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Kevin pasa de soportar el inclemente calor en uno de los hoteles más prestigios del Caribe colombiano, al ardor sofocante de los cuadriláteros de boxeo en los cuales sueña con sobrevivir en medio de la gloria. Todo es posible para él.
No sólo se sobrevive en la calle, también en el día a día de un joven boxeador como Kevin Ospina -oriundo de ´La Heroica´, Cartagena de Indias-, quien sueña con sacar adelante a su familia a punta de contiendas boxísticas. Él forma parte de un gran número de adolescentes y jóvenes que le hacen el quite a la vida de pandillero, tirando golpes todo el día contra inquietos contrincantes de carne y hueso que se turnan para entrenar en gastados cuadriláteros antes de triunfar.
Yo los visité en un coliseo todo empantanado, que dejaba colar la lluvia por entre ventanales rotos que dejan filtrar singulares goteras, debido al fuerte invierno que por estos días ataca con furia por toda Colombia. Casi todos sudorosos, de las categorías Júnior (15 a 16 años) y Juvenil (17 a 18 años) de la Liga de Boxeo de Bolívar.
Varios de ellos permanecen poco más o menos "internos" en ese escenario, pues así pueden ahorrarse el molesto viaje o el costoso precio del transporte desde sus casas hasta allí. Pero a pesar de la clausura ellos están contentos, pues ahí sí cuentan con un mejor lugar para entrenar, ya que para muchos era común tener que hacerlo en solares llenos de charcos, fango y con malos olores.
Pero me entretuve con Kevin, quien me narró muy bien cómo sucedió lo de su dedicación al boxeo. Explicó que tenía 7 años cuando por propia iniciativa ya estaba en las calles de su barrio de infancia, el Luis Amador, -ubicado en las faldas del Cerro de La Popa-, “sintiendo la noche mientras me daba “trompazos” con mis amiguitos”, para comprobar quién sería el mejor boxeador.
“Gracias a Dios me ha ido bien en esto”, afirma sonriente Kevin, observando que a pesar de haber perdido más de una pelea, nunca ha abandonado la tenacidad con la cual les ha demostrado a sus viejos conocidos, que lo que vislumbraban en él desde “pelado”, sería el aliciente que lo ayuda a fortalecer cada vez más los potentes golpes, diseñar la estratégica defensa y lograr un cada vez más ágil desplazamiento como el que debe mantener un buen boxeador en el ring.
Y todo esto lo sabía también Wilmer Galindo –un exboxeador, por mucho tiempo uno de sus ídolos-, a quien Kevin espera haber alegrado con su triunfo como “Campeón Nacional Júnior de Boxeo”, hace un par de años en el municipio de Arjona, Bolívar. Wilmer le dijo alguna tarde: “Kevin, nunca dejes de pelear”, y desde ese instante a nuestro púgil no ha dejado de retumbarle en sus oídos eso que escuchó de Wilmer, que le martilla con un eco tan enérgico como su deseo de no abandonar el camino del triunfo en el boxeo.
Los temores de su madre
Este camino ha traído a la vida de Kevin algunos sinsabores, como el incidente con su madre cuando tuvo que confesarle su inasistencia a los “supuestos entrenamientos de béisbol”, a los que ella lo enviaba con tanto esfuerzo. En cambio él andaba en los gimnasios de boxeo, tratando de encontrarse cara a cara, golpe a golpe, con su más ferviente pasión.
Fogosidad que ha despertado temores en su progenitora (madre de sus tres hermanos) y ajena a sus presentaciones boxísticas, presa del desasosiego que le produce imaginar a su hijo alguna vez víctima de un abusivo golpe. Y precisamente, algo así le sucedió ya en un cuadrilátero de Barranquilla, donde Kevin recibió el bestial impacto que lo dejó sin aire, y que talvez nunca olvidará. Kevin repara que ante la inminencia del golpe, él protegió mucho más su estómago e intentó disimular su debilidad frente a su oponente.
Pero esa no ha sido su peor pelea, lo fue aquella exhibida hace apenas un año durante el “Campeonato Nacional Juvenil de Boxeo”. Allí lo sujetaron para impedir su defensa, y esto según Kevin, desespera a cualquier boxeador, incluso, puede desestabilizarlo tanto como el aguantar hambre o recibir repetitivos golpes en la cabeza y en la quijada. Los primeros, pueden ocasionar una severa contusión cerebral, y los de la quijada, según Kevin, producen un afanoso temblor que empieza a descontrolar desde las rodillas, todo el equilibrio del cuerpo.
Y no faltan los boxeadores furibundos que acuden a clavar sus codos en la cabeza y cara de sus oponentes, para bloquearlos y facilitar así sus malintencionados golpes. Pero Kevin ha aprendido a relajarse ante el ataque de dichos personajes, a los cuales, a punta de psicología y de “puñetazos correctamente aplicados” ha vencido en casi 120 combates durante sus 18 años de boxeo. Y es que no sólo se pega con los puños, coordinando todo el cuerpo para que éste acumule gran parte de la fuerza en el borde de los nudillos, también se golpea con el brazo.
Poca comida
Kevin confiesa que su profesión es “un deporte muy duro”. “Imagíneselo usted a uno desde las cuatro de la madrugada saltando, haciendo flexiones, cuclillas y luego correr por más de una hora. Es la única manera de ir preparando el cuerpo para aguantar los cuatro asaltos de la pelea, más las barras del oponente, ocupadas muchas veces en gritar qué es lo que, según ellos, uno debe hacer. Y es que ellos no saben el cansancio que produce estar allí, parado, dando tanta trompada, sobre todo a esos boxeadores que resultan pegando o moviéndose más rápido que uno; o a esos que se defienden bastante bien de los ganchos y golpes cruzados que uno les manda... ¡Ah!, también se sufre bastante por la escasa comida, pues a uno como boxeador, cualquier cosita lo sube del peso ideal. Y ni hablar del desánimo que se siente en el ring cuando uno está lleno de problemas personales”.
Golpes emocionales
Los golpes emocionales también noquean a los boxeadores, sobre todo a aquellos que deben responder por sus familias; y este, también es el caso de Kevin. Él vive angustiado por el complicado estado de salud de su mamá, quien a sus 47 años comparte con él una humilde casita de madera, pues no hay cómo vivir en mejores condiciones, por ahora. Además, su padre ya no trabaja más, debido a las molestias de su avanzada edad, 90 años, y sus tres hermanos se marcharon dejando prácticamente en sus manos toda la carga económica del hogar.
Esto apremió a Kevin a emplearse como albañil, hasta ingresar a uno de los hoteles más prestigiosos de Cartagena donde trabaja como barrendero. El problema es que del hotel sólo lo llaman para las temporadas altas, mientras el resto del tiempo nuestro campeón debe dedicarse al “rebusque” para cumplir además con la nueva responsabilidad que le espera: ¡ser padre! sí, porque su novia está embarazada.
Esta es una de las situaciones que sirven de argumento a los entrenadores del boxeo, cuando subrayan la importancia de ordenar primero la vida personal antes de subirse a un ring, pues en este: “No caben ni las zozobras, ni mucho menos la desconcentración”. Sin embargo, Kevin sostiene que seguirá en ese deporte por encima de las dificultades económicas.
Kevin dirige también voces de aliento para los niños y adolescentes que deciden hacerse boxeadores, en especial para los de Cartagena de Indias y de Arjona, lugares desde los cuales él ve salir diariamente ágiles competidores, inquietos por aprender rápido la humilde profesión, como Javier, uno de sus amigos de infancia y actual colega. El mismo que reconoce que “Kevin es muy bueno y debe seguir en este deporte. Todos le vemos mucho futuro en el Boxeo”.
Por eso Kevin reitera: “Mi intención es seguir soñando con el boxeo y ganar, ¿por qué no?, campeonatos panamericanos y mundiales, en los cuales pueda demostrar que puedo cumplir con las expectativas de la Categoría de Mayores, a la cual entraré en un año, cuando cumpla los 19”. A punta de trompadas y de tumbadas en el ring, él reconoce, es como ha aprendido todo sobre el Boxeo y sobre la Vida”.
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