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¿Qué es el cáncer?
El título del presente artículo puede resultar absurdo, sobre todo para quienes se introduzcan en él desde el orden médico.
Cómo arrancar, intentando capturar la atención de los lectores, haciendo una pregunta cuya respuesta parece tan obvia... Todos, bien o mal, sabemos qué es el cáncer. Es una enfermedad, auto-gestada. Es decir una enfermedad que no depende del contagio con algún agente externo que la produzca.
Hasta aquí, supongo yo, todos de acuerdo. Pero, esta respuesta, ¿a quién responde?
De seguro no al sujeto que está padeciendo un cáncer y que no tiene la menor idea de cómo vérselas con el asunto.
A ese sujeto, más que a ningún otro, se dirige este artículo. A todo aquel que sabe que convive con un cáncer activo y no se siente capaz de hacer algo, por las suyas, para sanarse.
Seguramente en este punto, ya no estamos todos de acuerdo. En especial aquellos que, viniendo del orden médico universitario, o de cualquier otro afín, suponen que el que padece la enfermedad no cuenta con los medios para erradicarla.
Respondiendo, entonces, a la pregunta muda de todos aquellos que padecen o han padecido un cáncer activo, afirmo que el cáncer no es ni más ni menos que un enigma.
Es un acertijo y todo aquel que pueda resolverlo, de inmediato comienza el proceso de remisión.
Lo dicho lo quiere negar, en lo absoluto, que haya muchísimos otros caminos a partir de los cuales se pueda arribar a dominar la enfermedad. Y conste que utilizo una palabra que intenta neutralizar el enojo de los médicos susceptibles; que pudieren tomar a mal que alguien que no deviene de sus filas, sostenga la osadía de emitir una opinión que los atañe.
Sin embargo yo no considero que las enfermedades puedan ser tratadas, en ningún caso, como trastornos ligados al soma.
Cualquier enfermedad, y en especial el cáncer, es el espejo de una dolencia del espíritu.
Y esto de ningún modo nos remite al orden metafísico. Todo lo contrario. Como dijera cualquier adepto al Tantra: todo es manifestación del espíritu.
Pero entonces, ¿es esto un simple juego de palabras? No. Quiero decir que no hay diferencia entre el espíritu y el cuerpo. Es cuerpo es lo denso de nuestro espíritu. Su forma de manifestación que nos permite relacionarlo con los otros.
Entonces, volviendo a mi definición del cáncer, cuando nuestro espíritu se halla frente a una esfinge que no comprende, a quien no puede dar respuesta, está en perfectas condiciones de desarrollar un cáncer.
Mas, al mismo tiempo, está en perfectas condiciones de ponerse manos a la obra para resolver el acertijo y, como consecuencia, integrar la esfinge a su vida. Lo que conllevará, como una de sus consecuencias más deseables, la remisión de la enfermedad.
Una prueba a mi favor es el hecho que los sanadores metafísicos pueden ver un cáncer, en el cuerpo áurico, varios años antes de que el mismo se manifieste en el soma.
Con esto quiero decir que si, frente a la enfermedad, optamos por el camino de la cura del cuerpo, nos acotamos a lo orgánico, tarde o temprano la manifestación de desarmonía espiritual reaparecerá. Tomando idéntica forma, como retorno de la misma patología, u otra, volveremos a tener que vérnosla con la demanda de la temida quimera.
Desde esta óptica la tan injuriada esfinge pasa a devenir en una de las tantísimas formas que pueden tomar los mensajeros divinos, comúnmente nombrados ángeles, para llevarnos al estado de alerta.
Cómo en cada situación de la vida, ante la confirmación del diagnóstico médico, solemos preguntarnos ¿por qué a mí?
Sin embargo esa pregunta conlleva, oculto, el arquetipo nefasto de la víctima. Cada vez que nos interrogamos sobre el por qué, en cierta forma, no nos responsabilizamos de lo que estamos viviendo.
Suponemos que nos está pasando algo, que somos víctimas pasivas de un agente activo que nos tomó por presa.
No nos hacemos cargo de que estamos atravesando una fantasmática que deviene de nosotros mismos.
Por eso la mejor forma de comenzar el camino de la sanación está en preguntarnos ¿para qué a mí?.
Esta pregunta, tan semejante en su estructura a la anterior pero tan diversa en sus consecuencias, nos posiciona en el campo de las acciones a emprender para comprender el sentido de la enfermedad.
Esta pregunta nos convierte en protagonistas activos. A partir de ella estamos abiertos a aprender lo que el cáncer tiene para enseñarnos.
Cada caso es único e irrepetible. Es esto tan cierto como difícil de aceptar.
Cuando estamos atravesando un momento límite solemos buscar grupos de autoayuda, hablar con gente que este pasando por la misma situación. Como si verdaderamente fuera posible. Jamás encontraremos a otro ser humano que esté frente a lo mismo, porque somos únicos e irrepetibles.
Idénticos en esencia. Únicos e irrepetibles en la humana historia de nuestras vivencias. Quizás sea esta la paradoja más compleja del ser humano.
Por eso la primer comunicación que necesitamos establecer, en estos casos extremos, es la comunicación con nuestro centro. Con el self.
Cualquier enfermedad deviene del ego. De aspectos del ego que nos llevaron a alejarnos del centro y por ende de nuestra misión.
Todos, sin excepción, al encarnar asumimos una misión. Es para cumplirla que bajamos a la Tierra y cuando nos alejamos, al extremo de perderla de vista, deja de tener sentido nuestra permanencia.
Quiero dejar en claro que para cumplir una misión no es menester ser conciente de ella. La gran mayoría de la humanidad la cumple sin tener la menor idea, sin haberse preguntado nunca, cuál es su tarea.
Muchas veces acudir a una metáfora cotidiana nos ayuda a clarificar.
Imaginemos a un guardia de seguridad que en su turno de custodia se queda dormido. Entra al lugar un delincuente y lo primero que hace es matar al guardia dormido.
Descuidar nuestra misión tiene una consecuencia que afecta al cosmos en su conjunto. Pero fundamentalmente nos afecta, en primer término, a nosotros.
Ahora, estamos en condiciones de dar una nueva respuesta a la pregunta original: ¿Qué es el cáncer? Es una forma privilegiada, que tiene el orden universal, de comunicarnos que no estamos cumpliendo nuestra misión. Y que, por ende, estamos poniendo en riesgo de muerte nuestra permanencia en la Tierra.
Ver, comprender y actuar, tres momentos en secuencia para llevar a cabo cambios estructurales de cualquier tipo.
Tenemos que estar agradecidos al diagnóstico porque es el primer paso del camino de la cura. Recién a partir de él logramos ver lo que generamos en nuestra vida.
Del tipo de comprensión que desarrollemos dependerán las acciones que emprenderemos y por ende el resultado final.
En un nuevo artículo, que pondré en su conocimiento a la brevedad, pondremos luz sobre algunas acciones posibles tendientes a profundizar la comprensión de esta forma de alerta.
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