En el siglo XV llegó Leonardo da Vinci a la conclusión de que el corazón no era un cuerpo muscular hueco; pero en el sigo XVII el médico inglés William Harvey descubrió algo revolucionario: que el corazón es el centro de circuito cerrado sanguíneo. Desde aquel momento se han perfeccionado los conocimientos sobre la función del corazón como bomba sanguínea y por ende distribuidora de los productos alimenticios y metabólicos por el cuerpo.

El corazón es una máquina de prestaciones impresionantes, durante una semana late unas 700.000 veces y en una vida promedio nada menos que 2.500 millones de veces…todo eso, sin parar.

El músculo cardíaco adulto tiene aproximadamente el tamaño de un puño de un hombre, alrededor de 8cm de ancho, 6cm de profundidad y 13cm de largo, y pesa únicamente 300gramos. Dos terceras partes del mismo se sitúan a la izquierda de la línea media del pecho, completamente rodeado por los lóbulos pulmonares y descansando sobre el diafragma. Aunque normalmente nos imaginamos al corazón como un órgano unitario, no se encuentra aislado en la caja torácica. Una bolsa cardíaca le proporciona anclajes al esternón y al diafragma mediante uniones de tejido conjuntivo. Al mismo tiempo, sirve de envoltorio y membrana protectora.

El corazón se compone de tres capas. La gruesa capa muscular del centro, el verdadero músculo cardíaco está tapiza por dentro y por fuera por el endo y epicardio respectivamente.

El corazón se divide en cuatro partes: dos pequeñas aurículas que sirven de habitáculo receptor de la sangre y las dos cámaras cardíacas situadas detrás, que actúan como potentes bombas, los ventrículos.

La sangre sigue siempre el mismo camino: la mitad derecha del corazón la transporta a los pulmones, desde donde regresa enriquecida de oxígeno; la izquierda distribuye el oxígeno recibido y los nutrientes a todos los rincones del cuerpo. La sangre utilizada regresa entonces a la mitad cardíaca derecha y vuelve a ser impulsada en un proceso circulatorio de continua renovación de su contenido en oxígeno.

La fuerza del músculo cardíaco se demuestra en el recorrido de este circuito. La pared de la cámara izquierda tiene un grosor uniforme de 1,5cm, ya que debe soportar una enorme presión para enviar la sangre, por ejemplo, hasta la punta de los dedos del pie. El ventrículo derecho, que abaste tan sólo a los pulmones, soporta mucha menos presión y tiene en consecuencia 0,5cm de espesor de masa muscular.

El bombeo o latido cardíaco se produce cada vez que las potentes paredes se contraen bruscamente gracias al sistema electrofisiológico que tiene el corazón.

Como las capas musculares de las paredes están ordenadas en forma de espiral, remueven la sangre en cada contracción a través del corazón, en una primera oleada desde la aurícula al ventrículo y en una segunda desde los ventrículos hacia las grandes arterias.

Cuatro estructuras fibrosas muy fuertes se abren y se cierran según las necesidades de retención o expulsión de sangre, son las válvulas cardíacas.

El corazón funciona siempre de modo rítmico merced a sus propios centros de excitación. El proceso se origina en nodo sinusal, situado en la aurícula derecha, que funciona de forma autónoma, aunque no sin control. Su instancia superior es el cerebro que mediante la inervación nerviosa puede proporcionar el ritmo que el cuerpo necesite para una actividad específica. Es la influencia de los sistemas Simpático y Parasimpático.

Cada contracción auricular producida en el nodo sinusal (sístole) va seguida de la relajación muscular (diástole). Estos movimientos continuos determinan un ciclo cardíaco de duración de ¾ de segundo. En la contracción de las aurículas transcurren solamente 0,08 segundos y en la de los ventrículos 0,32 segundos. La contracción conjunta de los músculos del ventrículo es tan potente y rápida que el impulso resultante una reacción en sólo 0,06 segundos. Además en cada latido, el corazón se aplana y se gira aproximadamente un cuarto de vuelta.

La segunda mitad de cada ciclo está ocupada por la fase de relajación. En este tiempo relativamente largo el corazón descansa unos poquísimos segundos.

En este equilibrio perfecto entre esfuerzo y pausa se basa el vigor de su funcionamiento a lo largo de la vida. Si se pudiera añadir más tiempo a la diástole se aumentaría considerablemente la esperanza de vida.

Cuando se toma el pulso en un recién nacido, se nota que el pulso es muy superior al de un adulto. El corazón parece desbocado, ya que debe abastecer de oxígeno al cuerpo del bebé, en donde el cerebro, el corazón y el hígado son muy grandes en proporción al resto del cuerpo, y por lo tanto el requerimiento de oxígeno es aún mayor. Al término del primer mes, el número de latidos del bebé se estabiliza en unos 130 por minuto, lo que sigue siendo casi el doble que en un adulto. A medida que el niño crece, el número de latidos por minuto disminuye, a la vez que duplica la tensión sanguínea y el corazón aumenta unas 12 veces de tamaño.

En los adultos sanos el ritmo cardíaco habitual es de 800mseg, es decir menos de un latido por segundo. Cuando el cuerpo solicita repetidamente más oxígeno y energía, por ejemplo durante un esfuerzo físico o cuando es invadido por temor o sorpresa, el corazón debe movilizar energía adicional, en esos casos los latidos pueden llegar hasta 200 latidos por minuto.

Pese a todo, existen fronteras definidas incluso para la musculatura cardíaca más fuerte. Éstas no dependen tanto del motor cardíaco como del sistema de vasos sanguíneos que utiliza para su propio abastecimiento. Un músculo tan activo tiene unas exigencias metabólicas muy elevadas, por lo que el corazón emplea del 5 al 10% de cada latido en las arterias coronarias, que lo rodean en forma de corona. Los vasos venosos transportan la sangre utilizada de vuelta. De este modo, la circulación más corta del cuerpo transporta alrededor de 520 litros de sangre a través del corazón. Aunque el corazón no hace otra cosa que distribuir sangre continuamente, necesita de sus propios vasos sanguíneos para su abastecimiento, ya que la sangre bombardeada circula demasiado deprisa y no puede utilizarla para sus propias exigencias como órgano vital. Además la sangre no penetra completamente en las gruesas paredes cardíacas y no llega a alimentar las capas más internas, sobre todo porque esta sangre cardiaca derecha llega al corazón ya utilizada y por lo tanto pobre de oxígeno.