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Un descargo sobre los adolescentes.
Los adolescentes somos mucho mas que granos e interminables sesiones en el espejo. Estamos en una etapa mucho más profunda que el diferenciarse de los padres con esos terroríficos ataques de odio momentáneos. La adolescencia no se limita al destape hormonal y el descubrimiento del deseo. Ni siquiera pasa por el humor inconstante, extremo y pasional. Es simplemente la descarga eléctrica que se desprende al empezar a darnos cuenta de todo lo que no sabemos.
Nos descubrimos en el medio de un bosque desnudos, asustados y sin tener la menor idea para dónde ir. De pronto, de un instante a otro, sin que nadie nos haya advertido nada. Es la primera vez en la que, como adolescentes cuasi adultos que somos, nos vemos forzados a elegir por nosotros mismos. Elegir cómo caminar, cómo vestirnos, con quién estar, cómo relacionarnos con el otro, cómo hablar, qué decir, cómo pensar, cómo ver el mundo, qué rol ocupar en él, qué creemos realmente y qué adoptamos por inercia y hasta cuál es nuestra propia postura política. Nos abruma un presente lleno de cuestionamientos que nos vemos forzados a aclarar ipso facto. No contentos con no poder manejar todo lo que se nos presenta en el ahora, nos angustiamos por lo que viene: Cuáles serán nuestras metas, cómo llevaremos nuestra vida, de qué modo lograremos ser “alguien”, si seremos todo lo que “se espera de nosotros”, si encima podremos ser lo que nos guste (al menos por un ratito).
La vida que conocíamos deja de ser simple y cálida para convertirse en un aluvión de interrogantes que probablemente jamás llegaremos a respondernos, siendo el no poder aceptar eso como una opción lo que mas nos agobia. Entonces, estimados adultos: ¿cómo pretenden qué los adolescentes mantengamos la estabilidad? ¿Cómo esperar de un hijo, sobrino, nieto, primo u alumno cualquier tipo de solidez en un momento de semejante caos emocional?
Pero el mundo no para porque nosotros hayamos entrado en crisis. Así que nos la rebuscamos y de algún modo salimos del bosque, encontramos el camino a casa y un arsenal de ropa que nos proteja. Incluso creemos haber perdido el miedo. Nos sentimos seguros de nosotros mismos y nos ocupamos de hacérselo saber a todos nuestros amigos, amantes, conocidos y sobre todo a nuestros enemigos (es que en la vida de un adolescente cada cual tiene su rol, no existen los grises. Te amo o te odio. Estás en mi mundo o no existís para mí.) Los adolescentes empezamos a forjar casi a los golpes una especie de personalidad que nos mantenga derechos y nos permita seguir adelante sin preguntarnos demasiado cómo. Vamos eligiendo qué sí y qué no a puro antojo y con un desvarío que muta más rápido que nuestro guardarropas. Estamos dispuestos a todo y preparados para todo. Nos llevamos el mundo por delante con esa auto confianza que da la intrepidez y el tener un cuerpo que no conoce los efectos del tiempo y la gravedad. El viento nos golpea en la frente bien alta y nos vuela el pelo largo sin que nos importe no tener gomina. Adoptamos un estilo y lo tomamos cual mandamientos incluso con todos sus correspondientes ornamentos representativos. Nos unimos a una tribu de gente “parecida”, nos sentimos aceptados y logramos, por último, identificarnos.
Pero tampoco nos olvidamos de esa abrumadora sensación de incertidumbre existencial, sino que la saciamos filosofando sobre teorías inaplicables y fabulosas. Pasamos madrugadas enteras hablando sobre la vida y los porqué con la certeza de saberlo todo. Criticamos cuanta estructura se nos ponga delante y entendemos causas y consecuencias. Podríamos resolverlo todo si la sociedad superflua, necia y ciega nos diera una manito. Satisfacemos nuestra necesidad incontrolable de cambiar el mundo y alivianamos nuestra carga de sabernos (bien internamente) simples teorizadores dando interminables discursos marxistas y metafísicos que develan cierta inconsistencia. Por supuesto que planteamos todo como una simple opinión; a lo sumo como uno de esos interrogantes culturales que nadie puede resolver (ni nosotros mismos). Jamás nos aceptaríamos soberbios y dictadores de una única verdad, más allá de lo seguro que estemos de tenerla.
Buscamos: sin saber qué, ni cómo, ni para qué; pero sin perder las ganas de encontrarlo. Porque una de las cosas mas lindas que tiene nuestra edad es la curiosidad incesante. Cambiamos todo el tiempo porque no podemos dejar de probar, de darle un mordisquito a todo lo que se nos presenta. Llevamos bien en alto la bandera de lo que sea que hayamos elegido para después guardar aquel trapo sagrado en un cajón e izar los colores de una nueva predilección.
En un momento probamos la gloria y al otro lloramos el desconcierto. De día nos sentimos capaces de todo y de noche nos atormentan nuestras limitaciones. De a ratos nos desborda la energía y hay momentos en los que no podríamos salir de nuestra habitación. Hay veces en que nos agrada el espejo y otras en que preferiríamos romperlo. Amanecemos confiados, brillantes y soñadores para irnos a dormir vulnerables, frágiles e inciertos.
Adolecer se relaciona al sufrir, al dolor, a las cualidades negativas y defectuosas. La semántica es simplista, imparcial y escasa. Nos queda corta. Somos mucho mas complejos de lo que nos creen. No somos un cúmulo de berrinches y mal humor. Mucho menos un grupo de insolentes regidos por la testosterona. Ni siquiera una generación de esquizofrénicos inconformistas.
Pero tampoco podría decir yo qué es lo que realmente somos ni cómo nos manejamos los adolescentes. Antes debería saberlo yo misma, conocerme lo suficiente como para trasmitírselo a otros. Yo también estoy adoleciendo, cambiando, buscando, cuestionándome. No sufriendo, ni padeciendo... sino conociéndome, diferenciándome, encontrándome. Lo más probable es que este no sea más que otro de mis largos discursos existenciales. Prefiero considerarlo un descargo.
Los asolescentes estamos transitando un proceso orgánico más, tan natural como la menopausia o la muda de piel en los reptiles. Por eso, estimados adultos, no traten ustedes de comprendernos si ni siquiera nosotros mismos lo hacemos. Cuídennos, acompáñennos, guíennos... pero no nos juzguen, no nos censuren, ni nos encasillen. Permítannos transitar libremente esta etapa de descubrimiento personal, de pasar de ser lo que aman de nosotros, a ser lo que nosotros amamos.
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