En Salud y medicina > ataque de pánico
Había oído hablar de eso. Como todo lo que desconocemos, descontaba que a mí, jamás me pasaría. Inmediatamente tuve el prejuicio de pensar erróneamente que el ataque de pánico estaba asociado con un perfil de persona que distaba mucho del mío, lo relacioné directamente con el miedo y la inseguridad. No me sentía un terreno propicio para esa maleza. Tanto es así, que poco me interesé por saber del tema.
Un día, como tantos otros días de mi vida, despedía a unos familiares en la puerta de mi hogar, luego de pasar un grato momento en familia.
De repelente sentí un malestar difícil de describir. Fue como una abstracción. El cuerpo dejaba de pertenecerme, sentía que el corazón dejaba de latirme, que no podía sostenerme. Sentí que moría. Pero sin mediar palabra y sin que nadie notara nada raro en mí, sin que nadie notara todas esas sensaciones que me estaban invadiendo, entré raudamente a la casa, me dirigí a la cocina y buscando una explicación a lo que me estaba pasando supuse que podía tratarse de un bajón de presión por lo que haciéndome eco del decir popular puse en mi boca una cucharada de azúcar y me senté en un sillón a esperar el resultado.
Al notar mi ausencia mis hijos entraron a buscarme y advirtieron que me pasaba algo.
Con el correr de los minutos, lejos de suceder lo esperado por mí, el malestar se incrementaba. Las sensaciones se agudizaban y se sumaba a ellas un temblor incontenible y visible que alarmó a mis hijos, no más que a mí, que no concebía salir del estupor por un estado tan extraño como desesperante.
Sentí que me moría desde un primer momento y no podía dejar de sentir eso a cada segundo, que por supuesto, me parecían horas.
Con lo que para mí era el último aliento, le indiqué a mi hija que pidiera un coche de alquiler y llamara a su abuela para que me acompañe al hospital
Así llegué a la guardia del hospital por la tarde de ese día. Me sentía en agonía, pero no sólo una agonía física, sino que mi mente, aunque luchaba por mantenerse activa, entraba en un letargo. Poco pude decir a los médicos sobre qué me pasaba. Algunas de las frases sueltas fueron:- El corazón se me para. –Siento que me muero. –Tengo una opresión en el pecho. Y todo sin dejar de temblar.
En minutos ya estaba en la camilla desnuda, monitoreada y con médicos y enfermeros haciendo la revisación de rutina.
Presión normal, pulso muy bajo, extrasístole importante y las preguntas obvias.
¿Tuvo algún disgusto? ¿Se asustó por algo? ¿Se puso nerviosa por alguna razón?
Con la cabeza, sin fuerzas suficientes para hablar, la respuesta era NO.
Las horas pasaban mientras seguía siendo observada. Finalmente y sin un diagnóstico preciso me enviaron a casa con la orden de ver a un cardiólogo a la brevedad. Y así regresé a casa, con la misma sensación de muerte y el mismo temblor en el cuerpo que nacía en lo más hondo de mi interior. Apenas sí podía escuchar a mis hijos y a mi esposo que no salían del asombro de verme en ese estado.
Es que sólo había estado en la cama de un hospital para traer al mundo a mis cuatro hijos de parto normal y sin ningún problema. Desconocía cualquier malestar que no fuera un resfrío o un ataque de hígado.
Lógicamente, como cualquiera que cree que va a morir, no quería quedarme sola. Mi esposo no podía despegarse de mi lado, necesitaba que estuviera ahí para cuando llegara el fin. Esa era mi sensación. Los miraba a mi alrededor asustados, y aunque una angustia enorme por tener que dejarlos me abordaba, no podía decir nada, ni siquiera llorar. No podía nada, no podía. Las horas pasaban y yo no sabía que pasaban, cerraba los ojos pero no podía dormir, no podía. Me obligaban a tomar agua y no comí por dos días.
La consulta con el cardiólogo llegó por fin, y un poquito de luz en medio de tanta oscuridad. Luego de exhaustivos estudios y tras una paciente y completa revisión, con una serenidad y aplomo alentadores, el médico , más que a mi , a mi esposo que esperaba atento el diagnóstico, le dijo que no había en mi corazón patología que indicara problema cardíaco alguno, que se trataba de un corazón sano, pero que los síntomas eran reales y evidentes. Sólo que esas alteraciones eran provocadas por algo ajeno al órgano y que consideraba que el problema venía del sistema nervioso. Sus textuales palabras fueron: -Usted tiene, a mi criterio, un ataque de pánico.
“Ataque de pánico”.esa fue la primera vez que lo escuché desde que había empezado a morirme. Orden de consulta para psiquiatría urgente.
No tuve tiempo de horrorizarme, no tuve tiempo de ser prejuiciosa, no tuve tiempo de pensar que estaba loca como piensa la gente comúnmente y erradamente cuando se habla de psiquiatras y psicólogos. Solo me daban vuelta en al cabeza esas dos palabritas que no podía dejar de asociar con el miedo y que en mi estupefacción seguía pensando lejos de alguien con mis características: Ataque de Pánico.
La burocracia hospitalaria me permitió visitar al psiquiatra unos días más tarde. En ese ínterin, volví a pasar por la guardia con síntomas más fuertes aún, lo que me hizo conocer terapia. Esta vez los médicos se asustaron más que yo de mis síntomas y no quisieron arriesgarse a dejarme ir en ese estado. Pero una vez más mi salvador llegó para sacarme de ahí y llevarme inmediatamente a psiquiatría, el cardiólogo (no me cansaré de bendecirlo por su atinado diagnóstico).
Una vez en psiquiatría, donde fui llevada casi en andas, porque cada paso que daba me parecía el último, encontré mucho más que un haz de luz. Encontré la llave para salir definitivamente de semejante oscuridad.
El jefe de psiquiatría abrió el diálogo con la clásica pregunta: ¿Qué le pasa? Cuénteme.
Casi sin poder hablar, a media lengua, le describí lo que me había pasado mientras él leía atentamente la derivación del cardiólogo. Coincidía con el diagnóstico. Otra vez sonaban en mis oídos las dos palabritas raras: Ataque de Pánico. Y tozudamente, sin aire casi, le dije: _Pero doctor, yo no le tengo miedo a nada. ¿Cómo puede ser?
_ No tiene nada que ver eso. (respondió) e inmediatamente me preguntó: -¿Qué siente usted? Una vez más contesté: -Siento que me muero.
Hoy que recuerdo una y otra vez ese momento, considero que fue ahí donde puso en mis manos la llave que me permitió salir de ese infierno.
Con total desenfado y sapiencia me preguntó: -¿Y qué problema hay? Ahí sentí le cachetazo que me sacó del letargo.
Mi respuesta: - Yo no me puedo morir. Tengo cuatro hijos que criar. – Por primera vez en muchos días de una angustia desgarradora sintiendo la muerte sobre mí, estallé en un llanto que quise controlar pero no pude.
Frente a mí, el doctor con una sonrisa me alentaba al desahogo y me mostró la puerta con unas pocas palabras: -Hace un minuto usted creía no tenerle miedo a nada, ahora ya sabe que tiene miedo de morirse.
En el acto cambió mi lectura de lo que es un ataque de pánico, en ese mismo instante y aún con los síntomas de la muerte asechándome dejé de caer para empezar a levantarme, fue entonces que asumí mi estado y me abrí a la idea de que estaba pasándome a mi.
Cuántas son las cosas que no sabemos de nosotros mismos, nos sorprendería averiguarlo.
Y cuántas personas viven esto a diario también nos sorprendería. Hay que saberlo.
Ahí empezó mi lucha y mi aprendizaje. Supe de la boca de mi segundo salvador que nadie había muerto de ataque de pánico todavía, (cosa que me resultaba muy alentadora), que se trata de una alteración del sistema nervioso que se cura, que se trata con medicación según el grado y con terapia, (ambas cosas, no una ni otra por separado), que el tiempo que lleve depende entre otras cosas de la apertura con que se aborde las terapias y del esfuerzo que se ponga en superarse, que siempre va a existir la posibilidad de caer pero vamos a saber cómo levantarnos, que los motivos pueden ser traumas de nuestro pasado y que puede tener detonantes o no, que “ataque de pánico”, no es una mala palabra y que el silencio es su mejor aliado.
Con todas esas herramientas emprendí el camino. Pasé por etapas varias. El camino fue largo, aunque los hay más largos aún. Y me asombré de mí misma. Pasé por largos días de encierro y dependencia absoluta. No iba sola ni siquiera al baño en un principio.
Poco a poco fui superando metas cortas que a diario me ponía. Y aunque los síntomas de muerte me asaltaban todo el tiempo boicoteando mi recuperación, yo no me daba tregua, a los tres meses llegué a la esquina sola y ahí supe que podía.
Los primeros tiempos de quedarme sola en casa permitiéndoles al fin a todos retomar sus vidas fueron difíciles. Dejaba siempre la puerta sin llave porque se instalaba en mi la idea de que iba a morir dentro y que tenían que poder entrar. Me parece mentira ahora cuando lo recuerdo.
Buceé en mi interior, indagué en mis recuerdos más íntimos y lejanos, me planté frente a la realidad, me enfrenté a las verdades que no queremos ver de nosotros mismos, desnudé mis miserias y mis errores, y hacerlo me reconcilió con la vida. Me devolvió la libertad, la voluntad y la razón que el ataque de pánico me había robado, pero con lucha y la ayuda de profesionales, con coraje y con la contención de mis seres queridos.
Para ellos también fue un aprendizaje, fue duro enfrentarse a algo desconocido y difícil de combatir, pero lo hicieron con paciencia y amor.
Deseo que todos aquellos que estén presos del pánico cualquiera fueran sus manifestaciones, cuenten con todo lo necesario para emprender la lucha, porque el triunfo es posible.
El ataque de pánico, otro monstruo que pulula hoy en la sociedad actual.
Si estuvieras viviendo cosas similares, en mayor o menor grado, si tu historia o la de algún conocido se parece a esta, no olvides que un profesional puede darte la llave para abras la puerta y encuentres el camino.
Si ya has pasado por esto y lo has vencido, contarlo, describirlo y mostrarlo puede ayudar a otros que no pueden hacerlo todavía.
María M.Benedetti
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Comentarios
Comentario de JorgeLarralde
Debe haber sido una grave experiencia, te felicito por dar a conocer este problema y por las soluciones que planteas.
Comentario de Pashmina
De verdad que me impresionó mucho lo que te sucedió, afortunadamente todo se solucionó y no tengas miedo, superalo y vive la vida al momento, disfrútala porque nunca sabemos cuándo acabará.
Suerte y éxito!!
Comentario de meganbennet
Es muy importante que la gente que ha pasado o esté pasando por este problema de testimonio de sus sensaciones porque sin duda el compartirlo ayuda a los demás panicosos en este difícil momento y también a aquellos que sin saber qué hacer les toca apuntalar a alguien que pasa por esto.
Sería bueno que aquellas personas que estén sufriendo este problema se conectaran con otras con el mismo problema para exteriorizar lo que sienten y hacer de la recuperación un camino más sencillo-.