-¡¡¡Dale anda a ver!!! ¡¡¡Anda a ver!!! ¡¡¡Dale!!!! – Mi prima para ese entonces estaba insoportable, insistiendo que me acercara a su hermano, con el que no nos hablábamos hace años mediante peleas muy fuertes. – ¡¡¡Tiene un regalo para vos!!! Una mezcla de ansiedad y un suceso desconocido salía de su mirada.

(¡¡¡BASTA, CALLATE HINCHA PELOTAS!!!)

Sus ojos la delataban. Siempre sus gestos entregaron a lo evidente su corta imaginación, su poca capacidad de simular y de ser. Mientras que todos sentíamos asperezas en la familia, ella la jugaba de inocente y desentendida de todo conflicto. Fingía ser la solución a problemas que jamás comprendería. La situación irrita aún más si menciono que era la mayor de mi generación. Su personalidad y actitud transitaba entre la princesa de los cuentos de fantasía y un gnomo maldito en su lodo robado.

- ¡¡¡Dale anda!!! (Y vas a ver lo que te espera).

Era 24 de diciembre, estábamos en la casa de los abuelos como era tradición al menos de lo que recuerdo de vida.

En un rincón del living, un árbol de navidad que había perdido su significado hacía años atrás, con sus paquetitos al pie del plástico, sus lucecitas parpadeando al son del sonido monofónico que salía de una cajita blanca escondida entre las ramas con guirnaldas. En su punta la vieja estrella fugaz que necesitaría romperse alguna vez para que fuese reemplazada. Parecía eterna. Sería lo único que perduraría de nuestra infancia.

Me tomó de la mano y me condujo a la cocina a gran velocidad. Esquivando las sillas desordenadas y saltando las cosas del suelo que había dejado desparramado mi sobrino, solté de ella y me detuve. - ¿Por qué tanta ansiedad?

Ella seguía con sus ojos muy abiertos, con su cortina de humo para ocultar la verdad, y una sonrisa diabólica, desafiándome a enfrentar el destino que me tenían preparado.

Quedamos suspendidos en una pesadilla, mirándonos, penetrando el pensamiento con la intención de descifrar en el otro el deseo de aniquilar. -cuentos-

Sin saber cómo, me zafé de la situación y me acerqué a la puerta que daba al patio, patio que comunicaba la casa de ellos, y me vi encendiendo la luz del lavadero, última instancia al portal que separa las familias. Por un instante creí verlo agazapado entre la oscuridad de aquel rincón de la casa, esperando a mi encuentro para hundirme lo que sería para mí el fin de los días. Quizás tan sólo para atinar un golpe.

Pero sin terminar de pensarlo sólo se oyó el golpe del vidrio de la puerta que siempre se produjo al abrir o cerrarla. Di por inercia un paso atrás y por alguna onda misteriosa distinguí el pensamiento de mi prima, otra vez. (hey, no te cagues)

Entró él, el soberbio de todos los primos, del mundo. Terco para discutir, ciego al opinar, sin más justificaciones que un grito en el salón y una mano levantada. Ojos desorbitados y una vena en la frente a punto de estallar. Fiel modelo calcado, hecho a imagen y semejanza, un mismísimo hijo de su padre, mi tío. Fanáticos de nada y todo a la vez. Asquerosas bestias del caos.

Entró a gran velocidad, abriendo la puerta de par en par, golpeándola contra la pared, haciéndose de lado lo que nada tenía, esperando que alguien pueda ver su entrada y así demostrar su prepotencia. Nadie lo vio. Bueno, sí, yo lo vi. Dejó en mis manos un paquete muy grande, envuelto de papel de regalo y dentro de una bolsa extraña de algún lugar desconocido. Pasó junto a mí, sin mirar ni saludarme. Transitó a paso de rey la cocina y se dirigió al comedor para escoger su lugar y sentarse. -puros cuentos-

Me quedé mirando el paquete, intentando adivinar qué se escondía adentro. ¿Sería una bomba? Qué extraño, supongo que se habría imaginado que en el caso que explotara él también resultaría herido o muerto.

Jamás podría ser algo así. Pero sí peor. De esas cosas que salen de almacenes y locales de venta de objetos extraños, de aquellas películas siniestras. Pensamientos atados con frágiles hilos que con sólo ser imaginados miles de desgracias suceden al mismo tiempo y por siempre. Fotos de maldiciones, tal vez posando bajo un árbol de la estancia aquellas personas que ya no están más para celebrar la navidad (QUÉ SUERTE TIENEN).

Separé el paquete con mucha intriga. Me temblaron las manos y sentí que mi pecho se agitaba un poco. Sabía que algo malo había dentro. Dentro y fuera.

Terminé de romper el papel y una caja de cartón muy prolija seguía construyendo un muro entre mi imaginación y lo real. -más cuentos-

Miré a mi primo de reojo pero él fijaba su vista en los elementos de la mesa. Sin muecas. Sin algún pensamiento revelable que me entregue una pista.

Abrí la caja sin la necesidad de romperla. Apenas sujeta de un piolín con nudo fácil de vencer.

Mis ojos se agigantaron y tras una bocanada de aire comprimido en mi garganta, grité lo más fuerte que pude. Pedí auxilio, pero nada pudieron hacer quienes me rodearon, más que mirar con miedo y resignación.

Cientos de hormigas coloradas, muy extrañas se treparon por mis brazos llegando de inmediato a mi rostro y mi cuello y en menos de un segundo comenzaron las picaduras.

Fueron deslizándose hacia abajo, las percibí meterse entre la camisa y llegar a mis pantalones. Distinguí sobre el suelo, donde había caído la caja salir más y más. (¡¡¡COMO SI NO FUESEN UN NÚMERO LIMITADO!!!)

Un fuerte malestar me fue invadiendo en la cabeza y de repente no pude ver. Seguí gritando y algunas de ellas entraron a mi boca y picaron por dentro. El dolor fue insoportable. Inimaginable para quien jamás lo sintió. Eran pinzas penetrando la piel, lastimando y sangrando.

Oí unas voces desesperadas a mi alrededor deseando poder auxiliarme, alaridos y preguntas que se alejaban cada vez más, lejanas a comprenderlas. Un calor inmenso me recubrió el cuerpo mientras seguía atinando golpes y sacudidazas para zafarme de ellas, pero las hormigas tenían prensas en sus bocas, tenazas que de ningún modo iban a soltarse de mí. Alguien me sujetó por la cintura e intentó colocarme en una posición en particular pero allí ya no preciso más. Me desmayé.

Como en uno de esos cuentos desperté en el hospital ya pasados casi dos días de aquel suceso. No fui nunca alérgico, de todos modos estaba muy hinchado y la reacción a esas hormigas fue notable.

Recordaba todo, así que no derivé a mirar entre cejas confusas y hacer preguntas infinitas a la enfermera que estaba a mi lado observando los paneles. Ella me confirmó que afuera estaba mi padre.

Le pedí si podría llamarlo y que me llevase algo de comer.

A los pocos minutos que mi padre entró a la habitación conversamos de lo que había sucedido y se animó a preguntar de dónde había sacado esa caja con hormigas. Si bien vieron el papel de regalos que envolvía la caja muy cerca de donde había caído al suelo, no habían podido adivinar quién me la había entregado. -sin cuentos, nada de cuentos-

- Fue Nicolás, papá, Nicolás me la entregó, y Natalia me insistía para que la abriera. Fueron ellos.

Me miró extrañado y con un poco de compasión. Me volvió a preguntar de dónde la había conseguido e insistiendo yo con la respuesta (¡¡¡ TE DIGO QUE FUERON ELLOS!!!) me terminó por responder:

- Nante, tus primos no estuvieron en toda la noche, ellos viajaron a Perú hace más de una semana.

De repente volví a sentir el mismo dolor aquel que de a poco me llevó al desmayo la noche del 24 de diciembre.