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Tanto terreno ha ganado la televisión que inclusive se ha inmiscuido en la esencialidad de lo que alguna vez supo ser pura y llanamente radio. ¿Por qué hablamos de una radio televisiva? Porque hoy, más que nunca, y gracias al crecimiento incesante de las empresas y los intereses económicos, la radio no es más que una reproducción casi perfecta de la televisión. Vamos a explicar por qué.
En primer lugar, los programas parecen cada vez más una excusa para toda la publicidad que albergan. Más allá de su posible riqueza como productos periodísticos, las distintas emisiones ofrecidas por las diferentes radios siguen la misma tendencia: rellenan con contenidos una gran masa de avisos publicitarios. Por poner un ejemplo, de las cuatro horas que dura Cuál es, el programa de Mario pergolini que sale por la Rock and Pop, una hora es de tandas, sumando todos los avisos, y otra hora con seguridad es de música, y estamos hablando de un mínimo; a veces las publicidades pueden durar mucho más. Lo mismo sucede en programas deportivos o periodísticos de AM, donde en cada bloque o antes de referirse a algún tema, siempre hay auspicios, anuncios, publicidad no tradicional, etc.
Quizás una razón posible pueda encontrarse en que la mayoría de las radios son propiedad de quienes también son dueños de canales de televisión y medios gráficos, lo que hace que todo quede gobernado por la misma lógica: al tratarse de empresas, lo único verdaderamente primordial es cumplir con los anuncios publicitarios. "Vendemos y seguimos charlando", "Vendemos un poquito que estamos atrasados y continuamos con el programa"; en las transmisiones de fùtbol, en cada jugada detenida, en cada segundo en que el juego se para, siempre hay alguna publicidad esperándonos. Aquí también, la transmisión del partido es una mera excusa para el rédito económico del excelente negocio de los avisos publicitarios.
Podrá acusárseme de cínico, de escéptico, de un descreido que piensa que nada puede hacerse por fuera del pensamiento del beneficio económico. Pues tendrán razón: vivimos en un mundo capitalista, eso no es novedad, y entre tantas implicancias que podemos mencionar como propias de este sistema está incluida la del beneficio económico. Aquí nadie ingresa a la radio por amor a la profesión (inclusive es casi una quimera acceder a un programa sin ser una persona del medio), nadie se incorpora a los medios porque lo desea, sino porque, o bien tiene la oportunidad de estar en un programa, o bien porque gracias a un contacto comienza a facturar a partir de la torta publicitaria. El capitalismo promueve el individualismo y la competencia, y en pos del beneficio económico la pelea es por los anunciantes. Y aquí reside, tal vez, la única luz de esperanza para que sigan existiendo buenos productos televisivos y de radio y gráfica: en tanto haya puja por un anunciante, podríamos suponer que habrá también un intento por optimizar el producto para que el anunciante se sienta atraido. Por supuesto, Clarín seguirá siendo lo que es, igual que Showmatch, porque a los anunciantes no les interesa que sea un buen o mal producto sino que lo mire mucho público. Pero en el caso de la radio, hay muchos programas, sobre todo de AM, que son periodísticamente interesantes y que no por ser grandes negocios dejan de ser buenos programas.
¿Hay que encontrar una solución, o hay que convivir con ello? ¿Hay que pensar en una situación "irreversible", con la connotación negativa que podemos extraer de ese término, o podemos decir que es lo que hay, y que hay que acostumbrarse a ello? Evidentemente, la situación circunstancial en la que estamos viviendo en el mapa mediático obliga a pensar todas estas cosas, pero en definitiva creo que no hay que alarmarse. Sí reclamar que la radio deje de ser televisiva, que encuentre maneras, vueltas de tuerca para volver a ganar su esencia, la esencia de la radio, de los programas no interrumpidos a cada rato por publicidades. Si nos retrotraemos a los locos de la azotea, a los albures de Radio Belgrano, tendremos allí un poco de la esencia a la que queremos llegar: radios con publicidades, sí, con anuncios y avisos, que en definitiva son los que logran que la radio pueda vivir y mantenerse, pero también programas de calidad, ofrecidos a los oyentes, a la masa de radioescuchas que están allí, con la orejaa parada, día tras día, a alguna de las frecuencias del dial.
Por supuesto, y a modo de cierre, es también necesario concluir en que no hay aún un marco regulatorio que nos permita limitar el acceso de avisos publicitarios a los programas. Más allá de la limitación impuesta en cuanto a minutos -doce minutos de publicidad por programa de una hora de duración-, los avisos no tradicionales han ganado un espacio impensado hace un tiempo, y hoy cobran vigor ante la falta de minutos permitidos para incorporar más anuncios publicitarios. No debemos perder de vista que una radio televisiva arruinaría la magia de aquellas Spika que tanto supieron alegrar a nuestros padres.
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