía en serio (porque lo decía en serio).
- Entonces se vieron.
- Vino a mi casa, no quiso darme su dirección. Me mostró las fotos; las miré detenidamente, obviamente ahí estaba Diego. Pude divisar a los posibles responsables y recordé sus caras.
- Todo se encaminaba.
- En realidad, no. Después él se fue. No lo volví a ver por casi un año. Tuve que ir a buscarlo, lo ubiqué en una muestra fotográfica. Lo esperé y le pedí que colaborara, que era el único que tenía algo que podía ayudarme.
- Y te ayudó, evidentemente.
- Yo pensaba que era difícil encontrar gente valiosa en este país. Pero tenía al milagro frente a mí.
Otro aspecto que debe tenerse en cuenta es que el demonio de la perversidad no fue descrito en vano hace tiempo por uno de los más grandes escritores que haya tenido la historia de la literatura (quizás él también hace dos años o hace diecisiete habría sido ajusticiado por borracho, drogadicto o brillante). A los indefensos, propósitos generales; a los heridos, risas socarronas y que no pase la ambulancia; los muertos, que se jodan. Y a los demás, apuntar a las piernas o a los brazos y si se nos va un poquito la mano no importa, nadie va a tener pruebas.
- En el juicio, y esto está registrado taquigráficamente, dijo que había disparado, como lo establece el reglamento, a 45º, es decir apuntando al suelo.
- Mentira. Yo tengo las fotos. Yo estaba ahí, registrando cada momento. (Confieso que estuve a punto de irme, porque era consciente de que lo que tendría al revelar los rollos serían las pruebas de una masacre. Pero me quedé. Y ahora puse las imágenes a disposición de la justicia. Ahí se van a dar cuenta que tiraban a 90º: al cuerpo).
- ¿Y tu vida?¿Vivís igual que antes?
Debajo de la campera hay un chaleco antibalas. Sí, un hombre común, como cualquiera de nosotros, que vive con un chaleco antibalas y un guardia de seguridad las veinticuatro horas en la puerta de su casa (vigilancia dividida en tres turnos de ocho horas cada uno). Suena extraño: alguien que viste igual que los otros, que los que mataron, vela por la seguridad de un testigo clave.
- Me dijeron que me cuide. Que me deje de joder. Yo tuve que tomar una decisión difícil. Vivir con miedo no es fácil. Pero también sabía que no podía permitir que una madre (viuda tan joven) no toleraría vivir con el resentimiento y la bronca acumulados. Es peor vivir con bronca que con miedo. El miedo se combate; la bronca... La furia es intolerable, atormenta. Ella no tenía miedo de que la buscaran. Ella dijo “no voy a parar hasta encontrar al hijo de puta que mató a mi esposo”. Quizás nunca lo encuentre, tal vez muera sin saberlo. Cuarenta, cincuenta años, herida de bala por un recuerdo.
- ¿Y cómo fue decidir llevar las fotos a la justicia?
- Como ya conté, yo conocí a la hija de Marina. Es hermosa. Cómo mirarla después de negarme a aportar pruebas para la causa. En el fondo uno piensa que para algo vino al mundo.
Poco queda por decir. La investigación sigue en proceso, la causa está abierta, el tiempo corre. Sería interesante que Picasso pudiera pintar dos cuadros más: uno, que muestre la cara del responsable en pleno juicio oral (luego de ver las pruebas determinantes presentadas por el fotógrafo héroe) y su posterior descomposición, que lo obligó a retirarse sin declarar (todo en el mismo cuadro, dividido en dos mitades); otro, que retrate al díscolo tirado en el piso, recibiendo ayuda de otros díscolos, las motos sobre Avenida de Mayo, los rifles. Y en el pavimento los cartuchos rojos, de propósitos generales. En las caras de los asesinos, sonrisas de placer; en los muertos, el espanto. Sangre y gritos (que se hacen sonoros cuando el cuadro es mostrado, como las caras mutiladas del Guernica). La ambulancia negándose a pasar y el perdigón, incrustado con asombrosa puntería en el pecho de Diego, atravesado en la remera negra, que ese día no estaba en la pila de ropa para planchar.
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