En 1878 se libró en Alemania una batalla intensa, desgastante; una lucha continua, llevada a cabo durante eternas e infinitas horas, que requirió además de frialdad y destreza, concentración, como en los cuentos de guerra. El factor psicológico -esto es bien sabido- puede conducir a ganar una guerra.

Los galos esperaban ansiosos la posibilidad de vencer a su rival más odiado. Se dirigían al lugar con la misma tranquilidad aparente que éste, deseando más que nunca un triunfo. Cada uno de los jefes desplegaba sus tropas en el campo. A la orden de atacar, Alemania dio comienzo a una apasionante contienda.

La infantería, apresurada por tomar la iniciativa, dio los primeros pasos, siendo recibida sin preocupación por la caballería francesa, que en poco tiempo aplacó esos ataques mientras empezaba a tomar confianza, puesto que había eliminado gran cantidad de enemigos. De esta manera, sintiéndose superiores por una vez, los de Francia mandaron al frente a infantes y arqueros. Con un rápido reagrupamiento de sus tropas, el bando germano se defendía con audacia y paciencia, confiando íntimamente en que la victoria no podía escapársele. Astutamente reservaba los arqueros para el final y sacrificaba infantes y algunos caballeros a fin de distraer al enemigo; había leído cuentos de guerra y sabía que era así. Así, las tropas alemanas pudieron neutralizar los vanos intentos de sus rivales; se reorganizaron en el terreno que había quedado a merced de ellos, cambiaron la estrategia y se dispusieron a contrarrestar la ofensiva de aquellos extranjeros que pretendían invadir sus dominios. Tomando todos los recaudos necesarios, la voz de mando ordenó arrojar las flechas, ante lo cual murieron algunos caballeros y muchos infantes. El combate parecía dar a luz un ganador justo e ingenioso, por demás gran dominador de la estrategia bélica. Hasta ese momento las tácticas que había desarrollado eran innovadoras y arriesgadas. No cabía la posibilidad de que cayera derrotado. El objetivo consistía en derribar esos escudos que parecían reflejar rojas, azules y blancas burlas, como salidas de cuentos de caballeros.

De pronto, un descuido pareció torcer el curso de los acontecimientos. Heridos en su amor propio, los galos intentaron cambiar la historia. Con las pocas fuerzas que les quedaban, buscaron una última salvación, que si se hubiera concretado habría sido heroica. Los pocos sobrevivientes que quedaban, entre infantes, caballeros y arqueros, trataron de lograr el milagro, dando sus vidas a cambio del tan anhelado triunfo. Pero todo había sido perfectamente calculado por la mente fría de quien se creyó mejor desde el inicio. Reservó esfuerzos y aceptó esos sacrificios sin meditaciones. Al advertir la debilidad de los maltrechos extranjeros, unos pocos caballeros y algunos arqueros germanos tomaron la retaguardia y dieron muerte al adversario.

Con la frialdad que lo caracterizaba, Wilhelm Steinitz tomó su dama blanca y la ubicó sutilmente en la casilla contigua al rey negro de François Duncan Philidor. Jaque mate. Culminaba así su obra maestra, una brillante combinación de quince jugadas, perfectamente definida, que no dejaba margen para la duda. Campeón mundial. Por primera vez en la historia.