El tiempo, el río, la trinitaria y el matapalo: signos de la emancipación política en El Forastero de Rómulo Gallegos

Por: Ricardo Sayalero García

“Si no me preguntan qué es el tiempo, sé lo que es.

Si me lo preguntan, no sé lo que es.”

San Agustín

El Forastero fue escrita por Rómulo Gallegos en 1921 y no fue publicada sino hasta 1942 con amplias modificaciones de su autor. Se ha tomado para el análisis literario la versión de 1942, una versión más equilibrada y estilísticamente mejor elaborada que la primera. Ha llamado intensamente la atención, la forma cómo Gallegos vincula la significación del río, el tiempo-reloj, la trinitaria y el matapalo, con las maniobras de supervivencia de los caudillos seudodictadores: Hermenegildo Guaviare y Parmenión Manuel. Incluso parecieran que estos personajes han sido arrancados de la realidad venezolana guardando gran similitud con los Generales Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez. Recuérdese que Gómez suplanta a Castro luego que éste se quedara en Europa producto de una enfermedad, lo mismo hace Parmenión al percatarse de la indolencia de Guaviare y al presentir que le había llegado el tiempo de destronar al Jefe. El pensamiento político de Parmenión es recreado por Gallegos, probablemente, sobre discurso de toma de posesión de Gómez en 1908. Las palabras pronunciadas en tal discurso son el reflejo fiel del plan político trazado por Parmenión Manuel, quien en diferentes pasajes de la novela le aconseja al General Guaviare que todo el mal puede hacerse desde la ley, sin correr riesgos de que nos llamen asesinos o tiranos o perdamos la credibilidad del pueblo.

¡Compatriotas!

Ya sabéis que vine a desempeñar el Poder Ejecutivo Nacional, en virtud del título legal que invisto, sin ser empujado por ninguna ambición personal. La ley me llamó al puesto, y desde el primer momento me di a conciliar las aspiraciones populares con mis deberes públicos, procurando establecer un régimen de garantías en consonancia con nuestras instituciones. He querido y quiero para cada venezolano la efectividad de sus derechos, sin ser ésta aspiración concesión o merced sino únicamente la imposición de la ley. (www.analítica.com/biblioteca/ccastro/default.ask)

Volviendo al tema del tiempo, es necesario afirmar que el tiempo supone sucesión. El tiempo lleva consigo los modos del suceder. La sucesión de lo finito – porque Dios es atemporal, infinito- es ratificable a través de la percepción. El tiempo, la sucesión y la dictadura son como los ríos que van a dar a la mar que es el morir, diría Rojas. Guaviare y Parmenión reconocen internamente que el tiempo es un cadalso en donde precisamente no crecen flores. Y es en ese cadalso en el que algún día todo dictador va a morir: el cadalso donde finalmente podrá expiar sus pecados, si es que su conciencia los deja. Guaviare reconoce la importancia de la sucesión del tiempo en cuanto es su destrucción. Logra romper tal sucesión desviando el río para que los habitantes del pueblo no vieran correr sus aguas, al mismo tiempo que detiene el reloj de la plaza con un balazo de hombre valentón, decretando el nacimiento de su propio tiempo para el asesinato, la desinformación y la opresión. Al despojar al pueblo de su río, Guaviare, lanza al olvido a sus habitantes, negándoles el comercio fluvial y toda noticia del mundo exterior que llegaban por esa vía. Con la llegada del Forastero y sus ideales comunistas, algunos pobladores comienzan a conspirar contra el régimen: Anterito Valdez, Arístides Velarde, Marcos Rojas –el hombre del mundo que trabaja para el tiempo-, Ramón Romero, Martín Campos, Anibal Pereira, Elio Monegas y Filomena Rompecabezas, estos cuatro últimos, estudiantes revolucionarios, inspirados en las ideas y libros que dejara el Forastero ruso. La década del 20, significa para Venezuela un cambio de perspectiva: se hacen frecuentes los contactos con otros estudiantes universitarios, nuevas fuentes de lectura; los realistas rusos: Andreiev, Gogol, en especial el libro común de aquellos estudiantes: Saschka Yegulev. La incorporación de todos estos personajes para la recreación del Forastero, convierten al texto más en una novela cargada de matices políticos que de referentes históricos.

Es el Forastero – el personaje – quien le da la sucesión al tiempo que parecía haberse detenido en aquel pueblo. En conspiración con Anterito, reparan el reloj de la torre, gestando el inicio de la revolución contra el General Guaviare. Más tarde, la presencia del Forastero origina intriga entre los hombres del hato Sabana del Muerto, fieles a Hermenegildo. Es el Forastero el que genera que Parmenión, tal cual una trinitaria, se vaya imponiendo sobre el matapalo-laurel: Hermenegildo Guaviare. El ruso abandona el pueblo dejando entre sus habitantes un plan de liberación que consistía en retornar el río a su cauce original – idea concretada por Roger- , en segundo término, lograr que Parmenión Manuel destronase a Guaviare para luego manifestar públicamente y si era necesario sacar las armas. Mientras todas estas acciones se desencadenaban el reloj de la plaza latía en los corazones inquietos de los pobladores. Parmenión se apoderaba de la confianza de cada uno de los habitantes, pero su política seguía ahogando los ideales libertarios de la generación de relevo, quienes no tardaron en revelarse contra el régimen, haciéndose encarcelar por un tiempo. El final de la obra es condenante: ambos dictadores se enfrentan a duelo; Guaviare cae muerto y Parmenión Manuel queda herido de muerte. Le es asignado un suplente, quien a pesar de no conducir tan mal el gobierno, no era visto con tanto agrado sólo por la corrosiva idea de que al punto de mejorarse Parmenión todo volvería a ser igual. La condición moribunda del caudillo retorna al tiempo a su estado de no-sucesión. Todo queda inmóvil. La rueda una vez más vuelve a detenerse en la angustias de Venezuela. Vuelve el alma contemplativa al espectáculo de su dolor y su mal: vastas regiones desiertas, viejos pueblos trsites.