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La alimentación de los bebés es uno de los temas que más dudas y preocupaciones despierta en sus padres. Una de las preguntas que más nos realizamos es: ¿cuándo comenzar a darle papillas? Cada niño es diferente, y cuanto más atentos estén sus padres a sus necesidades y características, tanto mejor será su crianza. Obviamente siempre deberemos tener en cuenta ciertas bases de sentido común y asesorarnos correctamente con profesionales de la salud.
La Organización Mundial de la Salud recomienda alimentar al bebé exclusivamente con leche materna hasta los seis meses de edad. Desde ese momento queda a criterio de los padres cuándo y cómo comenzar a ofrecerle otros alimentos. Para que el proceso sea óptimo, tanto para el desarrollo del entendimiento -y consiguiente participación activa- del niño como para el de su sistema digestivo, lo mejor es llevarlo a cabo en tres pasos que se detallan a continuación:
- Etapa uno: El acercamiento.
Esta primera etapa durará aproximadamente dos semanas, y consiste en una especie de juego con el niño, que lo involucra dándole un rol en la mesa familiar. Es recomendable comenzar una vez que el bebé demuestre interés por la comida. Si al observar a otras personas comiendo se muestra curioso, se relame, o quiere tomar el tenedor de las manos de sus padres o hermanos, es una buena idea ofrecerle algo para probar. Al darle algún que otro pequeño bocado de lo que se está comiendo se logra una adaptación progresiva al nuevo hábito alimenticio. No es necesario prepararle comidas especialmente en esta etapa, por lo que la adaptación a la nueva rutina también es gradual para la persona que lo cuida.
Con respecto a los alimentos a ofrecerle, no hay que preocuparse de más. El sentido común de los padres basta en este caso, como con la mayoría de los cuestionamientos acerca de la crianza de nuestros niños. ¿Cuántas veces buscamos y buscamos hasta encontrar la teoría o el pediatra cuyos consejos concuerden con nuestra intuición? No es la teoría la que nos forma sino que, al encontrar la adecuada, damos rienda suelta a nuestro criterio natural como padres. Por eso mismo, sería muy inusual que alguna madre le ofrezca embutidos picantes a su bebé en esta etapa, o que su padre le ofrezca una cucharada de cazuela de mariscos. Basta con elegir lo más sano de lo que estamos comiendo, siempre y cuando tenga la consistencia adecuada, es decir que sea algo que no haya que masticar demasiado.
Hay que recordar que el bebé hasta este momento sólo ha tomado leche a una temperatura más baja que la que estamos acostumbrados para nuestros platos. Por esta razón hay que controlar que no se queme o sufra malestares por comidas algo más calientes que nuestro propio cuerpo.
Después de jugar por algunos días, conociendo los colores, sabores, texturas y olores de la comida, y sintiéndose parte de los momentos destinados por la familia a la ingesta de alimentos, estará listo para el siguiente paso.
- Etapa dos: Se establece una rutina.
En esta etapa, que durará una semana, el bebé ya recibe comida elaborada especialmente para él. Los alimentos serán preferentemente dulces, como puré de banana, de manzana, gelatina, o yogur. Los padres deberán elegir el momento de una de las dos comidas más importantes del día para darle estos alimentos a su bebé, horario que mantendrán desde ese entonces. Puede ser el almuerzo o la cena, dependiendo de las actividades de la familia.
La idea es lograr que esta comida reemplace a una de las mamadas o biberones diarios del bebé. De todas formas, en esta etapa la cantidad de alimentos semisólidos que coma puede ser totalmente variable: puede comer diez, cuatro, o dos cucharaditas; o tal vez prácticamente nada. Hay pediatras que predican métodos de crianza normativos y obsoletos, que presionan para alimentar a los niños como si éstos se fueran a desnutrir si no comen almuerzo y cena abundantes todos los días desde los cuatro, seis u ocho meses. No es así, dado que al principio las papillas son un complemento de la leche materna. Como tal, no deben ser un factor de preocupación para los padres.
Se debe acompañar la papilla con agua a temperatura ambiente, que le daremos en un vasito especial, o con gotero o cucharita. Una vez transcurrida esa semana y establecida la rutina, se puede dar el siguiente paso.
- Etapa tres: Diversificación y afianzamiento.
Esta etapa, como bien indica su nombre, es para incorporar nuevos sabores y texturas, y consolidar la rutina y la costumbre de comer papillas. Durará de una a tres semanas, en las que le daremos a probar alimentos como puré de zapallo y/o zanahoria, quesos, polenta de maíz, y sopa de verduras con fideos pequeños. Hay que tener en cuenta que es un proceso de aprendizaje y no uno con fines exclusivamente nutritivos. El niño va descubriendo nuevas sensaciones visuales, táctiles, gustativas y olfativas, y las personas responsables de su crianza también van observando y conociendo las preferencias del bebé.
No hace falta agregarle sal a las papillas, y no es recomendable, excepto -en muy poca cantidad- en alimentos en los que se percibe una notable mejora de sabor al hacerlo, como los fideos o la polenta. Se puede obviar la sal totalmente si a éstos alimentos se les agrega algún queso rallado del estilo del parmesano.
Al terminar esta última etapa del proceso adaptativo es momento de agregar la segunda comida del día, también suplantando la mamada correspondiente. Hay una mayor diversificación, ya que se deben ir incluyendo alimentos como carnes trituradas o cortadas en ínfimos trocitos, y otros cereales, frutas y verduras.
Cada familia adaptará estas pautas de acuerdo a la crianza que le haya decidido dar a su hijo. Por ejemplo: si se trata de vegetarianos totales o veganos, no le darán gelatina o productos lácteos, pero complementarán la dieta con cereales, verduras, frutas y legumbres adecuadas.
El bebé, entonces, estará comiendo papillas en el almuerzo y en la cena, acompañadas de agua. La leche materna seguirá siendo el alimento más importante, por lo que estas comidas continuarán con su calidad de complementos alimenticios hasta aproximadamente el año de edad. Es muy importante así establecer desde que el niño es pequeño los hábitos de una buena alimentación, como base para seguir dándole la mejor crianza que podemos, llena de amor, cuidados, incentivos y sanos desafíos cada día.
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