Se considera que la obesidad es una enfermedad crónica, caracterizada por un exceso de tejido adiposo cuyas células pueden aumentar en tamaño y/o número y que tiene como resultado el grave deterioro de la calidad de vida de quien la padece.

Es originada por variedad de causas (multicausal), como ocurre en la mayoría de las enfermedades. Entre ellas, están las causas genéticas, hormonales, metabólicas, alteraciones en los adipocitos, etc.

Así mismo, se reconocen una serie de disparadores o desencadenantes, que, solos o combinados, favorecen su manifestación en los individuos predispuestos.

Estos factores desencadenantes pueden ser:

1) Fisiológicos: menarca, embarazo, menopausia, diversas enfermedades, etc.

2) Psicológicos: stress, crisis vitales (nacimiento de hermanos, inicio de la escolaridad, adolescencia, casamiento, nacimiento de los hijos, divorcio, etc.).

3) Sociales: hábitos de comidas adquiridos en el grupo familiar y/o cultural, ascensos y descensos de status, cambios laborales, la publicidad y las estrategias de marketing (que promueven el consumo de alimentos cada vez más calóricos, concretando por primera vez en la historia de la humanidad la paradoja de una máxima disponibilidad de comida para ciertos grupos de la población, con un mínimo de actividad física para conseguirla), incremento del sedentarismo y la pasividad por el uso de elementos que en el hogar y la industria facilitan las tareas o sirven a la recreación, etc.

La obesidad produce ciertos trastornos asociados, que son las complicaciones físicas y psicológicas.

> Las complicaciones físicas pueden ser: cardiovasculares (hipertensión, enfermedad coronaria, etc.), metabólicas (hipercolesterolemia, hiperlipidemias, etc.), endócrinas (diabetes), mecánicas (artritis, flebitis), apnea del sueño, incremento del riesgo quirúrgico, entre otras.

> Las complicaciones psicológicas consisten en deterioro de la autoestima, depresión, alteraciones en el esquema corporal, reacciones fóbicas, etc.

La totalidad de la enfermedad no se puede captar por completo conociendo causas, disparadores y efectos, pero se puede tener presente que todos o algunos de ellos se entretejen de un modo particular en la singularidad de cada obeso.

También se registran, desde el punto de vista psicológico, dos mecanismos básicos en la génesis de la enfermedad: la negación y el aislamiento. Ambos son pilares fundamentales de la conducta engordante.

La negación abarca distintos aspectos, se niegan por ejemplo: la verdadera forma del cuerpo, la conducta adictiva, todo inconveniente leve o grave o perjurio originado por el sobrepeso o su vinculación con él.

Por otro lado, la negación permite eludir el conflicto, la angustia y la hostilidad del entorno y evitar todo lo que impida seguir comiendo. Se descarta la realidad, sustituyéndola por una ilusión.

El aislamiento se ocupa de proteger esa ilusión. Ayuda a no entrar en contacto real, se toma una distancia prudencial del afuera, se elude el verdadero intercambio con otras personas, produciéndose exposición y angustia. Se sirve de ciertas estrategias, tales como la falta de flexibilidad, actitudes prejuiciosas o rechazantes, postergación.

Por todo lo dicho se puede considerar la importancia de un enfoque adecuado y abarcativo a la hora de enfrentar una enfermedad como la obesidad, el cual debe incluir un plan alimentario especial, actividad física moderada pero regular y un apoyo psicológico individual y/o grupal.