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Es innegable que el cuerpo humano es la máquina más compleja que jamás se haya creado. Durante toda la historia de la humanidad el hombre ha intentado entenderla y llevarse bien con ella por una cuestión de supervivencia. No siempre lo ha conseguido.
Esta máquina es objeto de estudio permanente y lo será sin duda por siempre, ya que los misterios que guarda superan ampliamente la inteligencia del hombre que aún cuando ha alcanzado conocimientos sorprendentes no termina de descifrar su perfecto funcionamiento.
La vida está ampliamente ligada a esa máquina, al margen de otras ideas o concepciones no se puede desligar el ser vivo del organismo que lo hace parte de este mundo y que le permite interactuar con los demás componentes de la naturaleza.
De esa interacción surgen todas las modificaciones que el hombre ha hecho de sí mismo, en su beneficio y en su detrimento, pero siempre buscando la superación y en pos de la evolución de su ser.
Tarchetti tenía mucha razón cuando afirmaba que “el hombre, como las plantas, sufre la influencia de la atmósfera en la que vive”, tanto así que desde el hombre primitivo hasta hoy un abismo tan grande como el tiempo que los separa.
Sin embargo, la máquina del organismo humano es la misma, y a pesar del tiempo que llevamos con ella aún no terminamos de conocerla en su totalidad.
La salud no es otra cosa que el buen funcionamiento de nuestro organismo, pero justamente el correcto funcionamiento de tan compleja pieza de ingeniería no es poca cosa. Aún así, la salud, es lo único que prolonga la vida en el planeta. Fuerte no?
Sin embargo no le ha dado el hombre siempre la debida importancia, más aún , en su soberbia desprendida del hecho innegable de su superioridad natural y en pos de una evolución que no siempre resultó evolutiva(hay infinitos criterios sobre esto), fue creando a través del tiempo, él mismo, los monstruos que acechan su propia subsistencia desgastando su salud hasta quitarle la vida.
Por otro lado, no se puede desconocer que también en esa evolución obtuvo logros que contrarrestan ese efecto negativo, que debió defenderse de factores externos e internos y lo hizo con inteligencia, pero los logros de su inteligencia y la evolución alcanzada pueden diluirse ante el mar de males que amenaza la humanidad.
Las enfermedades existieron siempre, seguramente es así, pero también es cierto que da la sensación que se han multiplicado, cosa que nos obliga a redoblar las defensas. Seguramente hoy nadie morirá de un resfrío como podía suceder en los albores de la humanidad, pero me pregunto si en aquellos tiempos había tantos flancos que cubrir en este tema, aún cuando civilizarse implicara masivos sacrificios humanos en campos de batalla.
Parece increíble que luego de largos siglos de lucha denodada persiguiendo resultados que salven la vida del hombre, el hombre mismo no parezca darle demasiado valor a su vida.
Parece no bastarle con las enfermedades que por desgaste de su organismo o adquisición de virus y bacterias (que mejor no estudiemos su orígen, no sea cosa que resulte ser su inventor) contrae permanentemente, sino que además adoptó hábitos que luego se convirtieron en enfermedades que enferman.
Será porque el hombre descuidó una parte de su cuerpo que no puede ver porque está justamente detrás de sus ojos. Sí, ahí, justamente ahí donde está todo lo que gobierna el resto y suele olvidarse ese detalle muy a menudo. Grave error.
La máquina no funciona ignorando una pieza, si no atendemos y mantenemos sanas todas la piezas no va a funcionar correctamente. Y justamente la más olvidada es una pieza de cuidado. Es ahí donde se instalan las enfermedades que enferman, esas que encuentran en la psiquis desvalida del hombre el terreno perfecto para sembrar su semilla y desde allí esparcir su veneno al resto del organismo.
Lamentablemente el hombre ha encontrado placer en algunos elementos nocivos para su salud y lo que vulgarmente se denomina “vicios”, se convirtieron en enfermedades en el momento que hicieron de su presa un organismo dependiente. Pero a su vez traen en forma progresiva otras enfermedades que por más visibles suelen ser más consideradas pero no más importantes a la hora de plantear la lucha por el bienestar del hombre.
Mucho le ha costado a la sociedad incorporar al alcohólico como a un enfermo, al drogodependiente como a un enfermo, y más aún al fumador como un enfermo. Pero es innegable que cuando algo no funciona normalmente hay un problema. Las dependencias son sin duda alguna, una alteración en la voluntad, a veces tan severa que puede hablarse de enfermedad.
La psiquis es tan vital como cualquier otro órgano y es ése precisamente el terreno dónde las dependencias, depresiones, ansiedad, estrés y tantas alteraciones del equilibrio emocional y de la conducta, eligen poner su semilla.
Para que este proceso se complete en detrimento de la salud del hombre hay factores internos del individuo que hacen ese terreno propicio, pero también los hay externos y son de alto impacto.
La historia personal de cada individuo es un interminable devenir de emociones que lo marcan, modifican y moldean haciéndolo único. A veces esas emociones vulneran la tolerancia psicológica y el individuo no puede filtrar lo nocivo, viéndose afectado por carecer de la capacidad de absorber o superar esos ataques directos a su estabilidad emocional. Es ahí donde el interior nos flaquea y se convierte en blanco de las enfermedades que enferman.
Esos huecos, esos vacíos, esa nada que se abre da paso a la debilidad que tiende a amarrar la voluntad de todas las formas posibles.
El individuo que se entrega al alcoholismo, se deja seducir por la posibilidad de huir de la realidad que no se atreve a afrontar, encontrando la manera momentánea de ignorar esa realidad o verla diferente. Pero no es un acto voluntario, sino que es inducido por la pérdida de control que puede traducirse en una alteración a la salud de la psiquis. Desde allí, irá ganando terreno en el organismo. La consabida dependencia se encargará de que una tenaz permanencia vaya corrompiendo otros flancos de la salud generando una sucesión de enfermedades que diezman la vida del hombre.
Similar es lo que pasa con la drogadicción, el tabaquismo, la ansiedad, la depresión y el estrés. Fantasmas estos que le quitan el sueño al bienestar del hombre.
¿Qué pasa en mi psiquis para que esté convirtiéndome en alcohólico?
¿Qué pasa en mi cabeza para que haya buscado el camino de la droga?
¿Qué pasa en mi mente para que haya perdido el la voluntad de vivir?
¿Qué hubo o hay en mi historia emocional que niego inconcientemente para reaccionar a través de alteraciones en mi conducta y pérdida del control total de mis actos?
Si al menos se nos diera la oportunidad de hacernos estas preguntas. Pero creo que ni eso podemos cuando estas enfermedades nos abordan.
Al menos, de los casos que he analizado, todos coinciden en que la voluntad es lo primero que se anega. Y, convengamos, el hombre sin voluntad es como una semilla arrojada en las piedras, condenada a morir.
Tengamos en cuenta lo importante que es hoy fortalecer nuestro ser emocional, preparar nuestra psiquis para absorber la dura realidad que vive el hombre día a día en el mundo actual, elaborar aquellos duelos inconclusos del pasado, para no ser el hábitat perfecto de enfermedades que por el flanco mas débil arremeten con nuestra salud.
María M.Benedetti
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