¿Quién no soñó alguna vez con poseer una casa en una isla? En Argentina hay mucha gente que la posee, pero no todo es tan bueno como en las películas. Los que viven sin conectarse con el mundo capitalista luchan día a día para sobrevivir. Otros trabajan en la ciudad y vuelven cada noche a su isla. Diferentes formas de aprovechar una poco explorada forma de vivir.

A pocos metros de la estación de tren y la estación fluvial de Tigre, muy cerca del parque de la costa y del paseo Victorica, se puede uno trasladar a diferentes tipos de vivienda en islas. Con un medio de transporte fluvial, claro.

Ese transporte para algunas familias como la de Raimundo, es una simple canoa. Con ella, su mujer Marcela traslada a su marido de la isla al pueblo (como ellos le llaman a la ciudad) a las 5 de la mañana, vuelve y prepara a los chicos para ir al colegio, llevándolos nuevamente en canoa. Si bien el trayecto no supera los 15 minutos, no es algo fácil de hacer.

Otras familias, como la de Jorge, entrenador del equipo de remo del Buenos Aires Rowing club, y su mujer María Julia, que lidera clases de remo en puerto madero, tienen una forma diferente de viajar. Para ellos se encuentran las lanchas colectivas, que cobran un boleto aproximado de 7 pesos el viaje y un abono libre de 50 pesos. Esta pasa a determinado horario por los ríos anchos, y si la pierden pueden llamar una lancha remise. Raimundo, en cambio, no cuenta con esa posibilidad ya que vive en un arroyo al que no llegan las lanchas.

Otros viven a más de 3 horas de la ciudad en lancha, y no tienen la posibilidad de salir en el día por ninguno de estos medios.

Una casa, una caza

Raimundo vive justo detrás del Club Regatas La Marina, en el arroyo 1 del gambado. Para acceder a su domicilio hay que cruzar en bote o lancha pequeña, atravesar el río lujan hacia el gambado, y a 200 metros ingresar por la izquierda al arroyo. Su casa es una casa típica de isla, de madera, y en su interior se parece a la cucheta de un barco. No tiene grandes dimensiones ni comodidades, y está rodeada de tierra y monte. Casi ni se divisan electrodomésticos y no aparenta estar pensada para recibir visitas. La casa está construida en altura para prevenir las mareas, pero la isla que habitan es muy baja de por sí, por lo que el metro que la separa de la tierra muchas veces no alcanza para salvarlos de las inundaciones por mareas. Recuerdan que una marea les llegó hasta encima de la ventana, en la que tuvieron agua haciéndoles compañía por 2 días.

Sin embargo sabe leer las señales de la naturaleza y puede prevenir: sube la heladera arriba de la mesa, cuelga la cama con ganchos y sogas. “El isleño ni bien hay una marea lo primero que busca es grasa y harina”, agrega.

Esto lo sabe porque es isleño de alma. Es nativo del Río Guazú, Entre Ríos, donde afirma haber tenido una vida muy sacrificada. Tenía que levantarse a las 4 de la mañana, pescar y dárselo al acopiador a las 8-9 para recibir a cambio algo de dinero. Y cuando no había pescado ni podían vender madera, debían salir a cazar carpinchos y nutrias para sobrevivir.

Jorge vive sobre el río Sarmiento, uno de los más importantes y anchos del Delta de Tigre. Tiene una casa grande que el mismo reformó y tiene un jardín muy bien cuidado y con flores. En su interior hay toda clase de electrodomésticos, una notebook, un proyector y hasta un home theatre. No se preocupa mucho por las mareas porque vive en una zona alta, y además su casa también se encuentra en buena altura. Cuenta que tuvo agua solamente una vez en 14 años, sólo 10 centímetros, estuvo 2 horas y se fue. No perdió nada material pero dice que tuvo un gran gasto en electricidad secando la humedad con estufas, y en pinturas.

Me río, no me río

Las costas de la isla de Jorge suelen estar mojadas por aguas provenientes del Río Paraná, que son relativamente limpias. Igualmente compra agua potable para tomar, y para lo sanitario potabiliza el agua decantando y clarificándola con una cisterna. La electricidad les llega por unos cables que pasan del continente a la isla por debajo (si se presta atención hay lugares en el río con carteles de precaución para no andar en profundidad por ciertas zonas con alta tensión), y por estar en un río ancho tiene la ventaja de que pasen las lanchas que cargan gas y las lanchas almacén que traen de todo, por lo que podrían no salir de la isla para satisfacer sus necesidades. Posee teléfono y recientemente incorporó internet móvil de banda ancha en su notebook. “Estuve a punto de poner una antena de 25 metros para que me llegue la señal, pero por suerte salió esto y ahora puedo tener internet donde haya señal de celular” nos cuenta, similar a una publicidad.

El río sobre el que se encuentra la isla de Raimundo es un afluente del río reconquista y por lo tanto cuando se encuentra bajo, la contaminación es enorme. Agua potable saca de los clubes de remo donde trabaja, donde recarga a diario bidones y los traslada en la canoa a la isla. Para bañarse, lavar la ropa y la comida utiliza agua de río con una pastilla de cloro. Las compras las realiza en Tigre cada 15 días y las traslada en su bote, asegurando que en la isla no se gasta mucho.

Más adentro, o más afuera

Más adentro, en la primera sección de Tigre y en Entre Ríos (llamado “La Playa” por los isleños), la vida es aún más difícil. Las casas son de chapa y altas, aunque muchas parecen no encontrarse muy estables. Su baño es el monte y su ducha el río. Toman agua filtrada con decantador pero cuando la necesidad es muy fuerte toman agua pura de río, por más que sepan de su contaminación.

Para sobrevivir deben cortar juncos, secarlos y venderlos. En invierno deben pescar Sardinas y Pejerreyes y venderlas. Con la plata que obtienen compran sus necesidades a la lancha almacenera que por semejante traslado cobra todo mucho más caro que en tierra firme.

La aptitud en la caza la heredaron, según nos cuenta Carlos Rodríguez, isleño de la primera sección de Tigre, esto proviene de la antigüedad, cuando a sus antepasados los llamaban “charrúas”. Una particularidad que cuenta Carlos y llama mucho la atención es que una prima suya que vive más adentro, tuvo 7 hijos en su casa y nunca fue a anotarlos al Registro Civil.

Molina elige esta vida por seguridad, comparándolo con vivir en un country, Reyes por la tranquilidad de vivir como en el campo, y Rodríguez no lo elige, simplemente no tiene posibilidad de ascenso social.

A futuro, Jorge piensa en dejar la isla. No le convence el tema del traslado. “No puedo invitar a un amigo a comer un asado”dice.

A futuro, Raimundo piensa en poder comprar una pequeña lanchita para facilitar su traslado diario

En las islas del interior, como la de Carlos, no se piensa a futuro.

Sarmiento, un visionario

Domingo Faustino Sarmiento, presidente argentino entre 1868 y 1874, político, escritor, periodista y maestro rural, fue un precursor en la zona del delta.

Conoció estas islas mientras hacía una inspección de la zona como jefe del Departamento de Escuelas, y quedó maravillado del paisaje que le presentaban, que le hacían recordar a sus viajes a través del Nilo.

Al poco tiempo partió junto con unas 500 personas (entre las que se encontraban sus amigos Bartolomé Mitre y Carlos Pellegreni) hacia las islas para “civilizarlas”, como el decía, e incitó a los ciudadanos de Buenos Aires a poblar esas maravillosas islas.

Las islas se dividieron en parcelas y fueron ocupadas por las familias más adineradas de la ciudad, quienes veían allí el sitio ideal para pasar el fin de semana o para invertir sus ahorros.

Construyó su casa de madera y techo de tejas, y ofició de consejero en la construcción de otras casas (siempre de madera, no quería piedras ni ladrillos) y en la solución de problemas de la zona.

Fue él quien en 1855 plantó la primera vara de mimbre, dando así inicio a la actividad de la que hoy sobreviven la mayoría de los isleños. También trajo de Estados Unidos las primeras semillas de pecanes, la famosa nuez del delta que hoy crece en todas las islas.

Su casa es Monumento Histórico Nacional a partir de un decreto del ex presidente Illia en 1966, y hoy en día funciona como museo y biblioteca y atrae a más de 50 mil personas por fin de semana, con el agregado de que se encuentra recubierta con cristal para protegerla de la naturaleza y el paso del tiempo.