Estos últimos días han tenido como protagonista a un jugador argentino que en el pasado se ha destacado más por sus gambetas y sus goles y en el presente se destaca más por los conflictos, los problemas, y su recurrente decaimiento en una de las enfermedades de este siglo: el alcoholismo. Hablamos, claro está, del "Burrito" Ariel Arnaldo Ortega, ídolo riverplatense, ícono del equipo que más campeonatos locales ha ganado en la historia del fútbol profesional en ARgentina. La notoriedad que ha adquirido el caso de ORtega se debe a un último episodio, en el que, aparentemente en reacción a la noticia de saberse fuera del equipo por decisión del técnico Diego Pablo Simeone, decidió abandonar la práctica y anunciar que se iría de River, siempre y cuando SImeone se mantuviera en su cargo. De esta manera, quedaba planteada la dicotomía ORtega-SImeone. O él o yo.

¿En condiciones normales, habría reaccionado así uno de los mejores jugadores de fútbol argentino de la década de 1990? ¿Ha tenido episodios similares en otras épocas en su club?

La memoria nos lleva en realidad a su experiencia en el extranjero, cuando decidió abandonar el Fenerbhace turco para recalar en River, dejando atrás un tendal de dinero en compensación para el club turco, y unos fieros dirigentes que aún lo deben tener entre ceja y ceja. También en Valencia, de España, sufrió los conflictos de un plantel que no se llevaba bien con ORtega, y en el que Ortega tampoco se llevaba bien con su entrenador. Pero nunca en River, su amado club. Y esto se debe a que, lamentablemente, se ha acrecentado un hábito que hoy pone en riesgo su carrera como futbolista: el alcoholismo.

¿Es Ortega una excepción, o es un caso más dentro de un mapa en el cual el entorno siempre puede tentar al jugador a incurrir en adicciones, como le pasó a Maradona, como les pasó a tantos que en algún momento de sus carreras tuvieron casos de dóping positivos (Canniggia, Giuntini, Cordone, entre tantos otros)? ¿Es culpa del alcoholismo el que ORtega haya reaccionado así?

Evidentemente, la falta de predisposición del jugador a rehabilitarse con seriedad -convengamos que no ha hecho mucho por curarse, lo ha intentado, supuestamente había vencido a su vicio, pero a ciencia cierta nada ha logrado-, ha llevado a que al tentación de recurrir a la bebida ante situaciones de presión estuviera siempre latente. En lugar de llegar a la droga, ORtega optó por el alcohol. ¿Es casualidad que deporte y adicciones estén tan vinculados? Claramente, hay algo que, en este juego de equipo como es el fútbol, predispone, orienta a los protagonistas a inclinarse por hábitos bien lejanos de lo que un deportista necesita. ¿Por qué pasa esto? Tal vez las respuestas podamos encontrarlas en las constantes presiones que vive el fútbol, que son cada vez más -presiones por no descender, por salir campeones, por ganar una copa, por clasificar, por ganarle al eterno rival-; inclusive en algunos equipos ha ocurrido que los hinchas amenazaron de muerte a los propios jugadores de sus clubes. A todo esto, debemos sumar el factor dinero: cada vez más, los jugadores están presionados, obligados a jugar bien al fútbol para de esa manera poder disponer de mayores beneficios económicos. El estrés y la tensión pueden ser otras dos causales para orientarse hacia las adicciones del tipo de la droga o el alcohol.

Por supuesto, en última instancia siempre todo depende del protagonista, del jugador que decide orientarse hacia el vicio o que elige no hacerlo. Las malas compañías, muchas veces, terminan siendo malas consejeras, y en todo caso, siempre será cuestión del jugador poder darse cuenta de quién influye en forma negativa en su persona. Lo que finalmente es imposible de soslayar es la estrecha relación entre fútbol y adicciones, en un mundo que, cada vez más gobernado por lo económico y la avidez de éxito, paradójicamente también orienta hacia la elección de estimulantes, para poder sobrellevar satisfactoriamente todas esas presiones.

Revisando la historia de Ortega, podríamos preguntarnos: ¿qué momentos de su carrera tuvo como para saberse triunfador? Y sin duda encontramos varios: campeón en 1993 con Daniel Passarella, luego en 1994 con Américo Gallego, luego disputó dos mundiales, el 1994 y el 1998, defendiendo la camiseta de la selección Argentina, y también el 2002 en el que formó parte de ese triste seleccionado que quedó en la historia por haber sido eliminado en primera fase de un mundial por primera vez. Luego jugó en Italia, hizo algunos goles para la Sampdoria, llegó a quererlo la Juventus, fue transferido a Valencia, también a Turquía. Allí empezó su constante indisciplina. En un país en el que no se sentía cómodo, en el que desconocía el lenguaje, fue permanentemente incumplidor, no acudió a muchos entrenamientos y terminó volviéndose, escapando de Turquía, intentando volver a su primer amor, al club que le había dado tantas alegrías y que le abría las puertas.

De vuelta en River, fue protagonista otra vez, ya no con muchos títulos -ganó sólo uno-, pero sí con la cuestión de su adicción a la bebida. mientras jugaba, los medios comenzaron a publicar noticias en las cuales se informaba sobre su maltrato a su esposa, problemas todos ajenos al fútbol, pero que tenían relación con la persona de Ortega. De allí en adelante, todo fue barranca abajo, salvo algunos momentos de epifanía en los cuales el técnico le dio confianza y él rindió como se esperaba. Pero nunca volvió a ser el de antes, aquella alegre persona, sonriente, gambeteadora de males y triunfadora. De allí en más, barranca abajo, fue presa de la bebida, un mal que aun no ha logrado superar y que ha sido el obstáculo para desarrollar una carrera excepcional, en los últimos años como protagonista del fútbol.

Esa es la semblanza de un genio loco, de un artista con la pelota en los pies, pero un díscolo sin ella; un enamorado del fútbol, de los picados, pero también de los maltratos, de la indisciplina, de las fiestas y de las salidas nocturnas. Como en Doctor Jekyll y Mr. Hyde, Ariel Arnaldo Ortega parece albergar en sí mismo dos personalidades: una, cuando está en contacto con la pelota; otra, cuando vuelve a su casa, y se sume en el peor de los vicios.