Muchas veces se plantea la disyuntiva sobre si es mejor o peor la enseñanza cara a cara que la enseñanza virtual, a la distancia. Usualmente, en un claro error conceptual, se plantea esta oposición como si fuera verdaderamente una dicotomía, en la cual se deba optar por una otra opción sin tener en cuenta grises intermedios que puedan aparecer. En el caso de la educación y el aprendizaje, hay que tener en cuenta que el avance de la tecnología y las posibilidades que brinda la virtualidad, como ser cursos a distancia a través de Internet, Universidades virtuales en la que los alumnos sólo se comunican a través de una computadora, son potencialidades que pueden ser funcionales a un buen aprendizaje. Después de todo, una interacción frente a frente con un profesor humano nunca es garantía de nada, ni asegura el éxito de una lección de antemano. Por supuesto que, ante una duda o un concepto, es mucho más probable que la reflexión y la enseñanza pueda darse con una persona de carne y hueso que a través de un programa informático. ¿Pero debemos caer en esta falsa oposición? ¿No hay otra forma de resolver la cuestión?

Por supuesto que la hay, y en realidad hay varias maneras de enfocar el asunto. Por lo pronto, existen algunas modalidades que se han desarrollado como variantes a la educación a distancia, y que consisten en formaciones mixtas, es decir, que combinan clases presenciales con intervenciones a distancia, en las cuales se le indica al alumno las actividades que debe realizar y los problemas que pueden aparecerle. En muchos casos, más allá de la virtualidad, se establecen contactos de consulta en vivo, online, con el profesor o tutor. Desdeñar estas nuevas formas de educación a distancia implica desaprovechar un factor crucial que en los tiempos que corren resulta inapelablemente inevitable: el factor temporal. Con jornadas de trabajo de ocho horas, muchos vuelven a sus casas más allá de las seis de la tarde, y la asistencia a cursos, o clases de diversos temas puede resultar tedioso. No así la realización de un curso a través de la computadora, por el simple hecho de que puede hacerse desde la casa propia, sin moverse de allí.

En eso se ha apoyado la corriente de educación a distancia, que ha propuesto y desarrollado diversos programas y cursos que hoy tienen muy buena salida en el mercado, y que se encuentran diseñados por profesionales vinculados con las nuevas tecnologías, como puede ser Alejandro Piscitelli, profesor en la Universidad de Buenos Aires. él también se ha encargado de desmitificar la cuestión romántica de que todo está perdido cuando se pierde el contacto cara a cara. Es cierto que la experiencia de poder intercambiar ideas con otro es incomparable, pero también es cierto que eso puede darse en otro marco, fuera de lo que es el campo educativo, y es por ello que resulta interesante pensar en formaciones de educación a distancia, donde se diseñan cursos con temáticas muy específicas y por peíodos muy acotados de tiempo. Hoy por hoy, podríamos encontrar cursos del tema que se nos ocurra, desde Excel, Word, Powerpoint y Acces, hasta Dreamweaver y Flash, pasando por Primeros Auxilios, FActuración, Liquidación de sueldos y jornales, Hardware y software, etc.

Este tipo de cursos, que no suelen durar más de dos o tres meses, a veces cuatro, permite que el alumno sea el que organice su propio tiempo, y que si se encuentra con problemas en alguna semana pueda recuperar el tiempo perdido en los días siguientes. Esto es algo que no puede lograrse con la forma tradicional de educación, ya que la clase perdida es usualmente imposible de recuperar.

No queremos decir con todo esto que una sea mejor que la otra. Simplemente queremos dejar en claro que nos parece que a veces la discusión está mal enfocada. ¿No podría acaso, discutirse si la forma de educación tradicional no ha quedado ya vieja y debe cambiarse? ¿No sería interesante intentar desarrollar sistemas cada vez más eficaces de formación a distancia; cursos con interfaces prolijas para que los usuarios puedan tener experiencias amenas? En todo caso, creemos que lo que debe discutirse no es tanto si la educación a distancia es mejor o peor, sino que debe analizarse qué posibles recursos y potencialidades puede brindar este tipo de formación, y hasta qué nivel podemos explotarla, mejorarla, y llevarla a un nivel deseable en cuanto a técnicas de enseñanza y aprendizaje.

La proliferación de materiales digitales, el avance de la digitalización de contenidos, el perfeccionamiento de los diversos programas de diseño, deben permitir a quienes estén involucrados en la cuestión de la educación virtual perfeccionarse ellos aún más, puesto que la funcionalidad de una educación a distancia reside también en la familiaridad con la que los alumnos puedan interactuar con el programa que les permite acceder al curso que desean realizar. Si yo dispongo de una interfaz aburrida, o difícil de utilizar, seguramente me encuentre menos motivado a comenzar o finalizar un curso que si encuentro una plataforma bien diseñada, en la cual haya armonía en los colores, claridad en los botones y controles que deba usar, y facilidades también en las formas que deba proceder para guiarme bien en el curso. En un momento en el cual la imagen es lo único que prevalece, en una época en la cual el diseño y lo exterior, lo superficial es lo que predomina, no podemos dejar de pensar que una educación a distancia precisa, ante todo, un buen diseño para atrapar al alumno.

Por otro lado, debemos considerar también que las instancias de crítica y reflexión que puede aportar la interacción cara a cara entre maestro y alumno son instancias que deben defenderse y que en todo caso podrián ofrecerse como complemento de cursos realizados en forma virtual. Claro está que en ningún caso hemos establecido prioridades, sino que intentamos aprovechar lo mejor de cada modalidad, para darle también un mayor impulso, e intentar promover un nuevo tipo de formación, lejos de aquellas dicotomías maniqueas que suelen tergiversar las discusiones.