A veces me pregunto si es posible estar peor o si ya hemos tocado fondo y es el momento de buscar una salida, como en los cuentos. Es la hora. Me levanto de la cama y me dirijo al baño. Me cepillo los dientes, me lavo la cara, me miro una vez al espejo (extraña sensación), voy a la cocina y me sirvo café. No hay salida. Mientras tomo el primer sorbo pienso que ya no queda nada por hacer, que siempre se puede estar peor y que en efecto vamos a estarlo. Quizás después, o mañana (o nunca), pueda recapacitar y decir que sí, que con esfuerzo todo se logra. Así soy de ciclotímico. Son las seis y necesito lavarme la cara por segunda vez: aún me siento adormecido. Escucho un golpe seco contra la puerta, abajo; apenas dura un segundo. Preparo unas tostadas y voy hacia la puerta, todavía con el pijama. La manía de dejar la llave puesta me permite no tener que volver a buscarla, así que abro y tomo el diario. La tapa es la de siempre: nada de información, mucho color y tipografía estrambótica. Cierro la puerta con fuerza y giro la llave, dejándola puesta. Miro el reloj. Seis y media. Me sirvo otro café. Abro el diario para leer las noticias. Siempre resonantes, siempre las mismas, día tras día, como un libro de cuentos. Decido no comer tostadas, se me antojan galletitas de chocolate. Si no encuentro, las compraré camino al trabajo. Guardo el pan tostado y busco en la alacena vacía lo que encontraré en algún kiosco. Paso algunas páginas. Las noticias sorprenden cada vez menos. O la realidad es tan increíble que parece ficción y entonces no sorprende, o vivimos en una ficción enmarcada en alguna novela de suspenso y no nos sorprendemos porque es como si fuera una pieza literaria admirable que nos detiene en el miedo.

Los mismos problemas, las mismas caras, las mismas atrocidades. Nos amasan, nos amoldan, nos defraudan, nos entrenan. Somos payasos de un gran circo, animadores de una fiesta que no podemos disfrutar porque no nos han invitado. Sólo hacemos un trabajo que nos pagan con nada. Y somos tan descartables como una lata de gaseosa. Servimos porque somos muchos y somos útiles porque hacemos lo que nos dicen que hagamos. Paso por los deportes y cierro el diario. La página de chistes ni la miro porque decayó mucho desde hace tiempo. Me dan ganas de tirar el diario a la basura, de tirar todo a la basura. Por momentos pienso si es posible desaparecer, aunque sea por instantes, de este mundo tan incomprensible, como ya han desaparecido algunos en épocas doradas de nuestra historia. Guardo el diario. no más cuentos. Levanto la vista y son las siete. Tomo el último trago de un café que ya se ha enfriado. Voy al dormitorio y me cambio, rápidamente. Medias, calzoncillo, pantalón de vestir, camisa, saco y corbata; zapatos de gamuza. Agarro el portafolios y me dirijo a la puerta. Vuelvo a buscar el pañuelo, olvido sistemático cotidiano pero elemento esencial debido a la alergia que me acosa entre las ocho de la mañana y las doce y media de la tarde. Cierro con llave y la guardo en el bolsillo derecho del saco, como siempre (vieja costumbre). Me doy cuenta que – como hago habitualmente –, he dejado todo sucio y desordenado. Camino hacia la estación del subte. En el camino adquiero las deseadas galletitas de chocolate para saborear en el viaje que, aunque corto, alcanza para despertarme el apetito, sobre todo si no he comido nada antes. Son seis estaciones, no más de catorce minutos. Bajo rápidamente la escalera y me inserto en el microclima de debajo de la tierra. Compro el pasaje, esa ridícula tarjeta copiada del supuesto mundo desarrollado, que sólo sirve para ensuciar aún más un ambiente sólo soportable por condicionamiento: el calor, la transpiración de la muchedumbre apurada, los empujones. Nos acostumbramos a eso y vivimos con eso. Copiamos lo malo y lo bueno pasa de largo. Por lo menos podrían tener la sagacidad de instalar aire acondicionado en los vagones. Pero no, los gastos van a otro lado; nos cuentan cuentos y se llevan todo. El subte tarda más de lo normal en llegar, por alguna razón inexistente. Arremeto contra la masa de trabajadores y cuando atravieso la puerta se desocupa un lugar cerca de ella. Me siento. El tiempo comienza a eternizarse, no sé por qué pero se me hace interminable. Eso me permite sumirme en mis habituales reflexiones (siempre lo hago en momentos del día en los que no estoy ocupado), a veces constructivas, a veces inútiles, a veces puros cuentos.

Me pregunto si es posible rebelarse, no acostumbrarse a la miseria, pelear, salir de los cuentos idiotas del periodismo. Cierro los ojos y pienso la respuesta. Luego, la solución. Se me ocurre entonces que no sería muy descabellado organizar un escape a otro lado, esfumarme. ¿Y si de repente fuera el subte el que desapareciera, con toda la gente dentro? Esa gente – yo incluido –, ¿sería feliz, estaría contenta por no estar donde está ahora, por salir de una realidad abominable y aberrante; o se acobardaría ante la nueva situación y pediría a gritos volver a lo malo conocido?

Abro los ojos. Casi al mismo tiempo llego a destino. Empujo nuevamente a la masa. Me bajo y busco la salida. Subo apurado la escalera – como todos, vivo a las corridas, la mayoría de las veces sin razón – y vuelvo a respirar (respirar, se entiende, no por el aire puro sino por salir del encierro espantoso de debajo de la tierra, como si fuera un monstruo de esos cuentos de terror). Miro el reloj. Ocho menos cuarto. Temprano otra vez. Camino tres cuadras y entro al bar de siempre, que está frente al gran edificio donde trabajo. Entro ocho y media. Tengo tiempo para tomar un café, tranquilo. Me abstengo de abrir el diario. Miro por la ventana. Unos chicos piden monedas en el semáforo, un viejito vende flores en una esquina; una señora grita porque le han robado la cartera. El presidente anuncia que hemos superado la peor crisis de la historia, el norte prepara la guerra, el oriente prepara las respuestas a esa posible disputa económica-política-bélica. El país está sucio, el mundo se pudre, no me vengan con cuentos de felicidad. Cierro los ojos. Todo desaparece. He encontrado la solución más efectiva. Me pregunto si todos podríamos vivir así: como vivimos ahora, pero con los ojos cerrados. Videntes ciegos, pupilas sin visión. ¿Y si fuera posible detener el tiempo, perderse en una infinita regresión de segundos interminables? Abro los ojos y miro el reloj. Son ocho y veinte. Pago y salgo. Cruzo la calle. Subo la pequeña escalera de entrada del gran edificio donde me encierro todos los días y abro la puerta. Me dirijo al ascensor y presiono el botón para llamarlo. Tarda más de lo normal en llegar, por alguna razón que no puedo descifrar y que nadie me suministra. Se abre la puerta y subo. Doce pisos, aproximadamente medio minuto. Cierro los ojos. Me doy cuenta que en realidad clausurar la mirada adentro de un lugar hermético como el ascensor es tan inútil como abrir los ojos en la oscuridad. La diferencia es mínima. De cualquier manera el encierro se siente y es insoportable. Aquí dentro hay nada más que botones; lo único que cambia cerrando los ojos es la desaparición de la estructura metálica, entera. Abro los ojos. El visor marca piso cuatro. Miro el reloj. Sólo han pasado unos ocho segundos hasta ahora. Cierro los ojos otra vez. Aunque es lo mismo, siento más libertad. Cuento hasta ocho (ciento uno, ciento dos, ciento tres, ciento cuatro, ciento cinco, ciento seis, ciento siete, ciento ocho), y abro los ojos. El visor marca piso ocho; mis cuentas han salido bien. En ocho segundos llegaré al piso doce, se abrirán las puertas, tocaré el timbre, me abrirá la secretaria, cruzaré el pasillo de lado a lado y me ubicaré en mi oficina. Para ese momento serán las ocho y veinticinco y probablemente elogien nuevamente mi puntualidad. Cierro los ojos. Cuento hasta ocho (ciento uno, ciento dos, ciento tres, ciento cuatro, ciento cinco, ciento seis, ciento siete, ciento ocho), y pienso de qué manera podría eliminar la rutina de mi vida. Soy consciente de que es imposible. Estamos hechos para eso, para vivir en la rutina, igual que las ovejas; sólo que por ahora a nosotros nadie nos come (no como alimento, por lo menos), sólo nos roban o nos matan de hambre. Sé que el ascensor no va a desaparecer, que tampoco pasará tal cosa con la redacción, que llegaré como siempre. Abro los ojos. El visor marca piso ocho. No entiendo. Quizás del siete al ocho, o del ocho al nueve hay gran distancia, porque el ascensor sigue en ascenso. Cierro los ojos y cuento otra vez. Los abro. El visor marca piso ocho. Algo pasa. Empiezo a golpear la puerta con desesperación, presiono el botón que dice ‘alarma’; me encuentro perdido, grito, no sé qué hacer. Por un momento deseo fervorosamente llegar a la redacción, volver a la odiada rutina; me siento como todos, queriendo ajustarme al acostumbramiento. Golpeo, golpeo, golpeo. Nadie responde. El ascensor sube y sube. Cierro los ojos. Los abro. El visor marca piso ocho. Siento la fuerza de la maquinaria yendo hacia arriba; vuelvo a presionar los botones con desesperación. Cierro los ojos e intento tranquilizarme. Cuento hasta sesenta (ciento uno, ciento dos... ciento sesenta). Un minuto de relajación. Me tranquilizo. Disfruto estar fuera de la realidad, ya nada existe. Mi solución es práctica y efectiva. Abro los ojos. El visor marca piso ocho. Pasa algo, pero ya no me importa. De repente, me doy cuenta de que todo ha cambiado. Empiezo a mirar la vida de otra manera. Ya no golpeo, ni grito, no presiono el botón de ‘alarma’. Dejo el portafolios en el piso y hago lo mismo con el saco, apoyándolo con cuidado para que no se arrugue. Tengo calor, comparable al del subte de hace un rato. Cierro los ojos. Cuento hasta ocho. Los abro. El visor marca piso ocho. Entonces me saco la camisa y el pantalón. Me recuesto en el piso (por lo menos el ascensor es amplio), y cierro los ojos. Ocho segundos después compruebo que el visor sigue marcando piso ocho, que el ascensor sigue en ascenso, pero que por ahora no se detiene en ninguna parte. Sonrío. Me digo si es posible estar viajando al infinito, si es irreal subir permanentemente sin llegar a ningún lado; tal vez deba considerar que llegar al infinito es llegar a algún lugar. Quizás sea ésa la solución, quizás ahí se pueda vivir de otra manera, contando otros cuentos, leyendo otras cosas. Sonrío una vez más. Miro el reloj. Diez y media. Seguramente allí dentro, en la prisión que se hace llamar oficina, se estén preguntando por qué llego tarde; con seguridad el jefe estará pensando en alguna reprimenda. Es difícil explicar cómo el tiempo pasa sin pasar. Cierro los ojos. Reflexiono. Ya he salido. La realidad no me abruma, la pobreza no me angustia, la miseria no me encuentra, los discursos no llegan a mis oídos; no leeré más diarios. Estoy en otro lado. Ya no puedo odiar nada porque no puedo ver ni oír. Sólo estoy aquí dentro, conmigo. Abro los ojos. El visor marca piso ocho. Ahora sí me siento feliz. Cierro los ojos y me duermo. El mundo desaparece. Me sumerjo en la más increíble ficción. Después sí, confiadamente, abro los ojos. Llegué. Un mundo nuevo me espera, sin cuentos.