En Recreación > cuento
A mí me mintieron siempre. Desde chico me contaron cuentos, me dijeron cosas que no eran, pintaron mundos que no existían. Inventaron escenarios y recrearon situaciones, orientándose siempre en una única dirección. Después de setenta años de vida, podría elaborar una gran lista con todas las mentiras perpetradas hacia mí (y también hacia usted, imagino). No sé si hago bien en decirlo, pero gracias a haber creído esas mentiras, yo también aprendí a mentir para mi beneficio, algo que mis padres se empeñaron tanto en enseñarme como imperdonable. Lo que yo digo es que no importa creer o decir una mentira. Lo que tiene verdadero significado es ser consciente del engaño. Creer o no creer no debería ser considerado esencial, lo vital es conocer la naturaleza de aquello que creemos o decimos, sea falso o cierto. ¿Me explico? Usted podrá discutir conmigo este razonamiento y me dirá que soy un estúpido si fui capaz de confiar en algo que sabía que no era cierto. Pero así es como funcionan las motivaciones: para vivir en armonía - aunque sea con uno mismo -, es vital tener convicción; más allá de saber que lo que uno haga esté mal o bien, más allá de comprender que lo que uno diga es una falacia o algo auténtico, el hecho absolutamente necesario consiste en confiar. Así pudieron robarnos tanto durante todos los años que tiene nuestra historia. Nos sacaron lo que pudieron en base a mentiras necesarias. Nos contaron cuentos.
Le voy a dar un ejemplo personal para que le quede más claro: cuando yo tenía quince años me decían que el país estaba en paz, la vida era buena y rentable y la industria nacional funcionaba en óptimas condiciones, exportando productos en forma permanente. Yo sabía que mentían, no era ningún idiota. Pero tenía que vivir y seguir trabajando (sí, empecé desde chico). Quizás no me comprenda. Pero le recuerdo que a partir de 1946 la industria dejó de funcionar. ¿Sabe por qué? Porque vivía de la guerra. Todo lo que vendíamos afuera lo dejaron de comprar y no pudimos comerciar con nadie; entonces los del norte aprovecharon y vinieron a hacer negocios con el amadísimo general. Y si me permite, le puedo demostrar que el general ayudaba a los trabajadores, gracias a él vivían bien y percibían su salario. Pero no me venga a decir que él realmente creía que eso estaba bien. No le importaba ni uno solo de los trabajadores, simplemente perseguía el beneficio personal. Y tuvo que crearse y creerse una mentira que de antemano concibió como mentira: que ayudar al pueblo era bueno para el desarrollo del país. Esa convicción le permitió ganar terreno, negociar con el extranjero y beneficiarse con préstamos que jamás devolvería. Perdóneme si me voy por las ramas. Pero no me gusta dejar cosas por la mitad y creo que mis ejemplos son claros. Como le decía, cuando la guerra terminó, la industria nacional se vino abajo. Tal vez usted no lo recuerde, pero todo empresario exportador estaba entristecido, y a favor de la guerra. Todo lo bello que la palabra paz podía conllevar se ensució en aras de un futuro próspero. Sabíamos que estaba mal defender la guerra, pero la defendimos a toda costa porque a nosotros nos convenía. Tuvimos convicción y por eso no se nos puede condenar. ¿Cómo continuaríamos nuestras vidas si festejábamos el fin de una guerra que nos daba de comer? Asimilamos la caída y supimos que comenzaríamos a vivir mucho peor que antes. No me venga con cuentos a mí.
Si siguiera con la lista podría estar todo el día. Pero quédese tranquilo, sólo le voy a dar ejemplos suficientes y necesarios para que entienda bien lo que le quiero explicar. Quizás usted se aburra y piense que me estoy explayando mucho y quiera que me vaya y responda sin rodeos, pero ¿qué es la vida sin rodeos? Igualmente, puedo asegurarle que todo lo que le cuento es imprescindible. Porque usted podrá entenderme y yo podré sentirme bien conmigo mismo. Necesito esa paz interior que todo ser humano busca en su vida. Sí, ya hablaremos de la paz.
Otra gran mentira que quise creer, porque tenía que seguir adelante (yo sabía, yo sé, que Dios no existe), fue la religión. Discúlpeme si usted es muy devoto de algún tipo dios o algo que se le parezca, pero yo pienso así. Y sin embargo, tengo que creer, aunque he comenzado a superar ese conflicto. Suena paradójico, lo sé, pero es perfectamente entendible. Tiene derecho a pensar que estoy loco y no lo culparía por eso, no le voy a venir con cuentos yo. Pero comprenda que a los dieciocho años perdí a mi madre y a los diecinueve a mi padre; me casé a los veinticuatro y dos años después perdí a mi esposa... Necesité encontrar alguna justificación para no tirarme al río. Y me tragué la pastillita del Dios Todopoderoso que vela por nosotros, nos mira desde arriba, ¡cuantos cuentos!, digita nuestra vida y sabe con exactitud qué vamos a hacer en cada momento de nuestra existencia. Sentí que ahí podía estar el remedio: pensé que mis padres pasaban a una vida mejor, mi esposa estaba con los ángeles y yo podía mitigar mi dolor yendo a rezar todos los días, haciendo los cuentos de dios y maría santísima . Le repito, era consciente de que sería inútil todo eso del rezo y cerrar los ojos y la cruz y arrodillarse y entrelazar las manos, pero lo hacía, mintiéndome a mí mismo para que vivir no fuera una condena. Tuve que creer que con la ayuda de Dios iba a vivir mejor, como si hubiera tal dios; teniendo en cuenta además que en el caso de efectivamente morar en los cielos y en todas partes, se ocuparía de ayudar a otra gente y no justo a mí. No le puedo negar que en la etapa del ’55 al ’58 hice mis buenos negocios: yo estuve del lado conveniente. Pero le aseguro que no fue gracias a ningún dios. Las conexiones no las hace Dios, usted sabe que eso no son cuentos. Terminé de convencerme cuando todas mis suposiciones terminaron de corroborarse: viajé al extranjero y presté especial atención a iglesias, basílicas y catedrales. Contribución por aquí, contribución por allá. Figuras de Cristo, distintas según la iglesia, maravillosos vitrós. Y oro. Mucho oro. Admito que por un momento me sentí un imbécil, pensé que me habían tomado el pelo pregonando la justicia, la igualdad en el mundo y la libertad. Sólo mirando los techos daba risa pensar en todas esas cosas. Lo que más me dolió fue el tema de la austeridad. No hace falta que le explique: millones de pobres en la miseria orando al cielo y los que se casan con el Señor gozando de los lujos que gracias a Él la Iglesia pudo obtener. En fin, supe todo eso, pero me obligué a seguir creyendo. Creí una farsa que me ayudó a vivir. Y gracias a eso me permití conocer a otras mujeres y dejar atrás el recuerdo de tanta muerte, sin vueltas y sin cuentos posibles.
Ahora me mira con esa cara y yo me doy de cuenta que lo que digo no le interesa, pero igual me presta atención. ¿Se puso a pensar alguna vez cuán paradójica es la vida? O sea que algo quiere saber, espera que en algún momento llegue a sus oídos un dato revelador de algún misterio que quizás yo ignoro. Puede no estar de acuerdo con lo que pienso, pero me sigue escuchando. Si no le parece mal, tengo más mentiras para contarle, algunos cuentos más.
Le voy a preguntar algo: ¿usted vivía bien en la época de la exitosísima Revolución Argentina? Imagino que, como yo, estaba del lado conveniente. Era sencillo llenarse de plata en esa época: sólo bastaba con estar en el flanco correcto y apoyar ciertas ideas. Arengar, respaldar y adular, y si era necesario, escapar. Nada muy complejo. Le voy a hacer otra pregunta si me permite, un poco más terrible: en el año 1978, ¿usted festejó? Yo también, no lo niego; todos festejamos. Usted sabía lo que pasaba, no me venga con cuentos. Y sabiendo todo eso (no quiero entrar en detalles atroces como mencionar las torturas con picana o los cuerpos arrojados al río desde lo alto), usted gritó igual y salió a la calle - quizás fue a la cancha - ¿no es cierto?¿Hizo algo por el presente que percibía? No, porque tenía miedo, igual que yo y muchos. Entonces, ¿acaso no creía que todo estaba bien, que éramos campeones legítimos, que la gente era feliz porque estaba en la calle festejando alocadamente? Creía en eso sabiendo que era mentira porque de otra manera no podría haber seguido viviendo. Aunque no quiera hablar, no hace falta que asienta para decirme que sí. Yo sé la respuesta, como la saben nuestros compatriotas. Pero no debe sentirse mal por eso, o me va a hacer los cuentos de la abuelita.
Créame si le digo que no me siento culpable. ¿Sabe por qué? Porque sé que no soy la excepción a un mundo de gente buena y franca. Soy uno más en medio de la gran cantidad de mentirosos que habitamos el planeta Tierra. Todos hacemos lo mismo, algunos en mayor medida que otros, pero siempre damos vuelta la cabeza y miramos para otro lado. Le pido que no me niegue semejante verdad, quizás una de las pocas que realmente puede sustentarse con hechos. Yo le digo: fui y soy un hombre fuerte, pero creo que todos somos ingenuos. Usted es ingenuo, por ejemplo, porque sigue escuchándome sin interesarle nada de lo que digo, pensando que quizás le devele algún secreto que ni usted sabe qué puede llegar a ser. Yo soy ingenuo, porque desnudo todas las facetas de mi personalidad. Y el mundo es ingenuo; no le voy a explicar caso por caso los distintos tipos de ingenuidad. Creemos lo peor, que es lo actual, lo real, para no desesperanzarnos. Y entonces nos permitimos soñar con algo mejor, aunque sabemos que no ocurrirá. Es lo que le dije al principio sobre las motivaciones, ¿se acuerda? El tema de la convicción. Si uno se convence de que el cambio es posible, aún sabiendo que no lo es, puede vivir pensando en esa dirección, intentando cosas que puedan llegar a cambiar algo, a pesar de que los cambios vienen de otro lado y las acciones de cada individuo son simples desviaciones de un plan perfectamente ideado: desde el siglo XIX, con la tan festejada y recordada Independencia, hasta hoy, la historia siempre ha sido la misma. Han pasado intelectuales con ideas renovadoras, a veces polémicas (la lista de nombres también sería extensa), libertadores de pueblos convertidos en héroes sin saber realmente qué es lo que hicieron, creadores de símbolos, flamantes dominadores de las tácticas bélicas, adoradores del color rojo, torturadores de antes, torturadores de ahora. Sabios ignorados, científicos deportados por ser demasiado buenos, generales ovacionados y temidos. Portavoces de violencia, ministros de guerra, dirigentes corruptos, represores vestidos de azul y también de verde. En fin, podría seguir nombrando, pero creo que no hace falta. Usted debe entender el punto: siempre lo que se intenta es perjudicar al pueblo. En formas más o menos violentas, el foco está ahí. Y cuando en un lugar se suceden tantos hechos de violencia hacia el individuo común, la supuesta paz alcanzada empieza a debilitarse. Entonces se llega a la guerra y ahí está el problema. Porque la realidad no es que se llega a la guerra. La guerra es el estado inicial de todos los lugares, hasta el más recóndito del planeta Tierra. Que de pronto estalle una revuelta no quiere decir que antes había paz y de repente se quiebra. Porque paz no hubo nunca en ningún lado, y menos en este país. ¿Me sigue? Por supuesto, puede ocurrir que usted tenga un concepto de paz equivocado, así que voy a explicarle lo que esa palabra envuelve para evitar malentendidos. Es obvio que no hace falta decir qué es la guerra. Pero la paz tiene sus complicaciones. Quizás pueda pensar que es un estado en el que todos son solidarios, el mundo es perfecto, no hay conflictos severos y el orden es inalterable. Eso sería, déjeme aclararle, cometer un grave error. Porque si el mundo fuera así, no habría vida. La perfección está en los diamantes, no en los hombres. En definitiva vivimos peleando, algunas veces por tonterías, otras por cosas importantes; pero siempre necesitamos un problema, por pequeño que sea; precisamos guerra. Por eso le digo, la paz como algo alcanzable no existe, es sólo un ideal. La única paz que es posible alcanzar es la “paz interior”. Eso significa estar bien con uno, no tener problemas con su propia persona; ahí se puede afirmar la existencia de paz. Y sin embargo no es un estado permanente. No me va a decir que nunca estuvo enojado consigo mismo, no me va a venir con cuentos.
Como se debe haber dado cuenta, el tema es complejo. No quiero abrumarlo, pero creo que hasta ahora he sido bastante claro y espero que no piense que mis palabras están vacías. Porque tengo muchas más cosas para decir.
Antes que nada, le aclaro que la idea de la masacre no fue mía. El desgraciado ese de los bigotitos recortados pergeñó todo. Yo no tuve nada que ver. No quiero que piense que ensucié mi intachable honra ideando un plan tan siniestro. De ninguna manera.
Yo siempre actué de acuerdo a mis convicciones personales: generé mucho dinero para asegurarme un futuro próspero y para no tener que trabajar en los siguientes años de mi vida. Me moví en silencio por ambientes hasta ese entonces desconocidos y puse en práctica mis habilidades como negociante. Volví a tener lo que había perdido tras el fin de la segunda guerra. Todo recobró sentido. Conocí una nueva mujer y me casé por segunda vez. Formé una familia, tuve dos hijos y agradecí a Dios (¿se da cuenta cómo funcionaba de bien mi autoengaño?), por ponerme de nuevo en el buen camino. Y aunque debía soportar lo inservible y torpe que era mi esposa para cualquier tipo de tarea, yo me sentía feliz manteniéndola a ella y a mis hijos. Era realmente poderoso. No le voy a negar que me molestaba un poco mi situación, pero podía hacer lo que quisiera: salir a la noche con otras mujeres, amar a la mía y no sentir culpa por una que otra noche de aventura (después de todo, mi esposa no era tan mala en la cama). Mi familia vivía bien gracias a mí, porque yo ganaba mucha plata. Es lógico que con un trabajo como el mío la prosperidad sea tanta. Pero mi felicidad tuvo un límite. Y por suerte mi hartazgo coincidió con la propuesta del desgraciado ese que tanto daño le hizo al país. Reconozco que el plan fue perfecto, pero le recuerdo que no fue idea mía. No soy tan macabro como usted podría creer. para que andarle con cuentos.
Nunca imaginé que iba a ser tan sencillo volver a ser libre. El día de la masacre yo me fui de casa por órden del turro ése. Él juntó a su gente y se encargó de comenzar a construir nuestra ruina como nación. Empezó por mi casa, y como yo casualmente no estaba, debió ensañarse con ellos. No le costaba nada: comparadas con la lista de víctimas que tenía confeccionada, tres era un número más que insignificante. El favor estuvo hecho y mis ganancias volvieron a aumentar: sólo debía mantenerme a mí mismo. Piense que esa fue tan solo la pequeña parte de un pedazo de nuestra historia. Y por eso no me siento culpable ni responsable: el encargado fue aquel desgraciado que no tenía escrúpulos de ningún tipo. ahí sí que no le voy a contar cuentos.
Le pido que me entienda. Vuelvo a lo que le dije al principio: lo importante es tener convicción. Quizás piense que hoy estamos muy mal, pero debe ser consciente de que la nuestra es una posición privilegiada. Por eso si en algún momento necesita ayuda, no dude en llamarme de vuelta. Tengo otros contactos. Pero no se olvide: confíe siempre en lo que haga. Esa puede ser la base del cambio.
A mí mal no me fue.
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Comentarios
Comentario de julianus85
Un buen cuento argentino.