La increíble desaparición de Ireneo Campos

Después de un año de esfuerzo desmedido, el equipo dirigido por Don Ángel Brown (siempre díganme Don, me hace sentir importante), logró llegar a la tan anhelada final del campeonato regional de fútbol, clasificatorio al torneo Argentino B, plataforma obligada para llegar al Nacional y luego a Primera. La emoción que colmaba cada uno de los rincones de Cadret permitía hacer creer a todos que el Club Atlético Vencedores de Cadret podía dar el gran salto a los torneos de alcance nacional. Más aún, sabiendo que el empate bastaría para lograr el título y en consecuencia el ascenso. El fútbol limentaba las ilusiones de un pueblo que cotidianamente no era mucho más que el silencio y unas precarias condiciones de vida.

Don Ángel Brown, “El titiritero”, con más de setenta años en el fútbol, estaba llevando al club al máximo éxito de su historia. Quince años atrás había llegado para salvarlo del descenso y ahora esperaba el domingo como un niño, seguro de que el campeonato no era para nada imposible de lograr, como muchos habían dicho antes de comenzar el torneo. El equipo estaba conformado en su mayoría por jugadores del club, con excepción de su estrella y figura excluyente, “el bombardero” Ireneo Julio César Campos, un goleador de raza de los que ya quedan pocos. Con cuarenta y seis goles en idéntica cantidad de partidos era la sensación de la liga regional de la provincia de Buenos Aires. Y si bien en los primeros partidos se había mostrado errático y la gente lo detestaba, desde la séptima fecha hasta el final alcanzó un récord aún no igualado: hizo goles en todos los encuentros, logrando un promedio de más de un gol por partido. Lo había descubierto el mismo Brown, en la plaza, frente a la parroquia de Cadret. Ireneo disputaba un “picado” en el que nadie podía sacarle la pelota. La perfecta combinación de velocidad, destreza física y técnica sorprendió tanto al entrenador que no dudó en llevarlo al equipo de fútbol. El resto de los jugadores era de mediocres para abajo. Sobre todo el arquero, “Manzanita” Gambardo, un errático guardameta que nunca retenía los tiros de los contrarios, pero que gracias al exitismo futbolero se había convertido en ídolo en el partido de la última fecha, en el que había atajado dos penales ante Los Tordos. A los demás nadie los recordará nunca: son esos jugadores intrascendentes que transitan el fútbol sin pena ni gloria, sin dejar huellas.

La semana previa a la gran final estuvo cargada de nervios, impaciencia y trabajo muy exigente. Entrenamientos a doble turno, práctica intensa de tiros desde el punto del penal (había que estar preparado para todo), ejecución de tiros libres y un sinnúmero de jugadas preparadas. Todo el pueblo clamaba por Ireneo Campos y su racha goleadora, por Don Ángel Brown y “La Máquina”, invicta las últimas quince fechas. Se vendieron pósters del equipo, revistas que analizaban la campaña y los porqués del éxito. Un día antes del partido no quedaban más entradas y el domingo mismo de la gran final el humilde estadio del Atlético Vencedores de Cadret estaba completo: tres mil personas alentaban al equipo local y unas cien al visitante, el Social y Deportivo Unidos, de Azul. Dirigiría Valentín Perticarari, un árbitro confiable, y el otro finalista no contaría con su líder, el rústico pero aguerrido “Cuchilla” Nazarri.

A la entrada a la cancha Ireneo Campos encabezó a su equipo, seguido de una lluvia de papeles y bengalas nunca antes vista en un partido regional. Deportivo Unidos, bajo un griterío infernal, también se aprestaba a acomodarse en el terreno. Las caras de los jugadores dejaban ver que nunca habían jugado ante tanto público en contra. Luego del pitazo inicial, el balón comenzó a rodar. La suerte estaba echada.

El dominio inicial y casi abrumador de Vencedores de Cadret daba margen para la ilusión. En veinte minutos Campos había errado tres goles de los denominados “hechos”. Los murmullos bajaban desde la tribuna, que se mantenía fiel al exitismo del fútbol. Ireneo pensaba una cosa pero hacía otra; miraba el arco, buscaba un ángulo y tiraba la pelota a cualquier parte; ideaba una gambeta, pero su cuerpo no le respondía. El cansancio caló hondo en sus compañeros y en los últimos quince minutos el equipo visitante se adueño del trámite del encuentro, neutralizando a un falto de confianza Campos, aunque sin crear demasiado peligro en el arco rival. El final del primer tiempo fue más un alivio que una decepción para Vencedores de Cadret, y permitió que Don Ángel Brown retara a sus dirigidos y profiriera insultos a todos, pretendiendo reavivarlos, a pesar de que el resultado aún era favorable.

El segundo tiempo empezó con sorpresa: en la primera jugada, el conductor de Unidos, un tal Velázquez, gambeteó a tres rivales y clavó un zurdazo inatajable en el ángulo izquierdo de Gambardo. Contrariamente a lo que todos suponían, Vencedores de Cadret no reaccionó, Ireneo Campos no tuvo ocasiones de gol y Gambardo volvió a ser héroe: evitó una goleada catastrófica salvando al menos cinco llegadas claras de gol. El equipo no jugaba para nada bien al fútbol. Campos, errático, comenzaba a ser odiado otra vez.

Don Ángel Brown, entre pensativo y resignado, musitaba insultos cerca del banco de los suplentes. No podía explicarse semejante fracaso, ni que quedaran solamente tres minutos para el final del partido. Acudieron a su mente recuerdos de otros años, esfuerzos de otro tiempo. El casi descenso en su temporada de arribo al club; los insultos de la gente cada vez más amplificados; la pelota en el palo y una nueva atajada de Gambardo; la creación de la escuelita de fútbol de Cadret; el descubrimiento del gran Ireneo. Fue pensar en todo eso y en tantas otras cosas, trasladarse a otra dimensión, todo en tres minutos, en tres ínfimos e interminables minutos. Y también tomar conciencia de que el Bombardero acomodaba la pelota y se preparaba para patear un penal, originado a partir de una gran jugada del marcador de punta de los de Cadret, que Don Ángel no pudo apreciar, por estar en otro lado. La esperanza renacía, puesta en un solo hombre. Campos apuntando abajo, a la izquierda, la cara interna del pie derecho impactando el balón y don Ángel Brown de espaldas, sin querer mirar. Nuevamente, el cerebro pensó una cosa y el cuerpo hizo otra. El árbitro dio por finalizado el encuentro. El Club Social y Deportivo de Azul ascendía al Argentino B y el equipo de Don Ángel Brown se quedaba en las puertas de la gloria, abucheado insólitamente por la misma hinchada entusiasta que lo había recibido con tanta algarabía.

El más odiado era el goleador fallido, Ireneo Julio César Campos, que petrificado en el punto del penal no entendía cómo en toda la tarde no le había salido nada bien. Su cara, transfigurada, mostraba un cuadro perfecto de la frustración. La gente comenzaba a arrojar objetos de todo tipo al campo de juego. Los jugadores de Cadret no se movían, presos de una estupefacción que también se reflejaba en las lágrimas que llenaban los ojos de don Ángel Brown. El entrenador modelo, llorando por no haber triunfado, intentó acercarse tibiamente al gran goleador que él mismo había descubierto, para consolarlo. Al mismo tiempo, los jugadores del equipo de Azul festejaban con las pocas personas que habían viajado a alentarlos e Ireneo Campos cerraba los ojos y reflexionaba sobre su futuro. Don Ángel Brown se acercaba lentamente; el Bombardero pensaba en los goles errados, en el penal, seguramente también pensó otras cosas y de una vez por todas su cuerpo actuó en consecuencia; Don Ángel Brown, que lloraba desconsolado y aún no llegaba a tocarle la espalda lo vio, y también lo vio Manzanita Gambardo, y la gente que lo insultaba y los jugadores del equipo contrario (uno de ellos tenía intenciones de abordarlo y estrecharle la mano). De un momento a otro el estadio permaneció paralizado, en silencio absoluto. Era inevitable entender cómo, en cuestión de segundos, los pies de Ireneo Campos se hundían, cómo él abría los ojos mientras su cintura ya tocaba el césped y luego profirió un grito casi mudo hasta que la cabeza quedó sepultada bajo el pasto. Nadie podía explicarlo. Después de los festejos, los jugadores del Deportivo Unidos volvieron triunfantes, mientras Brown se devanaba los sesos pensando a quién iba a poner en lugar del goleador desaparecido. En dos semanas comenzaba la pretemporada y los dirigidos por Carlos Salas, de Blancagrande, eran un equipo temible.