Historia de otro

Lo último que recuerda es que el hombre estaba vivo. Y las náuseas y que se había retirado antes de tiempo, casi vomitando. Acordarse es un mero capricho: los detalles aún se le escapan. Siente calor, transpira. Abre las ventanas. Antes de sentarse, observa la mesa detenidamente. Un anotador, una lapicera, un par de anteojos. Deja la lapicera donde está y se dispone a leer. Se arrellana en el sillón, intentando comprender unas notas escritas al modo de narrador testigo, como una historia de otro. Como si él no fuera el médico.

Llovía. Despertó sobresaltado, sorprendido por la campanilla del reloj – creía que era domingo –. Se levantó rápido y se vistió: era tarde (o casi). Pensó en el día por delante: en el niño con leucemia, los pacientes con quemaduras graves, el hombre cuyas piernas debían ser amputadas y aquél con cáncer de colon, más las urgencias de siempre que nunca podía dejar de atender. Tomó un sorbo de café (no solía desayunar, el sanatorio era bastante más confortable que su propio hogar), y salió, asegurándose de no dejar abierta ninguna de las cuatro cerraduras. El viaje en auto insumía, mañana tras mañana, un tiempo considerable que aprovechaba para escuchar música y despabilarse. Cuando encendió el motor, prendió el stereo y ubicó en él su compact-disc predilecto. Comenzó a sonar entonces “Under my skin”, extraordinariamente interpretada por La Voz. "Lo mejor para todos los médicos", pensó.

Antes de las náuseas y de atravesar la puerta con premura y un dejo de humillación autodirigida, el bisturí, bajo la atenta mirada de los demás, había penetrado el tejido en forma de círculo, abriendo un diámetro suficiente para dejar el claro necesario. Todos los ojos clavados en él, esperando el mejor desenlace. Cualquier error habría sido el fin. Pero para algo están los especialistas.

I’ve got you under my skin. I’ve got you deep in the heart of me. Empezaba a disfrutar al incomparable cantante de siempre. Al mismo tiempo, no podía dejar de pensar en sus pacientes (siempre lo hacía). También reflexionaba sobre su historia, sobre todo lo bueno que había hecho para el sanatorio. Haber seguido el camino de su padre se transformaba, a cada momento, en un orgullo más grande: él también se brindaba a los demás. Cumplía quizás con una de las tareas más difíciles de la sociedad: toparse día a día con las preocupaciones y dolencias de los otros. Ser uno de tantos médicos, y hacerlo con responsabilidad.

Todo se había convertido en una gran ceremonia. Los hombres decorados con el mismo color, los guantes blancos, el especialista, el jefe, el ayudante, el encargado de área y la enfermera que debía estar pero no estaba. Habían ingresado con paso firme, seguro pero sigiloso, atravesando la puerta sin hacer mucho ruido (él iba al frente). Luego se miraron. El jefe asintió. El especialista solicitó el utensilio. El ayudante se lo alcanzó. El encargado de área hizo un cálculo. Los números cerraban, a pesar de todo. Eran muchos médicos, pero todo daba bien.

Iba rápido. La onda verde le permitió avanzar a paso constante en la mayor parte del trayecto. La elevada humedad era fácil de percibir por los vidrios empañados; el agua seguía cayendo y al compás del limpiaparabrisas, Frank Sinatra empezaba a entonar el estribillo más maravilloso de la historia de la música, and i seem to find the happiness i seek when we are together dancing cheek to cheek. Cruzó una avenida que empezaba a inundarse y luego ingresó al sanatorio. Saludó al guardia de la entrada, que levantó la pequeña barrera que pretendía ser una medida de seguridad – quizás en ese momento pensó que nada es seguro en el mundo, pero no lo sabe, no recuerda –. Estacionó en el lugar de siempre y detuvo el motor. Llovía menos. Tomó el maletín, el delantal y bajó, dispuesto a ayudar a la gente una vez más, un día más, como en los últimos once años.

Caminar a través del pasillo para llegar a la sala correspondiente jamás había sido pensada como una tarea difícil o compleja. En esos pocos pasos, que a cada momento parecían más interminables, se mezclaba la felicidad con la angustia, la ansiedad con la ética. Pero el momento para dudar ya estaba sepultado. Demostraba inexorablemente que nadie puede volver atrás en el tiempo. Ni arrepentirse. Nunca vale arrepentirse, una vez que se ha dicho que sí. Si todos los médicos lo hicieron...

Primero saludó a la recepcionista vieja (la joven era como mínimo desagradable). Luego, la enfermera le comunicó que el niño no mejoraba. Había sido tratado tal cual él había ordenado, pero seguía igual. Pidió su ficha y se dirigió a la sala 235. El niño dormía. El pulso estaba normal. Tomó nota de todos los detalles y abandonó la sala (pensó que volvería más tarde, cuando el niño despertara). Cause i’ve got you... Se dirigió al sector de quemaduras. ...under my skin. Dos mujeres con la cara totalmente desfigurada; un chico de doce años a punto de perder la vista parcialmente; un hombre con el brazo izquierdo en carne viva. Cómo explicarle a alguien que ha quedado sin visión en un ojo. Qué tarea la de los médicos... Solicitó su ficha y se acercó a la puerta.

Habían salido del despacho del jefe entre exultantes y arrepentidos. Por un lado, sabían que no podrían haberse negado: el beneficio era demasiado grande; por el otro, se permitían pensar, reservándose un poco de moral, que quizás la maldita voz interna los carcomería hasta el fin.

Podía ser el hijo que nunca había tenido. Se acercó despacio y se sentó a su lado. Le costaba mirarlo a la cara. Por un momento, se sintió desorientado, sin saber qué sería lo más correcto para hacer. Decidió que no le diría nada hasta que vinieran los padres. Llamó a la enfermera y le pidió que se encargara. Firmó la planilla y volvió hacia la puerta. También debía hacerse cargo de los otros pacientes. Enfrente estaba el más leve de los cuatro que tenía asignados. Cerró la puerta y cruzó el pasillo. Entró despacio. El hombre estaba despierto. Le preguntó cómo se sentía y luego le aplicó el ungüento utilizado para este tipo de lesiones. Cuando le comunicó que pronto le daría el alta vio cómo una sonrisa se dibujaba en su rostro. Internamente, creía estar recompensado: seguía convencido de que lo posible él podía lograrlo, siempre. Mientras abandonaba el cuarto una mujer entró en calidad de visita. La saludó amablemente y volvió hacia la sala 235. No podía perder tiempo: aún le faltaba chequear el estado del hombre con cáncer de colon, y las dos mujeres.

Era inminente: el director debía llevar a cabo el anuncio. Había cortado el teléfono por cuarta vez y la decisión estaba tomada. Se cerraba un trato importante. Más allá de los insistentes intentos de negarse a decir que sí, pregonando principios de sabia ética y responsabilidad profesional, la cuarta llamada dio resultado: la cifra había sido duplicada en una rabiosa sucesión de minutos. Buenos médicos, buenos negociadores

Los padres ya estaban junto al niño. Los invitó a esperar afuera y les dijo que luego hablarían. Le preguntó al niño si estaba bien y luego de que asintiera decidió proseguir con el tratamiento. Esta vez aumentó la dosis de caxina (de cien a ciento diez miligramos), y aplicó una intravenosa para probar el sistema inmunológico. Ahuecó la mano y la pasó lentamente por la cabeza del chico. Luego salió y le transmitió a los padres su inquietud por ver que el chico no daba señales de recuperación y la tranquilidad porque al menos no empeoraba. Siempre es positivo estar igual a estar peor.

Se lo notaba apurado. Caminó rápido hacia la sala de las mujeres que aún conservaban sus esperanzas. Pero no llegó a destino. Antes lo detuvo la secretaria, que lo buscaba casi desesperadamente. Le dijo que el director lo esperaba en su despacho. Le causó asombro, porque era mediodía y sabía que al director le gustaba comer solo. También temió perder su trabajo de tantos años, por algo que no sabía qué... Pero después de ingresar a la oficina, se dio cuenta de que el tema era más serio. Y no tenía que ver con perder. Tenía que ver con ganar mucho más, más que muchos médicos del mundo.

Se levanta. Las notas caen al piso, ya recuerda todo. Ya vuelve a verse asintiendo, estrechando la mano gorda del jefe, que también transpiraba. Se encuentra saliendo del despacho, entrando a la sala de operaciones. Se levanta del sillón, ha refrescado. Cierra las ventanas. Se cuestiona. Vuelve a repetir que el cáncer de colon es incurable, que el hombre de todos modos iba a morir. Pero cómo, cómo es capaz. Y vuelve a sus recuerdos, que avanzan. Cómo puede ser inocente uno si vomita, si en el acto asqueroso de ensuciar la alfombra inconteniblemente reconoce que no, que jamás puede ser inocente. Y sin embargo sabe que nada empañará su excelente trabajo al servicio de la gente, que le dará el alta al hombre quemado, salvará al niño con leucemia. Mientras escucha, quizás por décima vez, and i seem to find the happiness i seek when we are together dancing cheek to cheek, se queda tranquilo. En un proceso normal, adquirirá con práctica la capacidad para evitar vomitar luego de cada incisión, como todos los médicos.