Mancuso

Se habían vuelto a reunir, un año después, para renovar la amistad. Romero se ocupó de llamar a todos, y con ayuda de quienes habían seguido en contacto a la distancia, el encuentro se concretó con éxito. La casa de Romero era grande y no tendrían problemas de espacio. En el patio, Nardelli charlaba alegremente con Varela, vino mediante. Romero se disponía a preparar el fuego mientras Spallina le acercaba un pedazo de pan con morcilla fría. En la cocina, Manzini, Moyano, Becerra y Suárez salaban la carne y preparaban ensalada mientras disertaban sobre fútbol. La casualidad, o el destino para algunos, había querido encontrarlos a todos solteros en ese momento y por eso el asado del reencuentro carecía de presencia femenina. Era un asado de camaradería de amistad masculina.

–¡Che!, –gritó Nardelli entre risas–, ¿Mancuso viene?

Hubo un silencio breve que demostró que todos habían escuchado la pregunta, incluso los que estaban adentro, en la cocina. Era conocida la historia de Mancuso. Romero respondió dubitativo, con una copa vacía en la mano:

–Sí… Yo lo llamé y me dijo que venía. Me preguntó qué tenía que traer y le encargué el helado.

Romero prendió el fuego y pidió vino a los gritos. Moyano fue hasta la cocina y buscó una botella. Cuando volvió, murmuró por lo bajo:

–Siempre tan jodido este Nardelli, no cambia más. ¿Te acordás cuando hicimos la raviolada? Ese día, lo recuerdo como si fuese ayer, (y eso que pasaron unos años), el que ligó fue Manzini. Claro, Nardelli aprovecha y se la agarra con los ausentes.

–¡Qué rica la raviolada! –evocó Romero cerrando los ojos–. La salsa la hiciste vos, ¿no?, –preguntó al tiempo que miraba a Spallina.

–Ravioli a la putanesca, sí señor. Mi especialidad.

–Qué tipo este Nardelli…–repuso tibiamente Moyano al darse cuenta de que no le seguían la corriente.

–¿Todavía estabas con Marianita? Creo que ella preparó esos pancitos caseros saborizados que eran una delicia –comentó Romero.

–No, no, –corrigió Spallina–, ya no estaba con Mariana.

–¿Pero los hizo ella los pancitos? Yo me acuerdo de ese día y te juro que puedo olerlos y saborear tus ravioles.

–Sí, los hizo ella. Pero habíamos cortado. Hasta me miraba con bronca y todo.

Moyano, que seguía parado con la botella de vino en la mano, preguntó, como para que se acordaran que estaba ahí:

–¿Qué hora es, che?

Romero ladeó la cabeza, Spallina mostró su muñeca vacía y después gritó:

–¡Nardelli! ¿Qué hora tenés?

-¡Una y cuarto! ¿A qué hora llega Mancuso?

Luego de la pregunta, no pudo detener las carcajadas. Moyano miró a Romero, que contestó rápidamente:

–Me dijo que una y media estaba por acá. Igual, hasta las dos y media no vamos a empezar. El asado, señores, tiene que hacerse a fuego lento y sin apuro.

Moyano, antes de volver a la cocina, comentó:

–Está lindo el fueguito. Y la carne, por lo que vi mientras la salábamos, parece ser muy buena.

–Tranquilo… Si no nos apura nadie –enfatizó Romero.

–¡Vení, Moyano! –gritaron desde la cocina–. ¡Vení que tenemos una duda! ¡Traé el vino!

Apenas puso un pie en la cocina, Moyano fue abordado por Manzini.

–¿Te acordás cuando hicimos la raviolada?

–Sí –dijo Moyano–. La organizó Spallina. Fue en su casa y cocinó él. Una delicia.

–¿Fue tu hermana ese día?

–¡Qué se yo!, –gritó Moyano, casi ofuscado–. Pasaron muchos años, cómo me voy a acordar.

–Bueno, yo tengo recuerdos de muchas de las reuniones que hicimos –afirmó convencido Becerra–. ¡Qué linda que fue la tarde de los panqueques! Todavía saboreo el de dulce de leche, el de manzana. Los quemados al rhum… Im-pre-sio-nan-te. Tu vieja, una genia –agregó, al tiempo que codeaba a Manzini–.

–Pasó tanto tiempo… –Manzini miró hacia arriba y repuso–: Mamá ya no cocina tanto como antes. Igual los domingos son religiosos: pasta italiana, la familia unida. Y ella cocina para todos los que vengan. Nadie se pierde los fetuccini al scarparo. Jamoncito en cubos, cebolla de verdeo, crema…

–Disculpen, pero me está agarrando hambre –interrumpió Suárez, el más callado de todos–. Ya son las dos menos cuarto y ni siquiera pusimos los chorizos –agregó.

Sin pedirle permiso a nadie, colocó las achuras (que también incluían molleja y chinchulines) en una fuente y fue hasta el patio. Romero seguía en la parrilla junto a Spallina. Nardelli y Varela, sin moverse de su lugar, terminaban su segunda botella de vino, en un acto de pura amistad.

–Andá poniendo esto que si no vamos a comer a las tres de la tarde –dijo Suárez mientras le alcanzaba los chorizos a Romero.

–Bueno, bueno, ¿tenemos apuro?

–No, pero tenemos hambre. Por allá –indicó Suárez con la cabeza, en dirección de la cocina–, podemos saborear el vacío, y eso que ni siquiera está cocinándose.

Romero se mordió la comisura de los labios, movió la cabeza de un lado a otro y puso la comida en el fuego.

–Traéte un vinito, Suárez. Sin un buen tinto no puedo hacer nada. Se me entumece el cuerpo –dijo Romero. Después se empezó a reir–. Sin combustible, la carne no se va a cocinar nunca –aclaró.

–¿Vendrá Mancuso? –preguntó Spallina por lo bajo, en un tono cercano al sarcasmo.

Romero enarcó las cejas y levantó los hombros.

–A mí me dijo que una y media… Trae el helado…

Como si hubiera estado escuchando, Nardelli gritó:

–¡Ya son dos y media che! ¡Decile a Mancuso que está llegando tarde! ¡Llamálo, llamálo a ver qué te dice!

Suárez fue a la cocina. Moyano y Becerra preparaban una picada.

–¿El vino, che?

–Ahí –señaló Moyano indicando la mesada.

–¿Y esa picada? –inquirió Suárez. Después agarró una botella y la destapó–.

–Si esperamos a Romero –respondió Becerra mientras se acariciaba la panza–, ésta empieza a llorar. En una de esas –completó–, llega antes el postre que los choripanes.

–Igual, ya puso todo en la parrilla. Bah, lo obligué –dijo Suárez–. Ahora vuelvo.

Manzini miraba el techo, pensativo, como esperando el momento para decir algo justo y certero. Mientras Moyano pinchaba un pedazo de salamín, Becerra advirtió la situación.

–¡Qué reflexivo, che! ¿Se puede saber qué está pasando ahí en esa cabecita?

–No sé si se dieron cuenta –dijo Manzini, aún con la mirada perdida–. Todas las veces que nos reunimos fue con una comida de por medio. La raviolada, los panqueques, el día que hicimos empanadas…

–¡Nos une el alimento! –gritó jocosamente Becerra–. ¡Qué amistad! Tampoco es algo como para preocuparse, che. Yo me acuerdo esa vuelta que hicimos pizza casera. Nunca comí una pizza tan rica. Además, fue muy divertido. Todos juntos, amasando, cortando el queso, los tomates, la cebolla… No nos faltó ninguna variedad. ¡Hasta hicimos una con salchicha, bien a lo yanqui! Y creo que en ese entonces vos todavía no te habías mandado la que te mandaste con Claudia.

–Esa no me la van a perdonar nunca, ¿no? –preguntó Manzini en forma de reproche–. Igual no estábamos todos ese día. Mancuso no vino. “Empiezo a verme con una minita”, me dijo por teléfono, me acuerdo como si hubiera sido ayer. Y después remató con un clásico de Mancuso: “No les puedo contar nada por dos razones. Primero, porque es la primera vez que va a venir a mi casa. Segundo, porque si se enteran quién es voy en cana”. Fijate todo el tiempo que pasó, y yo no sé si siguieron saliendo, si la dejó después del primer día. No sé nada. ¿Alguien tiene idea? Cuánta amistad no...

–Ah, yo qué sé –respondió rápidamente Becerra–. No estaba al tanto. Pero Mancuso está casado. ¿O me equivoco?

–Sí, sí. Pero hace poco. Un año, o menos. Yo te estoy hablando de algo que pasó hace como tres. ¿O no te acordás?

–Mirá vos, che. Para mí era más reciente. Pero tenés más memoria que yo, así que te creo.

–¿Vos sabés algo, Moyano? –volvió a preguntar Manzini–.

Moyano movió la cabeza de un lado a otro y agregó, para decir algo:

–Yo creo que, como dice Becerra, nos une el alimento. Será porque somos todos tanos.

Desde el patio, Romero anunció que estaban los chorizos. Eran las tres en punto.

–¡Traigan los panes que se larga, muchachos!

Nardelli despegó de su silla casi al mismo tiempo que Varela. Becerra, Moyano y Manzini se levantaron y fueron al encuentro del resto.

–Menos mal que dijiste “Ahora vuelvo” –comentó Becerra irónicamente mientras miraba a Suárez.

–El olorcito pudo más. Y estos choris son increíbles. El asado promete.

–¿Cómo sabés que son increíbles? –chicaneó Nardelli–. ¿Ya los probaste?

–Hay algunos beneficios por darle vino al asador, deberías saberlo.

Comieron parados, cerca de la parrilla. Hablaron de sus vidas, de lo que les había pasado el último año, en el que sólo algunos se habían hablado. Nardelli contó su fallida incursión en la importación de artículos de computación, Spallina hizo gala de todas las mujeres que pasaron por él desde su separación de Mariana. Moyano y Suárez dijeron poco. Becerra se emocionó al narrar la pérdida de su padre en un accidente automovilístico. Romero no quiso relatar la conflictiva separación de su mujer, que le había dejado la enorme casa en la cual disfrutaban alegremente del asado. Los amigos se reencontraban, un año después.

–Voy al baño. ¿Ponemos la mesa acá afuera para comer la carne? –preguntó Moyano.

–¿Y si hacemos sandwichitos? Ahorramos trabajo. Podemos traer las ensaladas, para el que quiera pincharse, las copas, el vino, y listo –propuso Romero.

Todos asintieron. Moyano fue hacia el baño.

–¿Quién me ayuda? –preguntó Suárez.

Nardelli le hizo señas para detenerlo. Quería contar algo. Cuando Moyano se había alejado lo suficiente, preguntó muy por lo bajo:

–¿Ustedes no saben nada, no? Mucha amistad pero nadie sabe nada...

Se hizo un silencio. El primero que se aventuró a decir algo fue Spallina.

–No entiendo. ¿Nada de qué?

–De Mancuso. Mancuso y la hermana de Moyano. Andan juntos.

Nardelli hablaba rápido y con nerviosismo. Se lo notaba ansioso. Había perdido la risa y los comentarios mordaces.

–No puede ser. Si Mancuso está casado. Bah, eso me dijo la última vez que hablé con él, hace unos meses –respondió Spallina.

–Es que Mancuso está casado. Lo que nadie sabe es que anda con Danielita hace casi tres años. O sea: mientras estaba de novio con su actual esposa se revolcaba por ahí con la hermana de Moyano. ¿Alguien se imagina lo que puede pasar si Moyano algún día se entera?

–Lo caga a trompadas –dijo instantáneamente Becerra–. Lo mata, lo asesina. Se acaba la amistad ahí mismo. Y andá a pararlo a Moyano. No mide dos metros al pedo. ¿Se acuerdan cuando se peleó en el Parque Sarmiento porque no nos dejaban la parrilla? ahí agradeció haber trazado amistad con él.

–Ahí viene, che. Silencio. Después seguimos.

–Pero no jodas más con tus comentarios entonces. No lo nombres a Mancuso

–advirtió Manzini–. Por las dudas. por nuestra amistad.

–¿Qué pasa, che? ¿No íbamos a poner la mesa? Imagino que vamos a comer la carne jugosa, como siempre. Vení, Suárez, si no nos movemos nosotros nadie hace nada –dijo Moyano, que venía del baño.

–Yo los ayudo –se sumó Varela. Después se alejaron hacia la cocina.

–No puedo creerlo. Como que me llamo Romero, les digo a todos: ese hijo de puta no va a entrar a mi casa. Nunca más.

–No seas tan duro, che. Hay que reconocer que la hermanita de Moyano es muy linda. Y bueno, la carne es débil, tenemos que aceptarlo –suavizó Manzini.

–Las hermanas de mis amigos no se tocan. Encima Mancuso está casado. Mirá, por su bien, mejor que no lo vea. Nunca viene a ningún lado, así que ahora que no aparezca. Que no llegue a tocar el timbre porque yo abro la puerta y lo liquido.

Se hizo un nuevo silencio. Varela, Moyano y Suárez volvieron con ensaladas, botellas de vino y unas copas. Spallina y Becerra se encargaron del resto: sal, Coca-Cola y vasos. Romero sacó la carne y la puso en una bandeja.

–¡Sandwichitos de vacío para todo el mundo! –gritó Romero, que empezó a cortar el vacío.

Comieron casi en silencio. Cruzaron algunas palabras. Nardelli parecía esperar algún momento de ausencia de Moyano para ampliar la noticia que nadie conocía. Todo se hacía por conservar la amistad.

–¡Qué bueno que pudimos volver a juntarnos! Un año entero sin vernos… No puede volver a pasar tanto tiempo –comentó Spallina.

–Lástima que a algunos les interese menos que a otros… –agregó Romero.

El comentario pasó desapercibido. Siguieron comiendo, hasta terminar el vacío.

–¡Casi las cuatro y media! ¡Qué manera de hincar el diente!

–Che, Spallina, la próxima que sea en tu casa –propuso Moyano–. Raviolada otra vez, ¿qué te parece? No vamos a esperar un año me imagino… Está bien que la amistad se banca todo pero...

–Vamos a tener que buscar un suplente para el postre –dijo Nardelli risueño–. Porque parece que Mancuso nos mintió una vez más. Dijo que venía y ya ven qué hizo… ¿Alguien sabe dónde Mancuso en este momento?

Todos miraron a Nardelli con sorpresa. A pesar de la advertencia de Manzini, volvía a la carga con sus comentarios sarcásticos y malintencionados. Becerra lo pateó por debajo de la mesa, tal vez pensando en que se iba a destapar el asunto de la hermana de Moyano.

–Porque yo no tengo idea… –se respondió a sí mismo Nardelli y esbozó una mueca. Moyano, ¿vos tenés el número de Mancuso? Cómo jode con la amistad este...

–Tengo el de la casa, pero no creo que esté ahí. Si venía para acá…

–Ah… Claro…

–Che, voy al baño. Tengo la vejiga muy traviesa hoy –comentó Moyano alegremente–.

En el momento en que Moyano abandonó la mesa y se alejó en dirección del baño, todos reprimieron los dichos jocosos de Nardelli.

–Sos un desubicado –comentó Becerra.

–¿Tenías necesidad de generar semejante tensión? –agregó Manzini.

–Mirá si llega a sospechar algo. La próxima vez que lo vea, Moyano no le deja un diente –repuso Romero.

Nardelli parecía impermeable a las críticas y mantenía una expresión socarrona que presagiaba nuevas alusiones al tema. Cuando Moyano salió del baño sonó el timbre. Los que estaban en la mesa se sobresaltaron. todos querían resguardar la amistad.

–¡Voy yo! –gritó Moyano–, ya que estoy cerca. Debe ser Mancuso.

–¡No! ¡Pará! –exclamó Romero alarmado–.

–¿Qué pasa?

–Está con llave, Moyano. No vas a poder abrir. Vení, vení que yo me encargo.

–¡Moyano! ¿Sabés con quién anda Mancuso? –preguntó Nardelli.

Romero fue hasta la puerta. El timbre sonó una vez más.

–¿Sabés o no? –repitió Nardelli.

Estaban todos callados. Romero no encontraba las llaves.

–No hace falta que le cuentes –se apresuró a decir Spallina. no hace falta que nuestra amistad se ve influida por eso.

–¿Que me cuente qué? –preguntó Moyano preocupado.

–Ádiviná qué estaba haciendo Mancuso mientras vos comías unos choripanes.

–¡No encuentro las llaves. No puedo abrir! –vociferó Romero. Luego espió por la mirilla de la puerta. Era Mancuso. Y venía con las manos vacías.

–¿Pero quién es? –preguntó Spallina.

–Es Mancuso. Pero se olvidó el helado –respondió Romero.

Se miraron entre todos. Moyano seguía perplejo. Nardelli se debatía entre risas y preocupación. Varela mantenía el mutismo. Manzini miraba el techo. Suárez se levantó y fue al baño. Spallina no tenía claro qué hacer. No podía confesar el asunto, pero tampoco tenía que que quedarse callado.

–No cambia más, che. Decile que así no son las cosas, que entienda que si le pedimos que traiga algo lo tiene que traer. Encima se da el lujo de llegar tarde. Decile que no encontrás la llave y que no podés abrirle. Que se joda.

–Y de paso –agregó Nardelli triunfador mientras esperaba presenciar la transfiguración del rostro de Moyano–, decile que después lo llame a Moyano y le cuente. Que le diga qué estaba haciendo con Danielita, antes de venir a olvidarse el helado.