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Hay una vasta bibliografía que, desde los estudios culturales, y la tradición teórica posterior que ha seguido los pasos de los estudios culturales, se ha encargado de estudiar desde cerca el significado de la televisión, tanto desde su ángulo ideológico, como desde su importancia como producto estético y como productor de sentido simbólico. Desde los enfoques de la aguja hipodérmica de los años 20, promovidos por Lasswell, pasando por Katz y LAzarsfeld y toda la escuela de la mass communication research, hasta los estudios de DAvid Morley, Hoggarth, Raymond Williams, JEsús Martín Barbero, entre otros, siempre la televisión como objeto cultural estuvo bajo la lupa de los investigadores. Hoy, en el siglo XXI, podemos dar una mirada que pueda abarcar esas diversas investigaciones, y que nos permita concluir algunas cuestiones respecto de la significado que tiene la televisión hoy.
Por lo pronto, una primera afirmación, que no podemos sustentar en datos estadísticos, pero sí podríamos arriesgar como una generalidad: casi nadie debe carecer, ni siquiera los individuos de los estratos más pobres de la sociedad, de televisor. Si uno recorre las villas del conurbano y el interior del país puede darse cuenta que en todas las viviendas hay por lo menos una televisión. Claramente, esto explica la necesidad que tenemos de "vivir informados", o "entretenidos". SI la disyuntiva de Eco era Apocalípticos o Integrados, creo que es inevitable reconocer que no hay otra solución posible a la de estar integrados al sistema de medios de comunicación propuesto e impuesto y diagramado por las empresas capitalistas, dueños de los medios de comunicación. Indudablemente, el caudal de información que circula, tanto en televisión como en cualquier otro medio, es inmenso e incalculable, y es por eso que tener un televisor implica de alguna manera "estar informado". Cualquier canal que pongamos, en cualquier momento, podrá ofrecernos, ya sea noticias, programas de entretenimiento, deportivos o de otro tipo. Principalmente lo que ofrecen es la seguridad de que, cuando lleguemos abatidos a nuestros hogares con ganas de "desenchufarnos" luego de un arduo día de trabajo, daremos con algún programa adecuado a lo que estemos buscando. Es lo que Adorno y Horkheimer, hace cincuenta años, describieron como característico de la "industria cultural": el capitalismo predetermina el gusto de los telespectadores, de manera que ellos crean -inconscientemente-, que cuando enciendan la televisión encontrarán siempre algún programa de acuerdo a lo que estén buscando. lo que no saben es que aquello que están buscando ya está interiorizado en ellos, intencionadamente , por los mismos medios de comunicación.
El abordaje de Adorno y Horkheimer sirve también para explicar qué pasa cuando la televisión ingresa a las familias. De otra forma, ¿cómo podríamos entender que, por ejemplo, durante una cena o almuerzo, la televisión esté encendida como si fuera un telón de fondo, una cortina musical? ¿de qué manera explicar la constitución de ese objeto dentro de una relación en la cual, aparentemente no se le presta atención "porque está de fondo", pero que sin embargo se la deja encendida? Lo que aquí proponemos es que la televisión viene a salvar el silencio. Si alguna vez Jakobson propuso que en la comunicación siempre existe una función fática, es decir, un momento en el cual el hablante se asegura de mantener el contacto -por ejemplo, la habitual situación cotidiana del taxista que nos dice "qué día frío eh...", o los viajes en ascensor en los cuales ante el incómodo silencio decimos la primera estupidez que se nos cruza por la cabeza-, podemos decir que hoy en día la televisión funciona de la misma manera: para sostener el contacto. No se trata aquí de despotricar contra "la conversación perdida", o por la "falta de comunicación", sino de explicar certeramente una situación que podría observarse casi en cualquier círculo social. La televisión se deja, como si fuera una radio con canciones, como música de fondo, cuando en realidad lo que están pasando allí, son programas audiovisuales y no meras canciones.
En relación con esto, podemos arriesgar que hay algunos efectos que podrían acaecer a raíz de esta situación: inconscientemente, los telespectadores "pasivos" pueden incorporar información que ellos creen que no están incorporando y que en realidad lo están haciendo y muy bien, ya sean informaciones, opiniones, funcionando como verdaderos formadores de opinión. Martín Barbero alguna vez explicó que en muchas familias la televisión funciona como integradora, sobre todo a partir de las novelas, ya que permiten que los integrantes de esas familias se identifiquen con los personajes que están viendo. El peligro de esta identificación reside en que no se producen críticas respecto de los medios que se están viendo. Y esto podría repercutir perfectamente en la constitución de una sociedad que requiere cambios, y que hoy por hoy está más bien habituada al statu quo.
¿Hay formas de cambiar esta coyuntura? ¿SEría una solución proponer bajar las dosis de televisión? Claro que no. Lo que debería proponerse es una política pública que asegure contenidos culturales de calidad, en una sociedad que justamente, como decíamos antes, no los reclama porque se conforma con lo que tiene. Uno llega a su casa, quiere descansar, prende la tele, y se encuentra que puede "elegir" entre Showmatch en canal 13, y telenovelas banales en otros canales, o programas que no llegan a dar con un mínimo de calidad que cualquiera podría pretender. Pero no: lo que tenemos son realities, talkshows falsos, programas que se encargan de mostrar los "errores" o los "furcios" (que muchas veces, sabiendo que van a ser filmados, se hacen a propósito para salir en esos programas que supuestamente "enganchan" los furcios o errores "inesperados"), y noticieros que prácticamente desinforman mucho más de lo que verdaderamente informan.
Como hemos dicho, es una política que suele puede partir desde el Estado, y que en todo caso debería encontrar eco desde diversas organizaciones sociales que defiendan una verdadera cultura, destinellizada. Ojalá en algún momento de la historia esto pueda lograrse, sería sano, tanto para la televisión, que ya está habituada a ser definida como "basura", como para los telespectadores, que si bien no reclaman por buena programación, serían mucho mejor y más educados culturalmente si dispusieran en la programación de buenos contenidos.
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