La humanidad y la superstición (esbozo previo al análisis literario de los cuentos de Gallegos)

El drama diabólico, presente en todas las sociedades del mundo, señala la presencia de un imaginario colectivo adherido a la conciencia humana desde tiempos remotos. Alberto Cousté en Biografía del diablo argumenta que el Diablo ha habitado en la razón del hombre mucho antes de su conversión al monoteísmo. Así, por una parte, los cultos religiosos, se han encargado de adoctrinar sobre el bien y el mal, sobre el Amigo Bueno y el Enemigo Malo, valga la tautología. Este adoctrinamiento ha sobrecargado en cada época el imaginario popular; ha convertido a unos al mal y ha devuelto o mantenido a otros del lado de la luz, ambas, posiciones ortodoxas de un sistema religioso, político, social y económico que promueve el adormecimiento de las masas. La conversión al mal se traduce – en cierto modo – en la práctica de ritos diabólicos, en el fervor hacia los fetiches y en lo que la Iglesia ha denominado en sus tratados de Teología Moral como magnetismo por arte diabólico y magnetismo impostura, tema ampliamente discutido por San Alfonso María de Ligorio y Frascinetti. Para la Iglesia, toda aquella creencia extraña a la fe religiosa y contraria a la razón es pecado; de ahí que la superstición sea un acto que reafirma la nigromancia, la magia negra , y que conduce al extravío de las almas y a la rendición ante el Rey de las Tinieblas: Satanás .

Para los pueblos cuya única instrucción ha sido el hambre, la pobreza, el abandono y la miseria, la vida parece estar llena de misterios. Su gente ve en el entorno sucesos inexplicables que le causa asombro. Fernando Ortiz en el libro inédito Brujas e Inquisidores afirma que “la creencia en espíritus, ocasionalmente buenos o malos, es la base intelectual de la religión; su base emotiva está en el ansia de lograr su feliz convivencia para calmar miedos y fortalecer esperanzas; su base ética consiste en el deseo de ligarlos o relegarlos con los humanos destinos y quehaceres; su base económica está en propiciarles la segura y fácil obtención del sustento para el mantenimiento de un orden social y para la continuidad de la existencia misma. Todas las religiones son espiritualistas y el trato de los espíritus es su función”.

Por otra parte, Europa, en su imaginario colectivo muestra transformaciones en la matriz cultural que se manifiestan en las representaciones de Satanás y en los íconos celestiales; estas mutaciones son el producto de las consecutivas modificaciones de los lineamientos eclesiásticos a través de los siglos. Las imágenes infernales son más terribles en los siglos XV y XVI. La parusia de Johannes Faustus de Heidelberg (1462-1516) en combinación con Martín Lutero y la Reforma, le dieron al Diablo la posibilidad de afirmar o negar su existencia, de instalarse o aislarse de la inteligencia de la época. Lutero, para la historia y la religión, es considerado como el protoenemigo del demonio por excelencia y las comunidades esotéricas sitúan al Doctor Fausto de Heidelberg como iniciador de la especulación demónica, del arquetipo diabólico que llega hasta nuestros días. El Renacimiento y su poder inquisidor generó la movilidad de lo demónico y se manifiestó en la literatura, en la escultura, en la pintura y en el arte en general; ejemplos muy ilustrativos son las pinturas de Jerónimo Bosch “El Bosco”, Brueghel y Durero, en los que Satán es una testificación de una realidad tocando la conciencia artística e intelectual. Cuando el arte convierte al demonio en la expresión de un colectivo y este colectivo lo admite en su cotidianidad, la especulación y la superstición fundan una visión fenomenológica del mal que intenta dar explicación a todo aquello que pareciera proceder del infierno. Para Adolfo Kurtois –cito de memoria- autor de “Demonio y sociedad”: La cultura de un pueblo late en sus tradiciones y fenece en sus supersticiones. Quizá Kurtois intenta explicar que la ignorancia de una nación, afincada en las supersticiones, activa un ciclo de dolor en la mayoría de sus habitantes repitiéndose de generación en generación. Las naciones más poderosas son aquellas que poseen una identidad inquebrantable fundada en su pasado ancestral y patriótico. México es un caso atípico como nación poderosa. Posee una historia prehispánica sorprendente y un heroísmo emancipador admirable, a pesar de que su historia republicana ha visto desfilar a la dictadura con frecuencia. Los mexicanos son más mexicanos que ellos mismos y salvan el infortunio de la pobreza afianzando sus creencias en fetiches creados por el hombre, ingeniados por el conquistador en su afán de inculcar la fe utilizando como vehículo la mentira: La Virgen de Guadalupe . México es uno de los países americanos más supersticiosos y según las profecías del Libro de los Libros del Chilam-balam, está atado a una rueda de autodestrucción; por ello, seguirá sufriendo o viviendo con la verdad de la felicidad a su modo.

Rómulos Gallegos, en una conferencia dictada en el Lyceum de La Habana afirmó: “Yo escribí mis libros con el oído puesto sobre las palpitaciones de la angustia venezolana” . Se torna curiosa y apasionante la obra de Gallegos cuando se evidencia una amplia distinción entre el tono narrativo de sus novelas y el de sus cuentos. Los cuentos de Gallegos están rodeados por un aura pesimista; sus personajes, la actitud ante el paisaje y el uso reiterado de un lenguaje sombrío, revelan la más clara y exacta realidad venezolana de la primera mitad del siglo XX. Y más allá del lenguaje acomodado en la técnica y en la intención literaria, aparece también su memoria individual olvidada en sí misma . En la salvaje majestad de los paisajes desolados que describe Gallegos en sus cuentos, está su propia soledad angustiosa, el propio destierro de sí mismo desde donde arroja, casi invisiblemente, los símbolos de lo demónico que pertenecen a un campo alejado de la superstición y muy cercano a los conceptos herméticos y milenarios que la humanidad ha tenido sobre el mal. Gallegos como novelista y cuentista es un rebelde que pretender crear su propia realidad por encima de Dios; todo escritor es un asesino de realidades, pasa sobre ellas para recrear lo que él cree que es la verdad, son sus demonios los que se despiertan a la imaginación y crepitan sobre la pluma para producir un texto que manifieste todas sus incertidumbres, sueños, fantasías, frustraciones, obsesiones, patologías, aspiraciones, triunfos y fracasos. Ya Mario Vargas Llosa en el ensayo “García Márquez:Historia de un decidio”(1971) apuntó que “el proceso de creación narrativa es la transformación del demonio en tema, el proceso mediante el cual unos contenidos subjetivos se convierten, gracias al lenguaje, en elementos objetivos, la mudanza de una experiencia individual en experiencia universal” . Es así como en El Crepúsculo del Diablo, El milagro del año, Marina y Paz en las Alturas, -todos escritos en 1919-confirman que la figura del morê o demiurgo del mal es en su particular modo literario, una expresión y una extensión de la creencia popular, de las tradiciones de una nación que se refugia en la superstición cada vez que existe una desintegración socioeconómica y cultural en la que el pueblo sufre mental y emocionalmente. Los cuatro cuentos fueron escritos durante el período ruralista de la dictadura de Juan Vicente Gómez en la que el analfabetismo, la carencia de novedad, la miseria, la desolación y el miedo, eran una constante que aspiraba inmolarse tanto tiempo como el dictador tuviera la gracia de la vida. Las acciones que fluctúan con velocidad y agresión de inicio a fin en El Crepúsculo del Diablo están inspiradas en los ritos de carnaval celebrados en toda América y más profusamente en Cuba, Brasil , Argentina y Uruguay. Pedro Nolasco es el diablito de carnaval, el escobero, el Papá Baltazar, el indiecieto ñáñigo, que año tras año guió a la procesión durante las Fiestas de Carnaval y de Corpus Cristi, prolongando así una tradición que durante la Colonia no fue más que una válvula de escape para que los negros esclavos calmaran sus ansias de libertad. Pedro Nolasco se ve desplazado en el cuento por un personaje innovador: El Payaso, quien termina por derrocar su reinado carnavalesco apedreándolo hasta sacarlo de la ciudad y de la vida. Es el payaso, la representación del Diablo y no el Diablo de la Parroquia: Pedro Nolasco. La novedad del payaso irrumpió en el adormecimiento de la multitud acostumbrada a una tradición sin variantes. Las fiestas de carnaval y de Corpus Cristi son la prolongación de la paganidad, es un acto de profanidad y de deslealtad al Dios de la cultura dominante; se adora al Diablo, el primer ente interesado en derrocar al Dios cristiano, y se construyen altares para los dioses negros.

En Marina, el autor es explícito al trazar su perspectiva en torno a la superstición como producto de la degeneración de un país: “sobre su raza pesaba el embrutecimiento de una raza que no tiene vida interior(p-323)”. Los personajes de Marina permanecen envueltos en la desamparada y lúgubre desolación de un paisaje que “sugiere la abrumadora impresión de las tierras por donde ha pasado el soplo de las maldiciones bíblicas (p-322)”. Esta actitud ante el paisaje es un artificio literario que permite al autor, demostrar con contundencia el grado de superstición que experimentan sus personajes. En Marina, la mujer transida por la muerte de su marido, quien yacía inerte y putrefacto en la cabaña, confiaba en la resurrección de su hombre al afianzarse en la creencia de pedirle la salvación a las emanaciones que salían del cuerpo del difunto, “porque ella había oído decir que las exhalaciones son las almas que se escapan de los cuerpos de los que mueren y que, si al verlas se les pide algo antes de que se apaguen, siempre lo conceden. Ella había oído decir que cuando al lado de los muertos, no hay una persona que rece “para ahuyentar al enemigo malo”, éste se apodera del alma que ronda en torno a la casa mientras está el cuerpo en ella. (p-324)”. Léanse los siguientes pasajes que reafirmarán la intención de Gallegos en demostrar cómo los venezolanos del primer cuarto del siglo XX se ampararon, ciegamente, en creencias populares opuestas a la fe religiosa:

“Entretanto, adelantaba la diestra hacia las cabras haciendo con los dedos la señal de la cruz. -¡Bicho! ¡Bicho! ¡Toma la cruz!... y le dijo al mayorcito mostrándole las cabras que eran para ella animales diabólicos. – Tírale piedras pa que se vayan. A ti te juye el “enemigo malo” porque eres inocente. Vamos a rezá, dijo entonces la mujer temblando bajo la violencia de aquel terror supersticioso.(p-326). ¡Tan solo aquellas tres cabras negras que permanecían mirando el mar de una manera enigmática, que llegaba a ser inquietante a fuerza de ser absurda.! (p-325)”

La historia que presenta el cuento Paz en las alturas es, en resumen, un cuadro de la mísera condición mental, educativa y sanitaria del país. La incultura de Plácida, la madre de Felipe y de su enamorado, el carbonero Crisanto, la condujo a malinterpretar quizá un caso de lepra o lesmaniasis como una posesión de algún espíritu maligno: - “¿ Verdá que parece que dentro de ese muchaho estuviera agazapado e mismo diablo? ¡Cómo me vé! ¡Ave María Purísima! ¡Cómo le blanquean los ojos y le crujen los dientes! ¡Dios me salve el lugar!!Y pa lo que gana viviendo así, que es un pudridero de enfermedades!(p-355)”

Los demonios de Gallegos. Una aproximación a la interpretación de sus cuentos.

Bajaron los demonios para burlarse de mí,

para jugar con sus manos de agua...

sin ni siquiera dignificarme con la muerte.

Los demonios del agua, entre juguetones y pérfidos.

Nuestra barca...se iba desarmando en esa fiesta de demonios.

Gritos, súplicas, blasfemias y plegarias. Los hombres se ahogaban.

Abel Possê. El largo atardecer del caminante

Un acercamiento a la interpretación de sus cuentos

Los demonios de Gallegos permanecieron en algún lugar de su memoria que él desconocía. Aún cuando en su obra el demonio es una constante, la profundidad en torno al tema es a simple vista irrelevante. No existe un interés por la infernalidad y los demonios a la manera de Dante o Milton, pero sí sorprende la simbología demónica oculta tras la palabra escrita, tras sus cuentos. Es interesante descubrir en la relectura de cada uno de los cuentos analizados aquí, cómo de forma inconciente el autor va tejiendo imágenes que guardan estrecha relación con el mundo de los sentidos en conjunción con las huestes diabólicas. Por ejemplo, en El milagro del año, Chavalo es un hombre que asesina a sus compañeros de navío en medio de una mar embravecida. En ese proceso de la acción criminal intervienen los demonios. Cuando el mar se torna violento la presencia del demonio hembra Alrinach y de Focalor son indispensables para que este mar origine catástrofes, hunda barcos y ahogue seres humanos. Cuando Chavalo asesina lo hace bajo la supervisión, orientación y protección del demonio Andras; luego, todo sentimiento de remordimiento y sufrimiento es originado por Alastor, demonio severo e implacable, máximo ejecutor de las sentencias del diablo e identificado con los remordimientos. Así como los dioses de la antigüedad significaban realmente la esencia psicológica de los seres humanos, también los “dioses malignos” funcionan dentro de la psique de los individuos, tentándolos a convertirse en hacedores del mal.

En Marina- es uno de sus cuentos cargado de imágenes que expresan soledad y desesperación- los demonios contribuyen en el desenlace macabro de sus acciones. La desesperación de la mujer por proteger a su marido no es sino una reacción tormentosa originada por el demonio Abyssus. En la sensación permanente de soledad, destrucción y abandono, reina la presencia de la demonia del desierto o espíritu de la soledad: Goleo Beeban, al mismo tiempo que Abaddón penetra en el mundo real para desfallecer toda voluntad de querer hacer algo y para inspirar el más alto grado de desolación. Las tres cabras negras que permanecieron inmóviles hasta que desaparecieron misteriosamente, representan a Azazel, quien es el emisario de las malas noticias. En algunos tratados demonológicos, este macho cabrío era asesinado con la intención de expiar los pecados del pueblo, luego lo abandonaban en el desierto: “La costa solitaria se extendía como el yermo bajo el soplo infernal de la caldereta. ¡Tan sólo aquellas tres cabras negras que permanecían mirando el mar de una manera enigmática, que llegaba a ser inquietante a fuerza de ser absurda!(p-325)”

Aunque la superstición es un reflejo evidente en los cuentos de Gallegos, también la simbología demónica oculta en el texto interesa a esta investigación en tanto pueda realizarse un ejercicio hermenéutico con mayor amplitud. Serán los cuentos de Rómulo Gallegos motivo constante de análisis literario vinculado a historia del pueblo latinoamericano.

Bibliografía

COUSTE, Alberto. (1978) Biografía del Diablo. Barcelona. Círculo de Lectores.

GALLEGOS, Rómulo.(1987). Cuentos completos. Caracas. Monte Ávila.

(Los cuentos de Gallegos)

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Por: Ricardo Sayalero García

Mayo, 2003