Qué hermoso es ver los juegos de los niños y qué tristes es ver a niños que no pueden jugar.

Muchas personas creen que el juego es el lenguaje natural del niño, y en parte es así. Sin embargo, los niños necesitan de las otras personas para que con su presencia, en los intercambios, les presenten el juego como una actividad de encuentro con otros.

Cuando las personas cercanas les presentan objetos de la actividad cotidiana o juguetes al niño y le indican el significado de los mismos, esos objetos pasan a representar contenidos internos del niño, es decir esos objetos adquieren para el niño un carácter simbólico que hace referencia a los vínculos internalizados por él.

Por ello, cuando el juego simbólico no está presente en el niño, podemos pensar que a ese niño no le han enseñando a jugar, no le han presentado objetos invitándolo a participar de juegos de intercambio, y los juguetes, ya sea materiales para manipular, para escuchar, o las colecciones de cartas o fotos, por nombrar algunos, no fueron utilizados por los adultos que se relacionan con él para introducirlo en el conocimiento de distintas maneras de jugar.

También podemos pensar que los adultos hayan incluido al niño tempranamente en maneras de jugar o juegos que no son adecuados a la etapa evolutiva del desarrollo en la cual el niño se encuentra.

En aquellos niños, en los cuales exista algún trastorno como por ejemplo el autismo, tampoco veremos aparecer el juego simbólico. El niño autista interactúa con los objetos desde sus propiedades físicas, pero no le importan las relaciones simbólicas que existen entre los juguetes y los objetos reales. Por ello no es creativo cuando manipula los objetos, lo hace de manera mecánica. Junta piezas o arma un rompecabezas de memoria, pero le cuesta darle un sentido.

El juego es fundamental para la formación de estructuras de pensamiento, tal como lo investigara Jean Piaget. También es esencial en la construcción del lenguaje y en la representación objetiva de la realidad. Por eso los psicopedagogos utilizamos el juego como herramienta de diagnóstico y tratamiento.

El juego no sólo nos muestra cómo son los vínculos que el niño establece con los objetos y las personas, sino que al ser el juego un acto libre, donde el niño elige permanentemente qué hacer, cómo, con qué, con quiénes, etc. , tiene un poder enorme porque le permite a la persona auto-expresarse y auto-explorar en sus posibilidades.

Jean Piaget ubicó evolutivamente a los juegos simbólicos, entre los juegos motores, propios de los dos primeros años de vida, y los juegos reglados que aparecen a partir de los seis años. De esta manera, entre los dos y los cinco años, lo importante para el niño es crear ficciones, es decir preparar escenas y representar roles: Por ello vemos a los niños que juegan a las visitas, que juegan al doctor. Otros prefieren los juegos de construcción caracterizados por la utilización de cubos, bloques, ladrillos, etc. De este modo su capacidad de simbolizar se va ampliando y enriqueciendo.

Es importante destacar que el juego, en general, en cualquiera de las etapas evolutivas es para Piaget, una actividad placentera, que el niño realiza por propia iniciativa, y en la cual el niño se compromete con todo su ser. Por estas mismas características el niño no busca en los juegos, un resultado, sino que disfruta de las acciones que realiza por sí mismas.

El juego simbólico corresponde al llamado por Piaget, pensamiento preconceptual. Un preconcepto para este autor posibilita la evocación verbal de una experiencia vivida. El niño posee imágenes mentales porque ha interiorizado la imitación. Por ello, el juego tiene en este sentido un carácter adaptativo para el niño.

A medida que avanza hacia el pensamiento intuitivo, poco a poco el niño buscará cada vez más imitar lo real, lo más exactamente posible; lo cual dará inicio a los juegos de roles.

Sigmund Freud también consideró el carácter simbólico del juego pero en un sentido diferente al de Piaget. Para Freud el niño que juega crea un mundo propio donde inserta los objetos que le son agradables, placenteros, amados. Es decir, que el juego es simbólico porque le permite hacer realidad su deseo.

Freud considera entonces que el niño recurre al recurso del juego porque la realidad no es de su agrado, por el contrario la realidad le impone restricciones. Ahora bien, el niño mismo no conoce el sentido profundo de su juego porque ese deseo es inconsciente y sexual.

A través del juego el niño pasa actividad, realizando un intento de elaborar las renuncias a las que la realidad lo somete. Con esta actividad logra dominar psíquicamente la impresión displacentera a la que debió someterse en la realidad.

Mientras que para Freud todo juego es simbólico, para Piaget, el juego simbólico corresponde a la etapa evolutiva de 2 a 5 años. Para Freud el juego simbólico está bajo el imperio del inconsciente (proceso primario) y respeta las condiciones dinámicas de ese sistema psíquico, en cambio para Piaget el juego simbólico mayormente consciente. Pero tanto para uno como para otro autor, el juego es una actividad producida por el niño, y el juego simbólico tiene un valor en sí mismo por la función de elaboración que tiene.

Otro autor importante en la consideración del juego es Winnicott, quien afirma:

“Los chicos juegan con mayor facilidad cuando la otra persona puede y sabe ser juguetona”. Para este autor poder ser juguetón señala un poder interno, una capacidad disponible y activa. Por otro lado el saber ser jugueton se refiere a poder relatar la propia experiencia y aprendizaje conciente que la capacidad de jugar nos permitió realizar.

Es desde nuestra propia capacidad de juego que podemos despertar y ayuda a otros a desplegar su juego. Esto es importante para los padres y para todos aquellos profesionales que crean vínculos con niños. Los niños presentan dificultades en sus juegos: a veces no saben cómo empezar a jugar, o repiten las mismas conductas en el juego, no pueden distinguir juego de realidad o no tienen riqueza en la elección de sus recursos o experiencias de juego.

Nuestra capacidad de juego es siempre puesta a prueba en nuestra relación con los niños. Por eso es necesario que estemos siempre mirándonos a nosotros mismos desde nuestra interioridad, para conocer cada día un poco más cuáles son nuestros recursos internos para jugar porque de las cosas proviene la diversión pero es desde el interior de uno mismo, del cual surge la alegría.