¿Recuerdas que te conté que Arnaldo el petizo con su novia quiso romper el compromiso y por consejo de un amigo pues por carta se lo dijo? Bien, déjame decirte ahora, que si bien Arnaldo de su hazaña se vanagloria, al parecer no todo lo contado es la verdad de la historia, y lo que realmente presiento es que no ha sido más que otro de sus tantos cuentos.

Desde el inicio hasta la postdata, Arnaldo deja traslucir que su adorada Renata no ha sido más que una ingrata, que cansada ya de su amado lo manda un tiempo de viaje para apartarlo de su lado, pues dice estar hastiada de tanto empalagoso halago. Arnaldo en la carta relata que el estar lejos al final se tornó una experiencia grata, porque de otra dama se enamoró y de Renata así se olvidó.

Aquí lo que está en cuestión es saber si es cierto que esta ocasión fue un verdadero acierto porque sencillo él se mostró y por ende la conquistó, pues no es exactamente lo que un pajarito a mí me contó...

Pongamos punto y aparte, ya que desde este mismo instante lo sucedido en Humahuaca pasaré a contarte si es que en esta historia te interesa involucrarte.

Arnaldo decidió que en la provincia jujeña se instalaría para respirar un poco de la armonía de la Quebrada humahuaqueña, famosa por su belleza natural, por su carnaval y sus peñas, el lugar que creyó ideal para olvidar todas sus penas.

Así fue que arribó a la pensión de doña Asunción, mas como llena de huéspedes la encontró, de compartir cuarto se vio en la obligación por no tener reservación.

La casualidad quiso que Arnaldo el petizo compartiera el hospedaje con un tocayo suyo oriundo de un paraje de la región de Cuyo, al que se le notaba que por los poros emanaba un gran orgullo, pues sabiéndose buen mozo, alto y erguido, era sin duda vanidoso y engreído, puesto que al espejo se miraba muy seguido, quien comparado con nuestro Arnaldo habrá tenido buena apariencia pero de buenos modales se notaba su carencia.

Hasta en la forma de convivencia los separaban las diferencias: mientras Arnaldo el petizo trabar amistad intentaba, el otro con indiferencia casi siempre lo trataba. Y es que con esa actitud lo único que lograba era que los demás pensionistas hablaran bastante de él y muchos cuentos inventaran.

Aunque la verdad es que muy poco se cruzaban, porque cuando uno ya se iba, el otro recién llegaba. El único momento que sí compartían era en realidad de noche cuando ambos a pata suelta dormían. Y puede decirse que por tener los dos el mismo nombre era lo único por lo que cualquiera podía confundirse, ya que la semejanza no era cualidad que a sus hábitos pudiera aludirse, dado que Arnaldo el petizo se mostraba perozoso y hasta el mediodía solía dormir como un oso. A esa hora se levantaba, comía bizcochitos y unos mates se cebaba. El otro en cambio era mañanero y rápido como un bombero, pues cuando el despertador escuchaba de un salto se levantaba y con esmero se acicalaba, momento en que Arnaldo el petizo se despertaba y con el rabillo del ojo lo espiaba, y así fue como supo que este tocayo suyo no tomaba el desayuno, sino que salía temprano con la panza vacía porque le gustaba hacer ayuno. Una vez que éste salía, Arnaldo soñando que contaba cuentos verdes proseguía. Cerca de las doce se despabilaba y con su rutina matera empezaba.

Mas de tomar tantos mates Arnaldo se arrepentiría, pues nunca se olvidaría de la vergüenza que por culpa de esta infusión el pobre sintió un buen día. Y es que cierto mediodía, Arnaldo a servirse un último matecito lavado se disponía mientras charlaba con la única persona que allí su compañía no rehuía (esta era doña Asunción, que con él muy parlanchina entablaba conversación), cuando una joven muy bonita hizo su aparición al descorrer la cortina de la vieja recepción, se acercó a la dueña de la pensión y con ella un diálogo mantuvo, pues como parecía tener apuro de interrumpir no se abstuvo, y fue así como al instante Arnaldo retorcijones tuvo, que fueron producto de tanto mate sumado a la emoción que al ver esa hermosura contener no pudo y que no sólo le dio dolor de barriga sino que también lo dejó mudo.

Y que Arnaldo (como en los cuentos de terror) en tal circunstancia quisiera borrarse del mundo es algo de lo que no dudo, pues para ir donde él estaba el momento que la joven eligió fue claramente inoportuno. Tan pasmado se había quedado que ni se dio por enterado de que por el dedo índice de doña Asunción estaba siendo señalado.

Fue cuando atinó a levantarse que a la jovencita vio arrimarse, y no le quedó alternativa que aguantarse el dolor de barriga, pues para su sorpresa ella tomó una silla y se sentó con él a la mesa, en la que él se había instalado hacía muy poco rato para servirse mates dulces y con la cuchara de la azucarera en el azúcar dibujar garabatos.

"¡Arnaldo! Dulcinea soy, la mujer a quien durante tres meses y cuatro días le enviaste tus cartas de amor..., a la que ansiabas conocer y con ella encontrarte aquí hoy", es lo que ella le dijo mientras él la miraba fijo. Imaginando que podía tratarse de uno de los cuentos de fantasía que siempre leía, Arnaldo el petizo no salía de su admiración, y guiado por su intuición llegó a la conclusión de que aquello no podía ser sino una alucinación. Que con otro se confundía Arnaldo en decirle pensó, mas a punto de emitir sonido ella de pronto las mejillas le tomó y de muy buena gana un fuerte beso le estampó. Tanta fue su algarabía que decidió que el juego le seguiría, ya que nunca creyó que algo así de lindo le sucedería y que de un flechazo se enamoraría por segunda vez en su vida. Aprovechó esta confusión y montó su propia función, porque era predecible que no iba a querer perderse semejante bendición, ya que si eso no era uno de sus sueños él mismo se encargaría de ponerle algo de encanto para en uno de esos cuentos de ensueño transformarlo.

Y fue así como de invitarla de paseo por las calles estrechas y empedradas del lugar la idea tuvo, cuyo estilo colonial deja la impresión de que el tiempo se detuvo. Ni las ganas de comprarle un poncho hecho a mano en una tienda de artesanos se contuvo. Y hasta la llevó a escuchar folclore a una peña, donde degustaron empanadas y humitas que sí que valen la pena aunque un poco de la masa se te pegue hasta en las muelas. Pero fue el Carnaval la fiesta popular que más disfrutaron, porque con trajes y máscaras se disfrazaron, el carnavalito bailaron y de los más variados rituales con mucha gente participaron.

Aunque lo más extraordinario de todo el itinerario fue que juntos no se privaron de visitar a la brevedad una verdadera beldad, la Quebrada de Humahuaca, ese estrecho y árido valle montañoso declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Y en el transcurso del día entero no tuvieron necesidad de intercambiar muchas palabras porque, como nos enseñan muchos cuentos de amor, los que de corazón se quieren sólo con el corazón se hablan.

Te preguntarás que habrá pasado para que diera resultado lo que Arnaldo el petizo había maquinado. Es que al estar tan apurada una parte relevante de la historia me he salteado. Ya te habrás imaginado que el Arnaldo del que Dulcinea por carta se había enamorado no era el que en la pensión ella se había encontrado. El petizo por su parte, como los caballeros de los cuentos se sintió un afortunado y por eso decidió no decirle que se había equivocado, caso omiso hizo de su conciencia y adjudicó a la divina providencia la increíble coincidencia de que en su actual residencia morara un hombre que lo igualara en nombre, porque ya había adivinado que era por el Arnaldo con el que en el mismo cuarto él estaba alojado por quien había sido tomado; y a pesar de que aquél era el verdadero pretendiente, en ese momento no estaba presente, por lo que el petizo se le adelantó y a recorrer Humahuaca con él a la dama alentó. Pero hemos de saber por qué el tocayo del petizo estaba ausente: es que en su afán por regresar urgente, al trote iba cruzando un puente cuando a mitad de camino sufrió un lamentable incidente; por tirar de su pantalón un hilito incipiente un tajito se le abrió por accidente que con un movimiento brusco de tamaño aumentó de forma evidente. Seguir su ruta en ese estado fomentaría muchos cuentos porque era demasiado osado, entonces se quitó la campera de cuero y se la ató a la cintura para tapar el agujero. Por semejante contingencia no le quedó otro remedio que disminuir el paso de la marcha que había emprendido con urgencia. Al llegar a la pensión donde alojamiento tenía el vanidoso Arnaldo jamás se enteraría de que con Arnaldo el petizo en ese mismo momento Dulcinea se entretenía, porque al entrar y no divisarla donde él le había prometido que iba a esperarla para por fin conocerla y como en los cuentos de amor besarla, pensó que por arribar tarde a la cita seguro debió espantarla. Avergonzado y compungido se dispuso a armar su equipaje porque estaba decidido a abandonar el hospedaje y dar por terminado este inolvidable viaje para regresar a su paraje, pues su gran aflicción era que ella no le creería semejante explicación sino que lo tomaría por justificación por haberla plantado sin siquiera haber hablado del rumbo que tomaría esta virtual relación que sólo tuvo tres meses y cuatro días de duración.

Al final de la larga jornada Arnaldo a la casa acompañó a su nueva enamorada y tras dejarla en lugar seguro regresó para su morada. Y quedó muy asombrado al darse por enterado de que Arnaldo el vanidoso el buque se había tomado y el camino libre le había dejado. Mas de su buena suerte abusar no quería y se le ocurrió que al día siguiente a Dulcinea partir de viaje con él le propondría. Por destino eligió Uspallata, y fue por el Cerro de los Siete Colores donde caminó en alpargatas en las largas caminatas que de la mano de Dulcinea resultaron tan gratas, de las que tomó las fotos que con la carta le envió a Renata, para demostrarle que lo que le contaba no era puro cuento y que su historia concluyó como en los bellos cuentos, en los que los enamorados comen perdices y son por siempre muy felices.

Después de escuchar de los hechos esta otra versión es ahora muy distinta de las cosas mi visión, porque me ha quedado la impresión de que por no quedar mal parado Arnaldo a Renata una historia distorsionada le ha pintado. Si bien puede ser cierto que para Arnaldo el petizo Dulcinea represente la ansiada princesita que suelen describir muchos cuentos, lo que rotundamente desmiento es su afirmación de que con sólo una pancarta fue que la conquistó, pues de que la identidad del hombre que a Dulcinea envió las cartas en realidad el usurpó, yo sostengo mi convicción.

Y para ir finalizando con una última reflexión esta historia voy cerrando:

Lo que todo esto me deja son las siguientes moralejas:

.La verdad no es absoluta sino relativa, relativa al modo en que cada cual interpreta lo que mira, por eso lo más sabio es no creer completamente en todo lo que alguien te diga; lo mejor es intentar ser objetivo una vez que sacas partido de cada visión de la realidad que contigo han compartido.

.La mentira tiene patas cortas. Si distorsionas lo que sucedió en verdad alguien se puede enterar y de tu comportamiento puedes dejar una impronta. Y en este caso... ¿quién puede asegurar que no serás tú (que ahora conoces la historia) quien a Arnaldo delatará y que esta historia a oídos de Renata no llegará?...