En Salud y medicina > cuerpo
1.
Los orígenes de un cuerpo reprimido: desde la sociedad ateniense hasta la Antigüedad
La sociedad ateniense quizás fue la única que valoró el cuerpo en algún sentido y permitió su libre expresión. El cuerpo desnudo y expuesto se consideraba un emblema de un pueblo seguro de sí mismo y cómodo en su ciudad. Cada hombre era original por algo que lo distinguía de los otros: el cuerpo. Sin embargo, la represión en este caso se aplicaba a las mujeres, a las cuales se les prohibía mostrarse desnudas. El cuerpo, en definitiva, permitía a los hombres enorgullecerse de sí mismos.
En la tradición cristiana se introdujo la idea del alma y la composición del hombre como una dualidad cuerpo-alma. El cuerpo era visto como un factor negativo, como la “pura materia”, origen del pecado y los placeres terrenales. El alma se diferenciaba del cuerpo por su pureza, su cercanía a Dios y la capacidad de trascender la vida terrenal. Bajo este paradigma cristiano, el cuerpo debía ser dejado para la reproducción y todo el placer se subyugaba al alma. La prohibición del placer y el paso del placer al dolor se equilibraban con la promesa de que gracias a eso se viviría mejor después de la muerte. Esta contradicción alma-cuerpo, donde aquélla se veía en “jaque” por el placer físico, fue uno de los postulados más importantes que la iglesia cristiana insertó en el pensamiento de la época. Sennett es claro en cuanto a este tema: “Las transgresiones de Adán y Eva, la vergüenza de su desnudez, su expulsión del Jardín del Edén, relatan la historia de lo que aconteció a los primeros seres humanos y de lo que perdieron. En el Jardín del Edén, eran inocentes, ingenuos y obedientes. En el mundo exterior se hicieron conscientes (...) Edipo vaga errante, después de arrancarse los ojos, tras adquirir una nueva conciencia de un mundo que ya no puede ver. Humillado, se encuentra más cerca de los dioses”. Tal era el objetivo de la religión. Castigar la toma de conciencia del hombre de su propio cuerpo, el “pecado original” que merecía ser penado.
Con la llegada de la Modernidad, este pensamiento empezó a ser muy cuestionado, el hombre comenzó a ser valorado materialmente y una de sus grandes promesas fue la liberación del cuerpo de la prisión del alma -promesa que no pudo ser cumplida-. En palabras de Héller, “la mayoría de los humanistas del Renacimiento (...) creían más bien en la fusión de lo corpóreo y lo que llamaban ‘lo espiritual’, bajo la primacía y tutela de esto último. (...) Las diferencias entre el alma y ‘lo espiritual es bastante significativa. El alma se concibió como el firme opuesto al Cuerpo (...), en cambio el Cuerpo era una morada digna para ‘lo espiritual’.” Lo espiritual sustituyó al alma de la dualidad cristiana y ejerció una nueva represión sobre el cuerpo de los hombres, al comenzar a identificarse con lo racional, “si se aplica la racionalidad al cuerpo, ésta niega primero el sustrato del cuerpo, lo corporal; en segundo lugar niega su diferencia (...), si éste es rebelde se le llamará desviado o perverso y deberá ser castigado”. Vemos cómo la Modernidad se ocupó de construir una nueva celda al cuerpo, que había logrado liberarse del alma. El cuerpo perdió su unicidad, su capacidad de ser único e irrepetible y por lo tanto es reprimido. La racionalidad de la Modernidad ejerce sobre el cuerpo la misma tiranía que la tradición cristiana de la Antigüedad. Las formas cambian, las metas no.
2.
El cuerpo en la industria cultural: la continuidad de la tecnología
En la Antigua Grecia, el trabajo implicaba esclavitud. Sólo unos pocos tenían el “privilegio de no trabajar”. Según Aristóteles, no todos pueden estar eximidos de trabajo, sólo una pequeña porción tiene acceso a esta libertad. La Modernidad, escandalizada por semejante concepción atroz, nos querrá hacer creer que “todos nacemos libres e iguales ante la ley”. Y es allí donde comienza la propia dominación del cuerpo. Trasladado al trabajo, al que supuestamente ahora todos podemos acceder, el cuerpo se instrumentaliza y se convierte en un dispositivo técnico más. Y la Modernidad se encarga de que esto sea visto con orgullo, porque al fin y al cabo proporciona bienestar a los hombres. Acudimos, pues, a una masificación en el marco de la sociedad capitalista, a una represión corporal en el marco de la igualdad total y la indivisibilidad del individuo.
En “Dialéctica del Iluminismo” Max Horkheimer y Theodor Adorno, manifestaron desde un principio que: “Los reyes no disponen de la técnica, más directamente que lo que lo hacen los mercaderes, la técnica es democrática, como el sistema económico en que se desarrolla y tiende a la explotación del trabajo, al capital privado o estatal. La racionalidad técnica, es hoy la racionalidad del dominio mismo. Es el carácter forzado de la sociedad alienada de si misma. El hombre se transforma (con el modo de producción capitalista) del “ser superior que domina la naturaleza” al “ser-mercancía” que es usado como otro instrumento de trabajo. Más cercana a la realidad es la explicación que se basa en el peso propio, en la fuerza de inercia del aparato técnico y personal, que por lo demás debe ser considerado en cada uno de sus detalles como parte del mecanismo económico de selección. El hombre, en este contexto, es otra maquinaria dentro de la producción. Y el cuerpo, entonces, se convierte en una mera continuación del aparato de dominación tecnológico del que hablaba Marcuse en El hombre unidimensional. El cuerpo se instrumentaliza, para satisfacer el imperativo del Iluminismo: la igualdad. Todos los hombres son iguales, todos los cuerpos son iguales. Todos van a la fábrica y ponen en práctica la dominación tecnológica a través de la utilización de su cuerpo como única herramienta de trabajo. Eso sí: la calidad de vida es elevada. Tal beneficio proporciona la sociedad capitalista.
Los hombres también son libres, desde luego. Pero esta libertad dependió desde un principio de la prohibición del placer. La sociedad dividida en clases conoce una sola forma para transformar a los hombres en instrumentos de placer: la servidumbre y la explotación. Kant analizó este fenómeno: como las clases dominadas no prestan un servicio inmediato y personal, sino que son utilizadas mediatamente, como elementos de producción de plusvalía para el mercado, se consideró inhumano utilizar el cuerpo de los dominados como fuente de placer y emplear al hombre directamente como medio. Se estableció entonces que la utilización de los cuerpos y de la inteligencia para obtener una mayor ganancia, era el ejercicio natural de la libertad. Siendo libre, se continuó cumpliendo el imperativo iluminista. Consecuentemente, la cosificación en la fábrica se convirtió en deber moral de los pobres; el obrero debía ofrecer su cuerpo en la fábrica, pero la cosificación del cuerpo como instrumento de placer se volvió algo reprobable, se transformó en “prostitución”.
“A las demandas acusadoras la burguesía dio una respuesta decisiva: la cultura afirmativa. A la penuria del individuo aislado responde con la humanidad universal, a la miseria corporal, con la belleza del alma, a la servidumbre externa, con la libertad interna, al egoísmo brutal, con el reino de la virtud del deber”. Al estabilizarse el dominio de la burguesía, todas estas ideas se colocan al servicio de la represión de las masas insatisfechas y de la mera justificación de la propia superioridad: encubren la atrofia corporal y psíquica del individuo. Se otorga bienestar y calidad de vida y se reprime el placer. Eliminando el placer, el cuerpo sólo sirve como instrumento de trabajo.
3.
La desaparición del cuerpo en el espacio urbano o la transformación del cuerpo en no-cuerpo
Explicar la desaparición de algo o su transformación en otra cosa implica un presupuesto obvio no siempre explicitado: que ese algo existió, en un momento determinado de la historia y que ya no existe más, o existe pero en otro estado. Por lo tanto, es necesario recurrir a la historia, aunque sea brevemente, para dar cuenta de las formas originales de un cuerpo que hoy ya no existe – o que ya no es el mismo – .
En el primer apartado vimos la significación del cuerpo para la sociedad ateniense. Haciendo un brusco salto, pasamos al siglo XVIII: Sennett menciona dos cuadros pintados en 1751 por William Hogarth (Beer street y Gin Lane), en los que representa el orden y desorden sociales en Londres, respectivamente. Para Hogarth, el orden social mostrado en Beer Street implicaba el contacto entre las personas, el acercamiento, el intercambio tanto verbal como físico. Asimismo, el desorden social estaba constituido para Hogarth por la ausencia táctil entre las personas, la falta de intercambio; la carencia de “sensación corpórea de los demás”. En el siglo XVIII, la falta contacto físico era símbolo de desorden social. Hoy en día, la relación se ha invertido: “el orden significa falta de contacto.” Y esa falta de contacto se da, precisamente, porque el cuerpo ya ha desaparecido o porque, como hemos dicho, se ha transformado en un no-cuerpo.
Tomando a la ciudad de Buenos Aires como referente de nuestras explicaciones, debemos comenzar por un punto que también es esencial en la visión de Sennett de Greenwich Village: la diversidad cultural como elemento mismo de impedimento de la interacción. Al haber tantas culturas conviviendo, es preferible conservar lo propio y esquivar lo ajeno, lo distinto. El otro, el extraño, es visto como una amenaza, como un potencial peligro, entonces hay que evitarlo. Es fácil ejemplificar esta proposición a partir de sencillos hechos de la vida cotidiana que probablemente se repitan una y otra vez: pensemos en nuestros rutinarios viajes en colectivo o subte. Allí, sólo nos sentaremos si el lugar libre nos posibilita estar sin tocar al otro o por lo menos casi sin entrar en contacto con él; reflexionemos sobre los habituales anhelos de arribar a tiempo a determinado lugar y las personas que debemos esquivar para no perder minutos. Es aquí donde el cuerpo ya es no-cuerpo; al no percibir los demás cuerpos ni siquiera podemos percibir el nuestro. Con llamativa facilidad, resignamos toda la individuación de que se enorgullecían los atenienses.
Otro punto que debe considerarse vital para comprender la nueva esencia que adquiere el cuerpo en el espacio urbano de la ciudad moderna (tanto en Buenos Aires como en Nueva York o Londres), es el modo de percepción de los otros cuerpos. Es pertinente en este caso hacer referencia a A lover’s discourse, de Roland Barthes, citado por Sennett en Carne y Piedra, donde el autor habla de un “repertorio de imágenes”, en el que las personas se fijan a la hora de compararse con extraños. Ante el encuentro con un cuerpo ajeno (un negro, un linyera, un “villero”), lo evitamos simplemente porque no cae dentro de ninguna categoría de nuestros estereotipos sociales. Vemos en los otros cuerpos una amenaza latente y en ese momento dejamos de mirarlos. Y en ese momento cedemos a la expresividad de nuestro cuerpo, volviéndonos pasivos, transformando al cuerpo en un no-cuerpo. De este modo, vivimos en un espacio urbano poblado de no-cuerpos, que son todos iguales, que no se diferencian uno de otro; espacio urbano donde la diversidad se transforma en diferencia y la multiculturalidad en indiferencia pasiva. “Gracias al poder de clasificación del repertorio de imágenes, las personas bloquean todo estímulo ulterior. Enfrentadas con la diferencia, se vuelven pasivas rápidamente.”
Finalmente, volviendo a la cuestión del contacto ilustrada por Hogarth en sus cuadros, no debe dejarse de lado un cambio vital visible en el espacio urbano: ante cuerpos ajenos y extraños que preferentemente son evadidos, junto con el contacto físico, se pierde el diálogo. “Cuando son difíciles de sostener las relaciones verbales entre extraños en la ciudad moderna, los impulsos de simpatía que pueden sentir los individuos de la ciudad mirando a su alrededor se convierten a su vez en momentáneos”. La consecuencia vital de este proceso es la “esterilidad táctil” de la que hablaba Sennett: lo único que les queda a los cuerpos es contemplarse (inclusive sólo momentáneamente).
El espacio urbano se ha transformado, de eso no hay duda. Los cuerpos ya no son cuerpos, son meros elementos fugaces que atraviesan el espacio incesablemente y que sólo se encuentran como cuerpos en la soledad del hogar, cuando descansan de la rutina y del espacio social que los transforma en no-cuerpos. Pero el cuerpo es cuerpo sólo transitoriamente, de la misma manera que el hombre era feliz en el capitalismo burgués contemplando obras de arte, del mismo modo en que el encuentro con el otro sólo es posible -y transitorio- a través de la mirada.
La originalidad de cada persona en cada cuerpo se ha dejado de lado, cediendo a una masificación de no-cuerpos indistinguibles entre sí, asimilándose inevitablemente a la sociedad de masas tan fuertemente criticada por Adorno y Horkheimer.
4.
El cuerpo reprimido en el amusement del cine: desde la industria cultural a nuestros días
El cuerpo aparece también reprimido en la industria cultural, la deformación de las artes que promovió el Iluminisimo sin proponérselo. En Dialéctica del Iluminismo, Adorno y Horkheimer se refieren a la defraudación que la industria cultural suscita en los consumidores. Dicha defraudación nos lleva a hablar de un cuerpo reprimido, sofocado. Este proceso es acompañado de un elemento de gestación previa y fácil manipulación, que vuelve accesible dicha represión: el deseo. Es en lo abstracto y abarcativo del deseo que reside el nacimiento en la mente de lo que luego será reprimido en el cuerpo. Adorno y Horkheimer explican que a diferencia de las obras de arte antiguas, la industria cultural provoca una “no-sublimación” del deseo, lo que sumerge al consumidor en una práctica puramente masoquista: plena excitación preliminar que acaba finalmente siendo negada. En el caso del cine de la industria cultural, los ejemplos nombrados subyacen en el seno de la chica pronunciado sobre el sweater o el torso desnudo del héroe deportivo.
El cine como objeto del deseo nos traslada a la opinión del psicólogo Hugo Munsterberg, citado en Carne y Piedra de Richard Sennett, donde se rescata un fragmento en el que se propone la posibilidad de que el cine -mediante la pérdida del espacio, el tiempo y la causalidad- provoque un aislamiento del mundo práctico: “las imágenes filmadas de placer sexual tienen muy poco que ver con la experiencia sexual de amantes reales”. Ese aislamiento del mundo práctico del que habla Munsterberg encierra a su vez lo que Adorno y Hokheimer representan de manera metafórica en “la lectura del menú”, argumentando que jamás se llega al “quid”, a la acción explícita.
Cada acto de la industria cultural es frustración permanente para el cuerpo; ofrecer el deseo y privar al individuo del mismo constituye el principal efecto del aparato erótico: “Todo gira en torno al coito, porque justamente este no puede cumplirse jamás”, se sostiene, y es aquí donde se pronuncia visiblemente el principal conflicto, en el cual se considera a las obras de arte como “ascéticas y sin pudores” y esto se contrasta con la industria cultural como ente represor, a la cual se la acusa de “pornográfica y prude”, por lo expuesto en estas líneas. Justificado nuevamente en Sennett, es posible establecer que la conciencia del cuerpo se ve embotada mediante el consumo elevado de sexo simulado, cuya producción en serie pone automáticamente en práctica. Recordemos que en la actualidad uno de los negocios más productivos es la pornografía: producción en serie de películas que sólo apuntan a mostrar sexo explícito y continuo con las mujeres más lindas y con mejor cuerpo y los hombres más musculosos y viriles. Eso es, pues, lo que el consumidor nunca podrá llegar a alcanzar; “ofrecer a tales víctimas algo y privarlas de ello es un solo y mismo acto”, explican Adorno y Horkheimer, refiriéndose al amusement, que en su época tenía formas distintas a lo que hoy es la industria de la pornografía, pero que cumplía la misma función. Hacer reír al consumidor para que no tenga tiempo de pensar; ofrecerle algo que nunca tendrá para que se contente (la excitación preliminar a la que hacíamos referencia).
Apartando lo erótico, mas no el aspecto masoquista de la “no-sublimación”, la industria cultural dio paso a que la reproducción en serie de lo bello no deje lugar alguno a la reproducción inconsciente a la cual lo bello estaba ligado. Una vez habiendo reprimido lo placentero en el cuerpo, la industria cultural se dispuso a ganarle el terreno a lo bello: “El triunfo sobre lo bello es cumplido por el humor, por el placer que se experimenta ante la vista de cada privación lograda”, sentencian los autores de la escuela de Frankfurt. “La ley suprema es que sus súbditos no alcancen jamás aquello que desean, y justamente con ellos deben reír y contentarse”. Hoy no estamos exentos de tal afirmación.
Conclusión
La concepción del cuerpo ha cambiado a lo largo de la historia. Sin embargo, éste ha sido objeto de represión en todo momento y de diversas formas, desde la mujer ateniense hasta la excitación a través de la pornografía. Indudablemente, los cuerpos reprimidos no son conscientes de este tipo de dominación, ejercida en todos los ámbitos de la vida: en la religión, en la industria cultural, a través del trabajo y el cine, en el espacio urbano. La represión es continua, pues cuando el hombre toma conciencia de su propio cuerpo reprimido y dominado, se resignifican las formas y el cuerpo se mantiene sometido. Como hemos visto, cuando el hombre dejó de creer en el alma, la Modernidad introdujo el concepto de espíritu; cuando el hombre era potencialmente una fuerza para derrumbar al capitalismo, se le dio bienestar y confort, a cambio de dominarlo como tecnología; en los años ’40, el amusement consistía en mostrar los torsos desnudos de los héroes o el busto de las divas, actualmente, el mecanismo fue intensificado a través de la producción serial de pornografía, pues el hombre necesitaba “más” para llegar a la excitación y así reprimir su placer. En definitiva, cuando las formas “viejas” necesitaron reprimir a los cuerpos “nuevos”, no cedieron a ese impulso por verse imposibilitadas de hacerlo: resignificaron los conceptos y las formas, para seguir ejerciendo la tan deseada dominación.
Si eres un usuario registrado, puedes hacer comentarios sobre este artículo.
|
![]() |
||||||
|
![]() |
BúsquedaInformación de este artículo
Vínculo Más artículos sobre cuerpoEl corazón, su funcionamiento mecánico. Cómo el frío afecta nuestro cuerpo Yoga: flexibilidad, bienestar y relajación Más artículos de este autorLas imposibilidades prácticas de la improvisación Los side-projects, o proyectos paralelos, en la música. El rol de la mujer en las sociedades latinoamericanas La televisión como mediación en las relaciones familiares |