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Okupas es una serie argentina transmitida en el año 2000 por canal 7, el canal de televisión estatal, y producida por Ideas del Sur, la productora del popular empresario y conductor Marcelo Tinelli. De la dirección se encargó Bruno Stagnaro, conocido en ese momento por la película costumbrista Pizza, birra, faso. Esta película forma parte de un boom del costumbrismo en los años anteriores y posteriores a las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001, que significaron un quiebre en la institucionalidad del país y el debate de los ciudadanos en la calle, rompiendo los límites del régimen republicano de representación. La crisis económica y social llevó a los cineastas a retratar a los jóvenes de una nueva generación sin trabajo y sin perspectivas. Un nuevo léxico se adueñó de los guiones cuando incorporaron el lenguaje de la calle y su lógica desestructurante. Es así que, fiel a cierta cultura anarquista en las tomas de viviendas, el título de la serie rompe con lo que la Real Academia Española nos propone como normativización de la lengua.
Toda esta serie de televisión gira en torno a gente que ocupa una casa vieja y arruinada. Pero los ocupantes no son siempre los mismos. La clase más baja no es siempre la que ocupa casas, la que puede llegar a robar, la que se droga, o la que vive en la mugre y la vagancia. Un estudiante de Medicina, de clase media, de “familia bien”, puede vivir esas mismas experiencias. Claro, las estructuras se rompen no sólo a partir del vocabulario sino que también queda destruida la idea de “mi hijo el doctor”, de una clase media que siempre se queda en el medio, impoluta. Es que la historia de Okupas es la historia de la clase media argentina, que desciende al infierno de la desocupación y la marginalidad. Pero Stagnaro no filma desde un punto de vista heroico ni busca victimizar a Ricardo, el protagonista, sino que adopta la mirada de este joven, que se sumerge en un viaje experimental sin mucho que perder, encarándolo como una aventura. Así, nosotros, los televidentes, tenemos un guía con el que compartimos ingenuidades y, a través de sus equivocaciones y aciertos, aprendemos un poco más de ese mundo tan lejano y cercano a la vez. El efecto de empatía es similar al que se usa, por ejemplo, en Atrapado sin salida, con Jack Nicholson. En esa película el protagonista es el más cuerdo de todos, con el que nos sentimos más identificados. De alguna forma nos introduce en el mundo demencial de los psiquiátricos.
Okupas genera odios y amores a los personajes. Los buenos son buenos pero cometen errores. Los malos son malos pero no esos típicos malos. Cada personaje está caracterizado de manera fantástica. Por ejemplo Ricardo, que pretende tener calle pero que en el fondo es un pichoncito criado en Belgrano, un barrio de clase media acomodada de la Ciudad de Buenos Aires. Un “mantequita”, como le dice la chica que conoce en el primer episodio. A medida que avanza la mini-serie, Ricardo se va alejando de esa inocencia inicial, hasta perderla completamente al final. Es una manera brutal de perder la timidez de la adolescencia y coquetear con el mundo del lumpen, sin formar nunca parte de él. Todo comienza cuando su prima le ofrece cuidar una casa deshabitada, que la Policía acaba de desalojar, y que en el corto plazo va a vender. Ahí convive con el Pollo, Walter y el Chiqui. El pollo es el personaje más experimentado y contradictorio. Es un ladrón honesto, y termina siendo el ángel guardián de Ricardo. “Rancheaba” en Dock Sud, un barrio peligroso de la provincia de Buenos Aires, junto al “negro” Pablo y otros, asociándose en robos. Con ellos comparte una ética de la calle, que cuando se rompe obliga al Pollo a buscar un nuevo hogar: la casa que cuida Ricardo. Dentro del grupo, el Pollo es la voz de la experiencia y de la razón. Walter, en cambio, comparte hasta cierto punto pautas culturales con Ricardo. Es un fanático de los Rolling Stones (en Argentina se les dice “rolingas”) que trabaja cuidando perros. A pesar de su pertenencia a una clase media empobrecida, conoce la calle y sabe manejarse. Sólo que, en vez de ser la voz de la experiencia, el deseo de Walter también es el de vivir aventuras, sin tener un gran futuro que lo espere. Por otro lado, el Chiqui simboliza la inocencia. Es un grandote bueno, que pide monedas en la calle. Habla lento y con un tono que lo convierte en el personaje más querible de esta serie de televisión. Su bondad no excluye cierta actitud pasiva ante la voluntad de los demás. Sobre el final aparece Miguel, un personaje netamente negativo, que contrasta con el pollo. Él también se dedica a robar, pero no tiene ningún código y, a la primera oportunidad, apuñalaría por la espalda a quien se interpusiera en su camino.
Okupas nos ofrece iniciar un viaje experimental junto al protagonista y, así, descubrir el lenguaje de los marginales, la cultura del ladrón, el porro, la cocaína, las armas, sin hacer de ninguna manera apología de nada de eso. Son los tópicos que no se ven casi nunca en la televisión. Los programas tradicionales muestran peleas por celos y novias en colegios privados. Los protagonistas de las publicidades son siempre jóvenes de clases acomodadas, principal objetivo de las empresas. El mundo de la delincuencia y la marginalidad siempre es encarado desde la sección “policial” de los diarios, estigmatizando a los protagonistas. En Okupas cada personaje respira e inspira ternura, bronca, miedo, odio y amor. Pocas veces se vio una serie como ésta en televisión. Podríamos decir que es un producto de esos años convulsionados y que refleja un proceso social que todavía no culminó.
Para terminar, digamos que Rodrigo de la Serna, a quien podemos ver actuar maravillosamente en Diarios de motocicleta, cumple como siempre con las exigencias del personaje. Diego Alonso, luego de interpretar al Pollo, consiguió un lugar en la televisión como conductor. Crucemos los dedos para que otro valiente director y guionista refresque la pantalla con programas de esta calidad, y refleje nuevas visiones, perspectivas y realidades de una Argentina en constante convulsión.
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