El tiempo y la imposición de la elección

Cómo trabaja el dispositivo temporal? Cómo sucede que podamos decir que ya no hay tiempo o que el tiempo se agota o que no tenemos tiempo para hacer algo? Evidentemente, Mumford no estaba equivocado cuando hablaba del reloj como la auténtica máquina moderna. Es inevitable estar regidos por esa convención tan penetrante como es el “tiempo”. Creo que el funcionamiento más peligroso se pone en marcha cuando se nos impone la obligación de elegir como algo de lo cual no podemos escapar. El tiempo, como si fuera verdaderamente un bien escaso (y de hecho, estamos acostumbramos a pensar que lo es), se nos aparece como una complicación insoluble en nuestras vidas.

El problema que quiero plantear es el del tiempo como rector de todas nuestras acciones. La escasez de tiempo por alienación, por cansancio, por exceso de horas de trabajo, es el punto de partida para vernos obligados a elegir entre hacer una cosa o hacer otra. El llamado “tiempo libre” nos establece jerarquizaciones, prioridades, caminos por los cuales optar por sobre otros. Entonces, sobrevienen las disyuntivas: ¿leer o escribir? ¿descansar o hacer otra actividad? El cuerpo humano, fisiológicamente acostumbrado a trabajar ocho horas, viajar dos y dormir seis (o menos), queda con ocho horas disponibles para realizar “otras actividades”. El día, indiscutiblemente dividido en 24 horas, impone la obligación de elegir entre comer rápido o relajadamente; entre tomar un café o no hacerlo; entre ver un programa de televisión o dedicarse a otra actividad.

El tiempo, sin que nos demos cuenta por haberlo asumido como algo ya dado e indiscutible, al imponernos la elección nos impone también un pensamiento netamente capitalista: ¿qué es lo que debemos hacer, cuál de las opciones debemos tomar? Por lo general, nuestra respuesta es: la que sea más productiva.

Por suerte, hay ámbitos donde este papel avasallante del tiempo puede ocultarse. El arte, como fue propuesto en uno de los textos, es uno de ellos. Allí, el artista parece despojarse de toda limitación impuesta y en algún punto es soberano. Puede actuar con libertad, sin pensar en las horas. De todos modos, hay que matizar tal idea. El tiempo ha avanzado lo suficiente como para regular también la vida de quienes hacen arte (de hecho, algunos escritores prefieren un trabajo diario en el cual dediquen X horas de cada día a escribir, a ponerse delante del papel y escribir.

Por ello, como bien aclaraba Sebastián, no podemos pedirle al arte que nos redima de algo de lo cual es muy difícil escapar.

El tiempo es un tema largo y recurrente y de ninguna manera puede resolverse en unas pocas líneas o en poco “tiempo” de reflexión. En definitiva, la imposición siempre vuelve, e incluso nos obliga a pensar que siempre, lo que escribamos, o lo que pensemos, será insuficiente, porque no hemos reflexionado todo lo necesario.