No es fácil hallar a un buen amigo. No es fácil poder sintonizar con alguien que te quiera. Que te valore o que te respete. Que te acepte, que te entienda. No es fácil confiar en otro ser humano. Sí es más sencillo confiar en un amigo. Tener un amigo es una dicha que pocos logran alcanzar. Es algo que no se construye, más bien la amistad se va haciendo sola. Las definiciones de amigo que se pueden encontrar en cualquier diccionario o enciclopedia no reflejan por completo (y me animaría a decir que ni siquiera se acercan) la verdadera concepción de lo que es la amistad. Tampoco es mi intención aquí arriesgar una definición de lo que para mí es ser “un amigo”. Y es que en realidad, eso tampoco importa demasiado. La amistad se siente con el corazón, no se piensa con la mente. La amistad, como decía, es algo tan hermoso que permite compartir, y querer compartir, con esa otra persona momentos que para uno mismo son importantes. Y es en este punto, donde quisiera desmitificar algo muy común y recurrente que se construye siempre en torno a lo que es ser un “buen amigo”: los amigos comparten momentos con nosotros, alegrías, tristezas, enojos, injusticias, logros, metas cumplidas, éxitos personales, separaciones, momentos armoniosos y otros no tanto, pero hay que saber que como todos los seres humanos, los amigos deben “saber estar” con nosotros en esos momentos especiales de nuestras vidas. Y cuando digo saber estar, me refiero a que un amigo no comprueba su calidad de tal, si es que comparte con nosotros muchísimas horas al día. Por el contrario, una migo es aquel que tiene su vida privada, sus quehaceres cotidianos, sus trabajos, obligaciones y divertimentos ajenos a nosotros y que por lo tanto decide hacerse el tiempo necesario porque desea invertir ese tiempo en nosotros, ya que lo considera importante dentro de su vida. Eso sí es un verdadero amigo. Aquel que está ocupado y que decide cambiar su tiempo de ocio por sus ansias de vernos. De esta manera, quiero dejar bien en claro y hacer la separación, con la concepción falsa de que un amigo debe estar siempre, en las buenas y en las malas, algo así como una relación de simbiosis con el otro que jamás se despega de uno mismo y termina siendo más que una amistad, una convivencia eterna con alguien, que al fin y a l cabo, no decidimos tampoco compartir techo y paredes junto a él. Me parece muy importante hacer bien esta distinción, porque justamente es en este punto dónde se diferencian las mayorías de las amistades, ya que muy pocos logran concebir una relación de este calibre, de la manera en que la estoy describiendo ahora. Es más, se prioriza el tiempo que se comparte juntos por sobre la “calidad” de ese tiempo compartido. Esto lleva a una merma en la verdadera idea de lo que es la amistad, llegando al punto tal de considerar a cualquier conocido con el que una se lleva medianamente bien, como a un amigo. Y esto, a partir de lo que definía anteriormente como los atributos que un amigo sincero posee, es un grave error. Más allá de la confusión que esto genera, con este errado accionar no se llega más que a salir una mismo lastimado de las relaciones, en vez de verse beneficiado por ellas. Y es que considerar a cualquier conocido como a un amigo, con todo el peso que la palabra amigo trae consigo, sólo nos confunde y no nos deja entender por completo la esencia de las relaciones, invirtiendo nuestra energía muchas veces en gente que no nos corresponde de la misma manera, exponiéndonos a abrirnos emocionalmente frente a conocidos que no siempre están dispuestos a escucharnos atentamente, y muchas veces a llegar a confiar cuestiones muy personales de nosotros mismos en personas que no son acreedores de nuestra confianza ciega como sí lo deberían ser los amigos verdaderos. Es por esto que amigos, como se dice popularmente, hay muy pocos. Pero esos pocos, son los que verdaderamente llenan nuestras vidas y nos hacen más felices e íntegros. Y aún mayor es la integridad, cuando se sabe compartir la amistad entre los sexos opuestos. Llámese a esto, la famosa amistad entre el hombre y la mujer. Muchos piensan que algo así es incompatible, que el hombre sólo se siente atraído por la personalidad de la mujer, porque en realidad también se siente atraído por su cuerpo y por sus impulsos sexuales. Esto en la mayoría de los casos es así, pero también hay que dejar lugar a aquellas personas que pueden llegar a compartir una amistad con otro ser humano que forma parte del género sexual opuesto. Es importante en este punto, que sigamos teniendo en cuenta lo que más arriba se habló sobre la concepción de lo que es un amigo, y así no caer en el facilismo o lugar común de decir que cualquiera conocida, (en esta caso me refiero al sexo femenino, porque quien les escribe pertenece al sexo masculino) es nuestra amiga. Más bien, hay que tener en cuenta una serie de diferenciaciones con respecto a la amistad que se puede llegar a dar entre la mujer y el hombre. En primer lugar, se podría hablar de las limitaciones o dificultades que algo así acarrea, y que es lo más común y de lo que mayormente se habla a la hora de tratar este tema en particular. Una de ellas es que el hombre se siente atraído por una mujer y viceversa sucede exactamente lo mismo (claro está que se está hablando el tema desde la perspectiva heterosexual, y no se aborda en este escrito la homosexualidad porque no atañe particularmente al tema en cuestión, a pesar de que obviamente también se puede dar la amistad entre personas con inclinaciones homosexuales). Este punto es fundamental de distinguir porque muchísimas seudo-amistades han acabado debido a que uno de los dos integrantes de ella, no era completamente honesto y sincero con el otro, ya que tenía intenciones distintas a compartir una amistad y sin embargo no se lo hacía notar a la otra persona. Una vez rota esta barrera, la de la atracción entre los sexos, hay que abordar las próximas limitaciones y/o dificultades que una amistad entre el sexo femenino y el sexo masculino puede traer consigo. Una de ellas, y también fundamental, es la de la diferencias de las miradas, de la forma de ver las cosas, en definitiva, que una mujer frente a una situación o suceso se posiciona de una manera que el hombre frente a la misma situación o suceso, se posiciona de forma distinta. Esto, claramente, no sólo provoca reacciones distintas entre ambos, sino que también, se llegan a determinaciones o decisiones (en el caso de que la situación requiera una resolución de esas características) muy diferentes, con el consecuente conflicto que se puede generar a partir de ello. Es por esto mismo, que una verdadera amistad entre el hombre y la mujer, debe estar preparada para soportar esta limitación intrínseca que la forma, ya que de lo contrario y si no se tienen en cuenta estos problemas, la continuidad de la amistad puede verse verdaderamente afectada. Hay que saber que no todas las personas reaccionan de la misma manera frente a similares situaciones, pero más hay que considerar estas diferencias, cuando se sabe perfectamente que la mente de las mujeres es muy distintas en variados aspectos a la mente de los hombres. Pero a pesar de estas notables dificultades, la amistad entre los sexos opuestos tiene cualidades que son inmensamente provechosas y que por eso mismo, la hace una de las relaciones más interesantes entre los seres humanos. En primer lugar, la diversidad de miradas a la que antes se hacía alusión, si bien puede acarrear dificultades también, por el contrario, permite una amplitud tal que si se complementan bien los amigos, se pueden llegar a alcanzar resultados altamente beneficiosos para el desarrollo de las personas que integran esa amistad. Y es que, como es sabido, el hombre y la mujer se integran y se complementan mutuamente y lo mismo puede tener lugar en las relaciones de amistad que, como siempre se dijo, los buenos amigos tienen la capacidad de construir. Es por eso, que a la hora de “hacer” amigos, iniciar un lazo de unión con una persona ajena al vínculo familiar, hay que saber dar y recibir, siempre manteniendo uno mismo su integridad y su privacidad, y sabiendo compartir los momentos importantes brindándose de lleno en dichos momentos. Los amigos sinceros son aquellos que saben todo esto y están dispuestos a compartirlo. Los amigos del alma, son aquellos que nos hacen vibrar. Los amigos del corazón, son aquellos que nos transmiten su cariño con sólo una mirada. Los amigos que se quieren como a un hermano, son esas personas especiales, con la cual deseamos vivir nuestra vida. Los amigos verdaderos, son aquellos que nos completan y nos hacen mejores seres humanos.