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Muchos psicólogos y psicopedagogos, entre otros profesionales de la salud, se han dedicado a estudiar a los cuentos como fenómenos curativos, como una medicina alternativa para el alma.
Los cuentos al ser escuchados generan emociones, preguntas, anhelos y nos permiten comprender los arquetipos con los cuales se vinculan. Contienen enormes posibilidades para permitirnos reparar o recuperar la salud del alma.
Para abordar los cuentos desde esta perspectiva, hay que ser un poco “guardián de antiguos relatos” al decir de la psicóloga Clarisa Pinkola Estés. Es decir, recuperar historias contadas de generación en generación, asumiendo la responsabilidad de transmitirlas como el tesoro que son: los cuentos son una medicina que fortalece y encamina a la persona y a la comunidad. Este poder de los cuentos proviene precisamente de esa cantidad de personas unidas a través del espacio y el tiempo.
Esta psicóloga junguiana también caracteriza a los cuentos como “relatos que pueden ser utilizados como vitaminas del alma”, ya que despiertan nuestra vida interior, y esto es esencial cuando estamos atemorizados, cuando nos sentimos acorralados y sin libertad para actuar en nuestra vida. Los cuentos tienen el poder de abrir de par en par las puertas de nuestra alma a los sueños, haciéndonos despertar la sabiduría interior que cada uno poseemos en nuestro interior.
Las heridas del alma son puertas por las cuales los cuentos se meten suavemente, susurrándonos nuevas posibilidades de plenitud para nuestra vida. Los cuentos no se imponen, se susurran. No se escuchan con los oídos sino con el alma. De allí su poder curativo.
El sufrimiento de las personas suele estar relacionado con una fuerte negación de la parte oscura y descartada, de su personalidad. Sin embargo, cada aspecto de nuestra personalidad existe porque existe su contrario. La tensión eterna entre los polos mueve al individuo y al mundo y es la integración de los contrarios, el mito recurrente en la psicología del inconsciente.
La totalidad psíquica del individuo o sí mismo como la llamada Carl G. Jung, es también el centro regulador del inconsciente colectivo. Cada persona y cada pueblo tiene su propia forma experimentar la realidad psíquica. Los cuentos de hadas y los mitos y sus miles de versiones, mantienen los mismos temas desde más de 25.000 años a. C. expresando de esta manera un sentido psicológico esencial y único, en una serie de imágenes y sucesos simbólicos.
Estos símbolos contenidos en los cuentos, expresan realidades filosóficas y pensamientos metafísicos que contienen enseñanzas profundas sobre el hombre, el mundo y Dios. En los cuentos suelen repetirse un conjunto de figuras simbólicas que ofrecen un camino de redención al ser humano. Al conectar a la persona con algo que se asemeja a la expresión de un deseo, esos símbolos son imágenes que curan.
Todos podemos recordar al héroe que en los cuentos va a rescatar a la princesa, o al príncipe que debe librarse de un hechizo. El palacio encantado, el bosque que es necesario atravezar, el beso final para despertar a la bella durmiente, el rey que se convierte en sapo, el Hada Madrina que cumple nuestros deseos, entre otros, son imágenes que se repiten, imágenes arquetípicas que reúnen emociones comunes en todos los seres humanos.
Dicen Ortín y Ballester, “un cuento cura cuando: predispone al bienestar, conecta con la satisfacción, abre el campo de percepción de un conflicto, consuela, aporta otros encuadres de referencia de la situación y permite identificarse con él y por ello aligera la sensación de soledad.”
El misterio del cuento depende de cada persona, de su historia personal, de su biografía. Por eso el cuento es memoria, porque conserva la historia de cada uno, la historia de una familia y por supuesto de una cultura.
Un cuento valioso es una obra de arte y nos recuerda al decir de Roberto Cossa: “Sin arte no hay belleza, sin belleza no hay ternura, sin ternura el hombre está perdido.”
“Había una vez”…dicen los cuentos, recordándonos que comienza una historia, que comienza una vida, que un proceso está en movimiento, que habrá acciones y experiencias y que el tiempo nos abre a la posibilidad del cambio.
Juguemos a contar cuentos, escribamos cuentos, escuchemos relatos de nuestros seres queridos, inventemos personajes, recreemos escenarios…el juego y el cuento comparten la riqueza de facilitar el crecimiento, de acercar a la salud, de posibilitar experiencias creadoras como formas básicas de vida. El juego y los cuentos nos abren al mundo de los afectos.
El pedagogo Gianni Rodari nos recuerda que “El cuento es un instrumento ideal para que el adulto permanezca junto al niño.” Con esto nos indica que la narración de cuentos es un medio que permite el encuentro con el otro, no sólo entre pares, sino entre adultos y niños. Y en ese encuentro que propician los cuentos, sin duda permiten recuperar las emociones perdidas o anulados y por ello son un instrumento a recuperar en esta época de problemas en los lazos intergeneracionales.
Nuestra época llamada por Lipovetsky “la era del vacío” entre otras cosas por la dificultad en el mundo de los afectos. Si pensamos en esta característica de nuestra realidad sin duda, apoyaremos la revalorización de los cuentos. Nuestra realidad en la cual hay muchos lobos alrededor de nosotros, sólo puede ser sobrellevada con la creatividad, el humor y el juego como recursos de salud: “Lobo ¿está?” Trabajar nuestros miedos por medio de los cuentos, nos permite elaborarlos, reconocerlos, integrarlos.
Los cuentos son obras de arte y el arte en general, pueden llegar a ser terapéuticos aun en ámbitos que no fueron pensados para tal fin. Por eso, en la psicología, en la psicopedagogía, entre las medicinas alternativas, en la educación y la capacitación profesional, los cuentos son recursos privilegiados de encuentros con espacios saludables para sanar las heridas de nuestra alma.
Ya nos decía Aristóteles: “Lo maravilloso es por cierto causa de placer, como se deduce por el hecho de que todos relatamos una historia con agregados en la creencia de que ofrecemos un deleite a muchos oyentes.” Por eso recuperar la sabiduría milenaria de crear y relatar cuentos es sin duda recuperar algo valioso para la humanidad.
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