Cuando observamos a los seres humanos, descubrimos que las diferencias individuales entre ellos hacen que algunas vidas sigan desarrollándose mientras que otras quedan detenidas en el tiempo.

Las preguntas del porqué esto ocurre, nos lleva a la reflexión sobre el tiempo en sus distintas dimensiones y nos hace descubrir que las épocas sociales y los contextos geográficos donde una vida se desarrolla inciden de manera crucial en ellas.

El tiempo puede ser abordado como el tiempo calendario, o tiempo cronológico. Este es un tiempo absolutamente objetivo. Sin embargo más allá de él se encuentra el tiempo biológico, el tiempo del cuerpo. Si bien ambos guardan relación, el tiempo biológico depende de otros factores.

Las posibilidades de vida promedio de un grupo humano dependen del desarrollo social y económico de las regiones. Las condiciones de crecimiento y de envejecimiento parecen biológicas, sin embargo están altamente condicionadas por factores sociales.

Cada historia personal transcurre en un contexto social, ligada a modos de vida social, riesgos y exigencias ambientales, modos de producción y distribución de la riqueza y por lo tanto condicionan la calidad de vida, el cuidado y promoción de la salud, los problemas de salud y hasta la muerte misma.

Además del tiempo cronológico y del tiempo biológico, hay otro tiempo. Este es un tiempo muy variable vinculado al registro subjetivo del paso del tiempo. Es el llamado tiempo psicológico, que percibimos en relación con nuestra edad.

Cuando somos chicos queremos ser más grandes. Cuando somos adultos nos sentimos de menor edad de la que tenemos o queremos ser menores y hasta ocultamos nuestra verdadera edad cronológica. En estas situaciones como en las tristezas, en las depresiones, en los momentos sociales o históricos de grandes crisis económicas o de catástrofes sociales, podemos sentirnos más viejos y hacer patente una vez más el tiempo psicológico.

Por último, existe también el tiempo sociohistórico. Este tiempo lo podemos conceptualizar dentro de la propia época o sólo podemos conocerlo después. Es lo que llamamos tiempo de paz, tiempo de dictadura, tiempo de democracia, tiempo de trabajo o tiempo de desocupación.

En el ciclo vital de una persona se articulan todos estos tiempos ya que el ciclo vital está entramado en el contexto. Somos personas porque somos seres sociales y no podemos separarnos de lo social si queremos mantener nuestra condición de personas.

Por eso es importante mantener la salud social a través del trabajo con las instituciones en las cuales vivimos y formamos.

Cada etapa de este ciclo vital marca para la persona un tiempo de cambio

Es decir, la vivencia de momentos de cambio. En esos tiempos de cambio la vivencia subjetiva es de temor, mezclada con alegría. El ingreso a un nuevo momento de vida, que puede ser más i menos difícil que el anterior, marca las llamadas crisis vitales.

El ingreso al jardín de infantes, a la adolescencia, a la vida profesional, al momento de jubilación, la muerte de los padres, son crisis vitales por las que todos transitamos y también reciben el impacto del contexto social.

Cada una de ellas provoca una vivencia de disfunción, angustia, dolor, sufrimiento, pero son también momentos de poner en movimiento las reservas de cada uno; por eso, superada la crisis se refuerza la idea de mismidad, sin omitir que el contexto social puede también dificultar su elaboración y hasta impedirla; basta nombrar la desocupación, los bajos sueldos, las magras jubilaciones, la falta de continencia social de los grupos de población migrante, de la pobreza extrema, etc.

La crisis es un tiempo transformación cuando el contexto social funciona adecuadamente. Este tiempo de transformación será sano si tenemos la capacidad de adecuarnos a los cambios y desafíos que exige el vivir.

Seremos sanos mentalmente si sabemos articular cada uno de estos tiempos y llevarlos al contexto social del cual participamos para alcanzar la salud social.

Que importante es el tiempo que gran parte del desarrollo corporal y cerebral del ser humano tiene lugar en los primeros cinco años de vida. Si se pierde ese tiempo esos niños no tienen una segunda oportunidad.