La educación rural, en Venezuela, es considerada una experiencia maravillosa por lo mucho que se aprende cuando hay que ingeniar estrategias pedagógicas en un entorno repleto de carencias asombrosas. No obstante, se aprende doblemente, porque la mente se activa ante la necesidad y, en realidad, surge la magia. Llegué a la frontera con Colombia a una aldea de dagnificados, el presidente Hugo Rafael Chávez Frías los llama dignificados, es decir, el mismo gato pero con otro color. Era el año dos mil, en plena revolución bolivariana. Se trataba de núcleo extraurbano construido especialmente para las personas que quedaron desamparadas luego de los hechos ocurridos en diciembre del año mil novecientos noventa en nueve en La Guaira, Estado Vargas. Al llegar con mi nombramiento a la Escuela Bolivariana de Guarumito, me encontré con que no existía la sección, ni los alumnos a los que les debía dictar cátedra. A media hora del pueblo más cercano y a dos horas de la capital del Estado Táchira, San Cristóbal, y sin empleo, no fue fácil determinar qué fue lo que sentí al verme en tales circunstancias. Sin embargo, respiré profundo y tomé la decisión de quedarme y de buscar la manera cómo podría instalarme en la escuela y hacer algo en beneficio de la comunidad educativa y, especialmente, por los alumnos y alumnas del plantel educativo. En aquel entonces, me acompañaba mi esposa, Sikiú Dubraska Calderón Gutiérrez, ella también es profesora, graduada como yo como Licenciada en Educación Mención Castellano y Literatura, ambos debimos sortear mil situaciones para poder surgir en medio de las adversidades. Ella corrió con mejor suerte que la mía porque le pudieron asignar un cargo como maestra de aula de segundo grado si mal no recuerdo. Pero yo, en cambio, aún no conseguía ni alumnos ni sección, entonces, me puse en pie de lucha, me organicé e inicié un plan de valoración de las necesidades de la escuela. Fue así como junto con mi esposa -cuando era mi esposa, cuando éramos esposos- iniciamos un plan de alfabetización de adultos y adolescente que desertaron del sistema educativo. Al mismo tiempo diseñé un aula especial a la que asistían los alumnos y alumnas con deficiencias en la adquisición de la lengua materna y, también, se puso en marcha el proyecto de convertir a la escuela en una granja, en un lugar para fortalecer la conciencia ecológica. Todas las experiencias fueron maravillosas, quizá, en las áreas urbanas, no se pueden lograr tales niveles de significatividad en lo que se hace. Recuerdo claramente la emoción de los niños, de los representantes al ver que en su escuela, donde se impartía educación rural, salían auyamas por doquier y que, además, tuvimos la oportunidad de hacer un semillero de frutales y árboles que dan sombra como bucares y samanes. Realmente, vivir la educación rural significa nutrirse en gran medida de episodios inolvidables. La educación rural significó para mí la verdadera graduación como educador y desde donde actualmente desprendo mi profundo análisis sobre la continua crisis de la educación de mi país, educación que nunca ha estado en lugar que se merece. Con recuerdo entrañable los llevo a todos y a todas, alumos, alumnas, representantes y colegas, en mi mente y corazón. Un abrazo infinito y muchas gracias por todo en medio de lo mejorable.